Tu verdad o la mía
Quien no ha discutido alguna vez defendiendo su
postura ante la mentira insultante de su adversario?
Nos ha pasado a
todos, sin excepción.
Hoy quiero centrarme en esas ocasiones en las que
nuestra verdad es para nosotros clara y diáfana, vamos, que lo tenemos tan
claro que no nos asalta ni la más mínima duda pero que... sin darnos cuenta
estábamos equivocados...
Sí, dicho así parece una incongruencia, pero
pasa mucha más a menudo de lo que nos podríamos imaginar.
Es muy normal que sin darnos cuenta deformemos
acontecimientos vividos hasta tal punto que pueden terminar siendo muy
diferentes a la realidad por nosotros mismos vivida. Los recuerdos los
vamos maquillando con el paso del tiempo y nos convertimos en
artífices de verdades que no siempre son un fiel reflejo de las experiencias
vividas. Cuando estas experiencias han sido compartidas con alguien, el cóctel
está servido.
No ocurre siempre ni mucho menos, pero sí es más
habitual de lo que en un principio nos podríamos imaginar. Y lo cierto, es que
los que defienden versiones de un mismo hecho diferentes, lo hacen con la plena
certeza de que fueron tal y como las cuentan o recuerdan, es decir; el otro o
se equivoca, o tiene mala memoria, o descaradamente miente. Pero es que el otro
piensa exactamente lo mismo. En la mayoría de los casos quizás uno se acerca
más que otro a la verdad, pero siempre hemos de tener presente que el maquillaje, en
mayor o menor medida siempre está presente. La memoria es débil y la
imaginación, portentosa.
Ojo al próximo día en que te enzarces en una
discusión: quieras o no, tienes mucha imaginación. Dónde la memoria flojea, la
imaginación trabaja...