miércoles, 11 de febrero de 2015

frases publicitarias


(de un refresco cualquiera), porque te llama



(de una marca de coche de prestigio), porque me gusta dejarme llevar 




(de una marca de coches económica), cuando el precio se convierte en valor



(de un aceite comestible), viste suavemente cualquier plato



(de un detergente cualquiera), cada día ropa recién comprada

domingo, 8 de febrero de 2015

Ciudadanía homeopática

La Homeopatía es una pseudociencia que se basa en la tesis de que el mismo principio que mata, cura administrándolo en dosis bajísimas. Cuando dicen bajísimas quieren decir real y absolutamente despreciables. Vamos, que hay más principio activo en un vaso de agua que en cualquier medicamento homeopático. Pero no vengo hoy a hablar de la homeopatía, sino de la similitud que tiene ésta con nuestra ciudadanía.

Si por ciudadanía entendemos algo tan básico como conjunto de ciudadanos, y por ciudadano aquel que convive en una comunidad, parece lógico pensar que esto nos llevaría a entendernos como habitantes que reconocen, practican y cuidan una apuesta en común más allá de los intereses particulares. De otra manera hablaríamos de individuanía o qué sé yo, pero no de ciudadanía.



Ahora apliquemos el principio del señor Samuel Hahnemann, fundador de la homeopatía, a nuestra respetable ciudadanía. Si la historia nos demuestra que no hemos sido demasiado benévolos en esto de convivir, quizás es porque la ciudadanía necesita alguna terapia, aunque sea poco contrastada científicamente y carezca de valor... bueno, si por valor descartamos el de mover ingentes cantidades de dinero, claro.

Pero no quiero desviarme. Basándonos en el principio de que lo similar cura lo similar, basta con diluir a su máxima expresión la ciudadanía, hasta despojarla de todo lo que le confiere entidad en tanto tal, y luego administrar dosis de este resultado a nuestra sociedad para que sea una ciudadanía fuerte y lustrosa. 

Si esto es así, me temo queridos amigos, que nos encontramos en el estadio de dilución de la ciudadanía con el fin de encontrar la receta que cure nuestro mal. No sé cuántas veces tendrán que superar el número de Avogadro, pero lo que si es cierto es que nuestra ciudadanía carece ya de principio activo que la represente. Y está claro, parece que esta receta no cura.


Quizás, y sólo lo planteo como opción, -que no se enfaden los defensores de la homeopatía, que entiendo perfectamente que todo negocio, negocie, y que aquí además intento hablar de ciudadanía- sería el momento de prescindir de la apuesta por una ciudadanía homeopática y mirarnos todos, de arriba a abajo, y empezar a contribuir para que esta ciudadanía sea algo más que una declaración de intenciones.

Estoy convencido, hablando de intenciones, que éstas siempre son buenas. ¡Quién soy yo para dudarlo! Pero aunque esto sea así, convendréis conmigo que si no pasan al momento de acto, poco favor nos hacen. Y además, visto que las intenciones son baratas, me gustaría desde aquí invitar a todos aquellos que nos gobiernan a tener el santo valor (y digo santo porque seguramente pasarían a ser mártires, pero no por ello no necesarios hoy más que nunca) de pedir al conjunto de la ciudadanía que purifiquen sus conductas, vamos, que sean algo más ciudadanos. Más claro: si aquellos lo hacen mal, muy mal, es porque nosotros no somos mucho mejores. Y esto sí que es ciencia.
Es bastante difícil que podamos pedir cuentas a los que se ocupan concienzudamente de robarnos, si nosotros mismos, los llamados ciudadanos de a pie, hacemos lo propio según nuestras posibilidades. Ya lo dije en algún sitio: no es el pulgar el mayor logro del ser humano como especie diferenciada, sino el noble gesto que ejercita con el cuello para mirar hacia otro lado; eso sí que nos diferencia y nos hace humanos.

Pues eso, si somos capaces de no mirar hacia otro lado y lo hacemos de frente, todos o la mayoría, y sacudimos a esta ciudadanía hoy marchita, dejarme que crea que algo más saludable será para  todos que este remedio homeopático que cada día nos hace menos ciudadanos.

¿Qué podemos hacer? Dale bombo a estas letras, para bien o para mal, y empecemos a cambiar las tornas si queremos que esta maquinaria, que no hay quien la pare, no se encasquille y nos haga saltar aún más alto por los aires.

