domingo, 8 de febrero de 2015

Ciudadanía homeopática

La Homeopatía es una pseudociencia que se basa en la tesis de que el mismo principio que mata, cura administrándolo en dosis bajísimas. Cuando dicen bajísimas quieren decir real y absolutamente despreciables. Vamos, que hay más principio activo en un vaso de agua que en cualquier medicamento homeopático. Pero no vengo hoy a hablar de la homeopatía, sino de la similitud que tiene ésta con nuestra ciudadanía.

Si por ciudadanía entendemos algo tan básico como conjunto de ciudadanos, y por ciudadano aquel que convive en una comunidad, parece lógico pensar que esto nos llevaría a entendernos como habitantes que reconocen, practican y cuidan una apuesta en común más allá de los intereses particulares. De otra manera hablaríamos de individuanía o qué sé yo, pero no de ciudadanía.



Ahora apliquemos el principio del señor Samuel Hahnemann, fundador de la homeopatía, a nuestra respetable ciudadanía. Si la historia nos demuestra que no hemos sido demasiado benévolos en esto de convivir, quizás es porque la ciudadanía necesita alguna terapia, aunque sea poco contrastada científicamente y carezca de valor... bueno, si por valor descartamos el de mover ingentes cantidades de dinero, claro.

Pero no quiero desviarme. Basándonos en el principio de que lo similar cura lo similar, basta con diluir a su máxima expresión la ciudadanía, hasta despojarla de todo lo que le confiere entidad en tanto tal, y luego administrar dosis de este resultado a nuestra sociedad para que sea una ciudadanía fuerte y lustrosa. 

Si esto es así, me temo queridos amigos, que nos encontramos en el estadio de dilución de la ciudadanía con el fin de encontrar la receta que cure nuestro mal. No sé cuántas veces tendrán que superar el número de Avogadro, pero lo que si es cierto es que nuestra ciudadanía carece ya de principio activo que la represente. Y está claro, parece que esta receta no cura.


Quizás, y sólo lo planteo como opción, -que no se enfaden los defensores de la homeopatía, que entiendo perfectamente que todo negocio, negocie, y que aquí además intento hablar de ciudadanía- sería el momento de prescindir de la apuesta por una ciudadanía homeopática y mirarnos todos, de arriba a abajo, y empezar a contribuir para que esta ciudadanía sea algo más que una declaración de intenciones.

Estoy convencido, hablando de intenciones, que éstas siempre son buenas. ¡Quién soy yo para dudarlo! Pero aunque esto sea así, convendréis conmigo que si no pasan al momento de acto, poco favor nos hacen. Y además, visto que las intenciones son baratas, me gustaría desde aquí invitar a todos aquellos que nos gobiernan a tener el santo valor (y digo santo porque seguramente pasarían a ser mártires, pero no por ello no necesarios hoy más que nunca) de pedir al conjunto de la ciudadanía que purifiquen sus conductas, vamos, que sean algo más ciudadanos. Más claro: si aquellos lo hacen mal, muy mal, es porque nosotros no somos mucho mejores. Y esto sí que es ciencia.
Es bastante difícil que podamos pedir cuentas a los que se ocupan concienzudamente de robarnos, si nosotros mismos, los llamados ciudadanos de a pie, hacemos lo propio según nuestras posibilidades. Ya lo dije en algún sitio: no es el pulgar el mayor logro del ser humano como especie diferenciada, sino el noble gesto que ejercita con el cuello para mirar hacia otro lado; eso sí que nos diferencia y nos hace humanos.

Pues eso, si somos capaces de no mirar hacia otro lado y lo hacemos de frente, todos o la mayoría, y sacudimos a esta ciudadanía hoy marchita, dejarme que crea que algo más saludable será para  todos que este remedio homeopático que cada día nos hace menos ciudadanos.

¿Qué podemos hacer? Dale bombo a estas letras, para bien o para mal, y empecemos a cambiar las tornas si queremos que esta maquinaria, que no hay quien la pare, no se encasquille y nos haga saltar aún más alto por los aires.

Comenta, grita, di...pero no te quedes callado y mires hacia otro lado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario