La exigencia siempre debe ir unida a la idea de necesidad; de
cualquier otra manera se convierte en una especie de tormento (estúpido) que
nos convierte en seres abocados a la infelicidad.
Es perfectamente saludable que seamos
exigentes con todo aquello que nos hace necesariamente ser mejores personas en
busca de la excelencia. En nuestros estudios, en nuestro trabajo, en nuestro
día a día es lícito y obligado que intentemos hacerlo cada vez mejor. Ser buen
estudiante, compañero de trabajo, amigo y pariente son premisas que sin dudarlo
harán nuestro recorrido por la vida muchísimo más grato y amable. Las
exigencias desde este punto de vista, que nos imponemos con el fin de ser mejor
persona en nuestra relación como ser humano que convive, son garantía de éxito
personal. Y aquí éxito no hace sólo referencia a la meta individual que pasa
por encima de lo colectivo; más bien se refiere al éxito de cada uno de
nosotros como ciudadanos, como seres que convivimos más allá de intereses
personales que no contemplen la mirada hacía el otro.
Pero hoy aquí pretendo hacer una llamada
de atención hacía aquellas exigencias absolutamente innecesarias que nos
imponemos: a las temibles y terribles estúpidas exigencias.
Demasiadas veces nos mostramos
inconformistas, arrastrados por una exigencia con poco o nulo fundamento (es
decir, totalmente innecesaria), que de manera patológica y por hábito, nos
arrastra hasta estados de sufrimiento gratuito y muy dañino. O sea, nos
convierte en seres infelices.
Cada cual puede hacer un recorrido por
todas y cada una de las exigencias que se autoimpone y/o impone a los que le rodean, con el fin de analizar hasta qué punto son necesarias y le reportan
algún tipo de beneficio. Seguramente este sano y sencillo ejercicio librará a
más de uno o una de unas cadenas de tormento estúpidas y francamente dañinas.
Por poner algunos ejemplos, podríamos
pensar en la temible exigencia que nos impone el archiconocido consumismo. Todo
lo material adquiere un valor superlativo que nos EXIGE consumir más allá de la
necesidad: móviles, ordenadores, coches, electrodomésticos...se convierten en
el opio que nos mantiene contentos...durante un rato. Otra de las terribles
exigencias podría ser la moda. Que algo esté de moda no tiene ningún
inconveniente, el problema aparece cuando la moda en cuestión te aboca a exigir
lo que no toca o es innecesario. ¿Si no estuviese de moda, me habría
interesado? Hay que ser como mínimo cauteloso con las modas, simplemente te
ahorras muchas exigencias estúpidas.
Luego están las mil y una exigencias
estúpidas que nos hacemos cada cual, sin saber bien porque, pero que en la
mayoría de las ocasiones la costumbre, el hábito, se encarga de recordarnos sin
falta: la exigencia de pesar x, la exigencia de visitar cada año tal o tales
sitios como mínimo, la exigencia de procurar ser feliz aunque el hecho de
exigírmelo me haga totalmente infeliz, la exigencia de ser simpática con la
suegra que termina convirtiendo la relación en un postín, la exigencia de
exigir sin saber bien que exijo...sería inacabable.
Merecen mención aparte las exigencias
conyugales. Muchas relaciones se fundamentan en un continuo exigir al otro.
Pero además, no se exige cualquier cosa, precisamente se exige lo que se sabe a
ciencia cierta que el otro nunca tendrá o te dará o lo que más le jode. Como es
lógico, si no se recibe lo que de manera sistemática se pide o te piden lo que
te joroba, ya la hemos liao. Si tu marido es torpe, se le exige que arregle lo
que sabes que romperá. Si es hábil, se le exige que colabore más en casa. Si
colabora, lo hace porque no sabe hacer nada. Si es cariñoso, se le exige que no
lo sea tanto porque seguro que busca algo más. Si no es cariñoso, se le exige
que lo sea si quiere algo más. Si tu mujer trabaja fuera de casa, se le exige
que la casa no la olvide, como si viviera sola. Muchos se acuerdan a menudo de
lo bien que cocinaba su madre, pero tú a la cocina, nena. Algunos incluso hacen
una paella el domingo y ya son los reyes de la cocina: y el lunes, el martes,
el miércoles...exigen que por mandato divino su mujer esté a la altura
culinaria de su única receta (que además les enseñó su madre, para desconsuelo
de la nuera). Cada pareja tiene sus estúpidas exigencias que seguro que si se
analizan conjuntamente, serán motivo de risas compartidas que harán mucho más
grata la velada...Por supuesto existen parejas que han superado esta guerra de
trincheras, faltaría más. Y me atrevo a decir que son éstas precisamente las que
todavía no forman parte de esa estadística creciente de parejas separadas...o
como mínimo ayuda para que así sea.
Y ojo, las estúpidas exigencias pueden no dejarte apreciar el verdadero valor de lo que tienes.
Pues eso, hay que ser exigente, pero solo
lo necesario...que no es poco.
