Por más vueltas que de una noria siempre pasa por el mismo sitio y se repite incansablemente. Así son las cosas hoy -y cuando digo hoy me refiero a la España democrática- con simples altibajos que sólo responden a la aceleración o des-aceleración de la velocidad de nuestra noria.
Importa muy poco que las arcas estén vacías. Importa muy poco que se prometan mejoras futuras. Importa muy poco el relevo de los irreverentes que ostenten el poder. Importa muy poco que las calles se llenen de gente reclamando lo justo. Importa muy poco que la economía termine repuntando, como lo hará, arrastrada por la simpatía de los que nos rodean. Importa muy poco que la justicia sólo ajusticie a los que deben ser ajusticiados. Importa muy poco que nos deje de dar miedo mover el dinero. Importa muy poco que nos dejen moverlo. Importa muy poco que Cataluña se independice. Importa muy poco que España se reencuentre con Cataluña y ésta con España. Importa muy poco que el rey dejé de cazar elefantes. Importa muy poco que Bárcenas, Urdangarín, Millet o tantos otros paguen o cumplan si deben.
Importa mucho que que la ciudadanía sea ciudadana. Sin esto, tan simple, todo lo demás se funde en un mar de buscaculpables compartido. Nos podemos seguir engañando, siempre encontraremos a otros a los que culpabilizar, a los que señalar. Y es cierto que los niveles de responsabilidad son muy dispares, sin dejar asimismo de ser cierto que a mayor responsabilidad mayor impunidad. Así es. Pero más cierto es que el poso donde reposa toda nuestra sociedad está malherido, desnaturalizado. Y si esto a pesar de todo malfunciona, es por el esfuerzo de unos cuantos y la inercia natural que conlleva todo proceso.
Sin una puesta firme, real y desmedida por una educación de calidad, todo lo demás está condenado a seguir según los vientos, sin rumbo determinado y por oleadas de egoísmos desmedidos.
A mayor problemática de una país, mayor implicación y compromiso debe tener el mismo hacia todo lo que envuelve y rodea su mayor valor: su educación. Pero curiosamente sólo las ciudadanías que entienden lo que esto significa y de tal forma se desenvuelven, se aplican por cuidar y mimar todo el entramado que rodea la educación de su ciudadanía. Normal.
El resto, y aquí estamos nosotros, con todo el tomo y el lomo, nos arrastramos víctimas de nuestro propio poso que no somos capaces de extirpar. Nos toca al respecto comer sin hambre o beber sin sed. Nos toca ir a contraviento y empezar a cimentar, más que nos cueste, un mañana desde hoy.
Se cierran escuelas, se agrandan las ratios, se recortan sueldos a docentes, se desprestigia la enseñanza pública, se desmerecen a los profesionales de la enseñanza con panfletos educativos de despacho, se imponen despropósitos docentes que sólo respondes a números de ministerios descuadrados, se imponen reformas educativas que sólo son propaganda partidista... y queremos que nos vaya bien. Y pretendemos resolver los problemas con inyecciones de capital que vacunan a enfermos terminales. Son mil y uno los despropósitos que se amontonan de manera interminable... y sigue, y sigue, y sigue...la noria.
Y lo más horroroso de toda esta historia es que no pasa nada, como decía más arriba que todo termine importando muy poco. Y así es.
Necesitamos romper la inercia desde abajo, con criterio y determinación. Necesitamos apostar por aquello que nos hace ser: nuestra educación. No vale con saber contar para que no nos engañen, necesitamos saber contar para sentir que las cuentas son de todos y que por mucho que intentemos ignorarlo, las cuentas de tu vecino tiene mucho que ver con las propias. Y no vale que un ciudadano sepa pensar para salvar su culo, necesitamos pensar mejor para intentar que se salven los máximos culos posibles. Necesitamos un voluntad compartida que sólo nos llegará si es aprendida y vivida. No nos quedemos quietos.