domingo, 24 de abril de 2016

Política sin Juego de Tronos

Nuestros políticos vuelven, una vez más, a poner sobre la palestra su indefinición como tales.  No son capaces, ninguno, de ver más allá de la inmediatez de sus propósitos siempre sesgados, incompletos o resumido en una palabra que no figura en sus vocabularios, mejorables.

El Poder se impone de forma maquiavélica sobre la Autoridad, ésta hoy más que nunca huérfana del talante político que la sustente y cultive. La Autoridad se reconoce, el Poder se impone. Esta zaga que hoy de forma mediocre nos intenta gobernar nada más entiende el lenguaje del Poder, de las mayorías que aplastan y poco o nada tienen que ver con la tan deseada a deseable Autoridad que todo pueblo debería conceder a sus gobernantes.

Todo esto da pie a una serie incontable de artimañas “políticas” sucias y mezquinas que por repetitivas se convierten en ley y pan de cada día. Si el Poder no lo alcanzan a través del sufragio se pone en marcha toda la maquinaria política que deberá, a costa de lo que sea y como sea, garantizar el mayor grado de éxito en la consecución de unos fines más que cuestionables.

No es extraño así que ante un mismo hecho constatable las lecturas puedan llegar a ser absolutamente contradictorias. Dónde unos ven blanco, otros verán negro. Y lo malo del asunto no es que esto ocurra, si no que se justifique, normalice y santifique “porque esto forma parte de la política”. Ya son tantos los ejercicios al respecto que aquí el hábito sí que hizo al político.

La Política en democracia no es defender mi posición a costa de lo que sea, sino mejorarla con la ayuda del otro, que también existe aunque no se le quiera ver.

Curiosamente el pueblo ha puesto a prueba a la clase política y ésta ha perdido la partida porque no tenía los suficientes ases para ganarla.
Ahora más que nunca necesitaban un as llamado diálogo que no han sabido utilizar por irreconocible. Han jugado con una carta que no sabían utilizar, atrincherándose en dogmatismos que deberían estar más que superados en un siglo XXI en el que no se sabe ni Jugar a los Tronos.

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