miércoles, 18 de abril de 2018

Je suis Macron


Una de las series con más tirón de los últimos tiempos presenta a un personaje, en un mundo apocalíptico, que hace repetir su nombre a todos sus protegidos con el fin de conseguir un orden y salvaguardar lo poco (o mucho) que tienen; yo soy Negan.


Salvando los más que cuestionables métodos de la controvertida figura y poniendo los pies en nuestra Europa, también controvertida hoy más que nunca, el primer mandatario francés encarna el papel de único artífice real de una verdadera Europa.


Se ha desmarcado de los planteamientos ambiguos y de medias tintas de los políticos al uso europeos. Cargado de argumentos y de buena retórica, no le tiembla el pulso cuando defiende una idea, la de la Europa unida y real, que basa en postulados pragmáticos y alejados de compromisos fugaces o farisaicos.


Europa siempre ha sido una bomba de relojería, una olla a presión que de tanto en tanto ha pegado el fogonazo que le ha permitido seguir andando sin dejar nunca atrás sus tensiones inherentes.

Ante esta situación muchos han sido los que propusieron desde hace ya siglos un encuentro, una verdadera apuesta en común en post de conseguir liberar de forma permanente las presiones del viejo continente.


Y así nació esta Unión europea hace ya unas décadas que con paso tortuoso y en demasiadas ocasiones poco decidido, intenta sostener a flote un barco con tripulación siempre al borde de amotinarse.

El azote de los últimos años (crisis, Brexit, nacionalismos resurgentes…) parece que no son razones suficientes para abrir los ojos de una ciudadanía y sus mandatarios que viven de espaldas a su realidad, y lo que es aún peor, a su historia.

En medio de esta vorágine de ineptitudes, servilismos, victimismos, cobardías, egoísmos y miradas cortas y nubladas, aparece la figura de un joven mandatario que hoy, cuando escribo estas letras, tiene todo el viento en su contra pero al que no le da miedo nadar contra corriente.


Una Europa más Europa

Se le pondrán afear un millón de cosas, como a cualquiera, ya que esto de la democracia pasa por la posibilidad de que todos podamos argumentar lo que nos plazca: otra cosa es que las argumentaciones estén más o menos cargadas de razones. Pues como decía, de críticas nadie está exento, pero hay una cosa de la que nadie podrá dudar: Emmanuel Macron ha sido capaz de dar un paso al frente y proponer lo que otros solo han sido capaces de balbucear: una Europa más Europa dentro de un mundo más democrático y social. Su característica habilidad le hace usar para ello los argumentos de los populistas pero llevándolos a su terreno, es decir, saliendo de la trinchera del que se queja pero no hace nada por revertir las situaciones, al tiempo que descoloca los resurgentes nacionalismos poniéndolos en su sitio, sin ambages, y otorgando a la democracia el lugar que le corresponde. 

A Macron no le sirve la Europa de los Estados tal y como la conocemos hasta hoy. Apuesta de manera decidida por una Europa compuesta por Estados pero con unos fines y propósitos muy definidos: para conseguir proyectos reales en común y con las mínimas barreras respetando las diferencias y particularidades de cada zona, que lejos de plantear un problema, enriquecen a su juicio el conjunto.

Dado el órdago de insensateces y despropósitos que nos rodean, creo que hoy más que nunca tendríamos todos que decir, y aunque solo fuese por esta razón, Je suis Macron.

miércoles, 4 de abril de 2018

Catalunya, democracia y presos


“Razones puramente políticas, no relacionadas con un delito” podría ser una buena síntesis aclaratoria de lo que es y no es un preso político. Así, deberemos considerar preso político a la persona que se le priva de su libertad sin haber cometido, presuntamente, delito alguno y haya sido encarcelada por razones basadas únicamente en su ideología política.

¿Son entonces los políticos presos catalanes “presos políticos”?
Según la jurisprudencia de nuestro país, no. Había una ley perfectamente conocida y ésta fue violada. Y este es un hecho innegable e irrefutable. Si no respetar las leyes es un ejercicio que la clase política se pueda permitir el propio Estado de derecho estaría en entredicho. Otra cosa diferente es que haya personas a las cuales, quizás, las leyes no les han sido aplicadas con el rigor necesario. Pero aun siendo esto así, no es causa que acredite en modo alguno que este rigor deje de estar presente en el resto de las situaciones, es decir: no es en absoluto valor suficiente como para dejar impunes a políticos que, de manera ejemplificadora, deben respetar las Leyes.

La democracia
En democracia tenemos derecho a expresar nuestros pensamientos y la obligación de respetar los ajenos y contrarios a los nuestros. Pero cuando los pensamientos o ideales se convierten en acciones contrarias a la Ley, ésta no puede ni debe permanecer pasiva. De otro modo sería totalmente innecesaria.
¿Quiero esto decir que las Leyes no se puedan modificar? No, de manera alguna. La Ley es posible modificarla pero siempre desde dentro del marco establecido. Parte importante de la clase política catalana ha despreciado el marco legal amparada en la voz del pueblo, obviando que solo escuchaba a una parte y que convertía un reclamo legítimo en acciones ilegales y de una enorme trascendencia social de la cual se deberían, inexcusablemente, depurar responsabilidades.
Y es aquí donde entra en juego el verdadero poder del pueblo en democracia, soberano y se juega con él. Aunque nuestra Constitución se expresa claramente en determinados aspectos, si una mayoría muy significativa de la población se declarase en contra de una determinada Ley, sin lugar a dudas se activarían los mecanismos oportunos y necesarios para modificarla, por muy constitucional que ésta fuese. Pero cuando se dice “mayoría muy significativa” se dice exactamente eso: un porcentaje neta y claramente superior a la opción contraria. Si siete u ocho de cada diez ciudadanos catalanes deseasen la independencia de Cataluña, difícilmente legislación alguna podría frenarlos. La situación en las instituciones nada tendría que ver con la realidad de sus ciudadanos ni con la vida en sus calles.

Y en Cataluña
Pero en Cataluña no hay una mayoría netamente superior y sí se violó la Ley. Y ser demócrata es poder expresarse libremente, sin duda; pero también es saber reconocer y respetar el Estado de derecho. Si yo fuese independentista, -que no lo soy por razones en las que ahora no me voy a extender-, la situación vivida en los últimos tiempos en Cataluña no restaría un ápice mis aspiraciones pero sí me desmarcaría por completo del movimiento secesionista llevado a cabo. Mi ansiada República Catalana no podría estar cimentada con bases tan contrarias a la Ley, al verdadero sentimiento democrático, al Estado de derecho y a la razón misma.