Comenta, grita, di...pero no te quedes callado y mires hacia otro lado.

jueves, 5 de febrero de 2015

¿Qué le pasó a Robin Willians?


¿Qué le pasó a Robin Willians?

La pregunta, más allá de la morbosidad que para algunos pueda tener, es totalmente relevante para preguntarnos por la razón principal que motiva nuestras vidas: la felicidad.

En la vida podemos hacer muchas cosas, pero sólo habrá una que la llevemos a cabo por sí misma, y es la búsqueda de la felicidad. Tú podrás decir que lees porque te gusta, que comes para sobrevivir, que duermes por que no tienes más remedio...o que sé yo. Pero si te pregunto porque quieres ser feliz, no podrás nunca buscar una razón externa que lo justifique. Querrás ser feliz sin más, simplemente querrás ser feliz por el gusto de serlo. Se convierte así esta búsqueda en el destino. Y es aquí donde aparece la trampa: si nos hipotecamos en un destino, fácilmente nos olvidaremos de lo único verdaderamente real, el camino, el tránsito, tú día a día. La felicidad nunca es un destino; es una manera de ser, es una manera de estar, es una manera de vivir. Por esta razón se diferencia del resto de las acciones, que siempre buscan un predicado. La felicidad es sujeto y predicado al mismo tiempo, es un estar ahora, antes y luego.

La felicidad tampoco es un estado continuo, un éxtasis inacabable que nos haga olvidarnos de todo lo demás. Es más bien una puesta en escena que cada uno de nosotros llevamos a cabo en cada una de las acciones que irremediablemente hacemos cada día. Según lo que elijamos hacer en cada momento, nos iremos impregnando de algo que irá configurando nuestro talante, nuestra manera de afrontar esto que llamamos vida.


Y es aquí, amigos, dónde se encuentra la salsa del asunto de la vida. La vida, al fin y al cabo, es transitar, es un recorrido que un día alguien nos regaló, y un día, más tarde o más temprano, nos quitarán. Por eso es prioritario centrarnos en este transitar, porque de hecho no tenemos nada más.

Pensar en cuantas personas han alcanzado el llamado éxito y han sido toda su vida unos perfectos desgraciados, es decir, personas con una vida desdichada e infeliz. Por supuesto habrán paladeado los instantes del triunfo momentáneo; sea económico, social o personal, pero quizás se habrán olvidado de cosechar, día a día, minuto a minuto, momentos de bienestar y felicidad real.


El otro día pregunté a alguien: ¿pero tú, quién eres? y me respondió: realmente no lo sé. Este realmente no lo sé simplemente ponía de manifiesto lo perdida que se encontraba en el mundo. Supuestamente había hecho todo lo que la sociedad reclamaba de ella: se había educado adecuadamente, había conseguido una familia estructurada, una buena posición laboral y social, pero estaba vacía y triste. Y no lo estaba en ese momento concreto, confesó; es que su vida era triste y vacía. Sus metas, por supuesto conseguidas, la habían conducido hasta objetivos que poco tenían que ver con paladear los instantes que la rodeaban en cada momento de su transitar. Sus proyectos, por otra parte perfectamente legítimos, la habían convertido sin quererlo en un robot, bueno, en un perfecto robot programado que siempre hacía lo correcto, pero que se olvidaba de sentir los instantes. Su mente siempre iba más allá de su estar-aquí-ahora, sus metas y objetivos la tenían hipotecada. Curiosamente, también hay personas que carentes de metas y objetivos, transitan por la vida ajenas a todo, se dejan llevar sin participar de casi nada de lo que les acontece. Por supuesto tampoco son seres demasiado dichosos. No existe receta mágica, pero sí maneras de afrontar la vida.

Nos habituamos a hacer las cosas de una manera determinada que nos funciona y pasamos página a lo realmente importante, que no es otra cosa que descubrir nuevos hábitos, maneras de hacer y sentir, que nos recuerden que estamos vivos.
Cuantas veces repetís eso de que rápido se pasa el tiempo. Normal, si cada día no es más que la repetición del anterior, nuestro cerebro codifica y agrupa las acciones repetitivas de tal manera que perdemos la sensación real de la temporalidad.

Quizás una manera de sentir que estamos vivos y afrontar este camino de la mejor manera posible para cada cual, radique en la comprensión de su carácter efímero. La sensación de fin, la sensación de muerte, que tan alejada está de nuestra cultura, nos hace olvidar con demasiada facilidad el regalo que es estar vivo. Ánimo.