Ante la inevitable convocatoria de nuevas elecciones al
Parlamento por falta de diálogo auténtico, nos encontramos que entre la marea de políticos que
tanto nos cuestan al bolsillo de los contribuyentes, solo uno de ellos ha sido capaz de
mantenerse a flote , el señor Albert Rivera, político que no
representa precisamente a mi más cercana ideología.
Fíjense que la mayor virtud de todo
dialogo es su intencionalidad. Y no debemos ahora confundir intencionalidad con
interés, ya que éste es arma perfectamente afilada, conocida y abusada por la
inmensa mayoría de representantes de nuestras cortes.
Cuando hablo de intencionalidad me refiero
al último suspiro que debe gobernar toda conversación, discusión o debate, a
saber; la sana intención de llegar a un acuerdo o solución
dialogada.
Pues bien, visto lo visto durante estos
meses, el único político al que se le vio una intención más allá del puro y
vano interés fue al señor Albert Rivera. Aunó en sus discursos principios
sólidos y flexibilidad muy por encima del resto de sus,
por decirlo de alguna manera, interlocutores que no llegaron a locutores de
feria, siempre estos con la misma cantinela interesada y desleal.
Dadas las circunstancias, sólo espero dos
cosas:
La primera es que los medios dejen de
hablar con políticos que poco o nada tengan que aportar al escenario social,
sean del partido que sean y ocupen la posición que ocupen. Quizás sería la
mejor manera de sacudir el lastre que mantenemos en nuestra clase política, pero me da la impresión que esto es pedir demasiado a nuestros medios...
Y la segunda sería simplemente que el
señor Albert Rivera viera recompensada como merece su labor durante este tiempo
de travesía por el desierto. Algo merece sacar de provecho de tantos meses de esfuerzo de conciertos con tanto político sordo a su alrededor. Y repito que no es su ideario es más cercano al mío, aunque si su proceder, que
no es poco.
Lo iré siguiendo.


