Un año más nos encontramos de nuevo con el nuevo curso escolar.
Este año se presenta en Cataluña de la mano de unas elecciones que
pretenden solucionarlo todo apostando por nada. Ya veremos.
Pero vayamos al caso y empezaré con un
ejemplo culinario. Imaginemos que queremos preparar un buen plato, para el caso
da igual cual, y por supuesto pretendemos que nos salga sabroso y apetecible.
Lo primero que tendremos que hacer es elegir bien nuestros ingredientes y en
las proporciones oportunas. Luego la maña y el buen hacer harán el resto.
Traspasando ahora el ejemplo a la educación que tanto preocupa pero de la que
nadie se ocupa, vemos claramente que los ingredientes fallan y las proporciones,
si cabe, todavía más.
Si perdemos un segundo de nuestro preciado
tiempo y miramos a nuestro alrededor buscando que hacen por ahí, lo primero que
observamos es que los ingredientes que conforman el guiso educativo son muy diferentes de los que
tenemos en nuestras despensas. Y estos ingredientes, no lo perdamos de vista,
son la propia y total ciudadanía.
En materia de educación cargar las culpas
contra profesorado, administración, inversión, alumnos, padres o lo que sea por
separado es tremendamente erróneo. Éste, el educativo, es un proyecto integral
en el que hacemos aguas por todos los frentes y atacarlos unilateralmente, como normalmente hacemos, es tarea estéril y nada más ayuda a esconder las propias vergüenzas.
No es casualidad que en Finlandia las
familias visiten en masa las bibliotecas los fines de semana, su departamento
de educación elija a lo más granado y mejor para desarrollar la labor docente y
la Administración considere absolutamente prioritaria la educación para el
desarrollo social y económico del país. Todos forman parte del sistema
educativo y se responsabilizan de manera activa en su desarrollo hasta
convertirlo en la espina dorsal de su sociedad. Esto es lo que tenemos que
copiar de su hacer; no el cómo lo hacen, sino por qué lo hacen. Seguramente tenemos
aquí personal cualificado para encontrar la manera de darle buen gusto y sabor
a la educación, pero para ello todo el mundo debe aportar sus ingredientes
indispensables. Me podría extender aquí al respecto, pero creo que ya hay en estas cuatro líneas carga suficiente como para preocuparnos, aunque la mayoría ni tan sólo llegaría a sonrojarse. Será por el Sol, que nos tiene curtidos... creo que más bien es porque siempre hay otro al que poder echar la culpa...aunque sea el mismo Sol.
Si estas cuatro letras hablasen del
peinado de un futbolista o de la manera de vestir de algún personaje de la
televisión masiva, por poner algún ejemplo, seguramente tendrían muchísimo más
eco del que tendrán por hablar de educación. Para ello creo que no me quedaría
más remedio que subirme en pelotas a la Sagrada Familia y vociferar lo que aquí
digo incansablemente; quizás entonces, cuando todo el mundo se cansara de
verme, empezarían a escuchar lo que digo y alguien se pondría las pilas. Ojalá que, -sin esta parafernalia en la que sinceramente no me veo- estas letras levantaran ampollas a su
favor o en su contra, para el caso daría igual, pero seguramente como mínimo serviría para
que nos empezáramos a preocupar de lo verdaderamente importante, señores y señoras votantes, señores y señoras votados.


