La Homeopatía es una pseudociencia que se basa en la tesis de que
el mismo principio que mata, cura administrándolo en dosis bajísimas. Cuando
dicen bajísimas quieren decir real y absolutamente despreciables. Vamos, que
hay más principio activo en un vaso de agua que en cualquier medicamento
homeopático. Pero no vengo hoy a hablar de la homeopatía, sino de la similitud
que tiene ésta con nuestra ciudadanía.
Si por ciudadanía entendemos algo tan
básico como conjunto de ciudadanos, y por ciudadano aquel que convive en una
comunidad, parece lógico pensar que esto nos llevaría a entendernos como
habitantes que reconocen, practican y cuidan una apuesta en común más
allá de los intereses particulares. De otra manera hablaríamos de individuanía o qué sé yo, pero no de ciudadanía.
Ahora apliquemos el principio del señor
Samuel Hahnemann, fundador de la homeopatía, a nuestra respetable ciudadanía.
Si la historia nos demuestra que no hemos sido demasiado benévolos en esto de
convivir, quizás es porque la ciudadanía necesita alguna terapia, aunque sea
poco contrastada científicamente y carezca de valor... bueno, si por valor
descartamos el de mover ingentes cantidades de dinero, claro.
Pero no quiero desviarme. Basándonos en el
principio de que lo similar
cura lo similar, basta con
diluir a su máxima expresión la ciudadanía, hasta despojarla de todo lo que le
confiere entidad en tanto tal, y luego administrar dosis de este resultado a
nuestra sociedad para que sea una ciudadanía fuerte y lustrosa.
Quizás, y sólo lo planteo como opción,
-que no se enfaden los defensores de la homeopatía, que entiendo perfectamente
que todo negocio, negocie, y que aquí además intento hablar de ciudadanía-
sería el momento de prescindir de la apuesta por una ciudadanía homeopática y
mirarnos todos, de arriba a abajo, y empezar a contribuir para que esta
ciudadanía sea algo más que una declaración de intenciones.
Estoy convencido, hablando de intenciones,
que éstas siempre son buenas. ¡Quién soy yo para dudarlo! Pero aunque esto sea
así, convendréis conmigo que si no pasan al momento de acto, poco favor nos
hacen. Y además, visto que las intenciones son baratas, me gustaría desde aquí
invitar a todos aquellos que nos gobiernan a tener el santo valor (y digo santo
porque seguramente pasarían a ser mártires, pero no por ello no necesarios hoy
más que nunca) de pedir al conjunto de la ciudadanía que purifiquen sus
conductas, vamos, que sean algo más ciudadanos. Más claro: si aquellos lo hacen
mal, muy mal, es porque nosotros no somos mucho mejores. Y esto sí que es
ciencia.
Es bastante difícil que podamos pedir
cuentas a los que se ocupan concienzudamente de robarnos, si nosotros mismos,
los llamados ciudadanos de a pie, hacemos lo propio según nuestras
posibilidades. Ya lo dije en algún sitio: no es el pulgar el mayor logro del
ser humano como especie diferenciada, sino el noble gesto que ejercita con el
cuello para mirar hacia otro lado; eso sí que nos diferencia y nos hace
humanos.
Pues eso, si somos capaces de no mirar
hacia otro lado y lo hacemos de frente, todos o la mayoría, y sacudimos a esta ciudadanía hoy
marchita, dejarme que crea que algo más saludable será para todos que
este remedio homeopático que cada día nos hace menos ciudadanos.
¿Qué podemos hacer? Dale bombo a estas
letras, para bien o para mal, y empecemos a cambiar las tornas si queremos que
esta maquinaria, que no hay quien la pare, no se encasquille y nos haga saltar
aún más alto por los aires.
Comenta, grita, di...pero no te quedes
callado y mires hacia otro lado.
.jpg)

No hay comentarios:
Publicar un comentario