Somos una frágil composición extremadamente harmónica. Precisamente, esta maravilla recorre el viaje de nuestras vidas entre esta levedad real y la aparente fortaleza que nos acompaña de manera necesaria. Sabemos perfectamente que somo prescindibles, que la vida es un don que solo necesita el que la vive. Vida solo hay una y es la propia. Los lazos entre vidas pueden romperse y de manera irrevocable así ocurre. Esta es la única condición de la vida, infranqueable y que nadie puede superar. Nos arroja a una cierta angustia existencial.
Pero esta angustia es precisamente la mecha que enciende la llama que da sentido precisamente al acto de vivir. Este tránsito no tendría ningún sentido sin la negación de sí mismo. Sería algo así como una rueda que gira incansablemente sin ir a ningún sitio, que no recorre espacio, que no suma, puro acto vacío. Sería comer sin paladar, música sorda. Sería un respirar estéril, inocuo. Sería la nada.
No somos capaces de observar la ausencia de la vida, únicamente somos testigos de la desaparición de la de otros, y en este acto precisamente confirmamos la nuestra por analogía, cobramos consciencia de su levedad, de su finitud, de su tránsito. ¿Tiene sentido transitar desde la desesperación de lo irrefutable?
Quizás no es esta la pregunta, sino más bien entender que lo irrefutable, la vida sin más, no es lo más importante; de hecho, ni tan solo es importante, simplemente es.
Lo que nos debe importar es mantener ese equilibrio, esa harmonía personal e intransferible que nos impulsa en nuestras vidas. Para ello, la interconexión que se da entre las personas vivas, ese espacio de alianza que realmente configura nuestro sentido aparece como la piedra de toque. ¿Qué razón de ser tiene una vida sin otras vidas? Nuestra existencia no encuentra sentido alguno en nuestra única existencia. Solo la aproximación a otras experiencias, diferentes a la nuestra, cargan de significación todo lo que somos y hacemos. Cualquier acto responde solo a un esfuerzo por llegar a expandir nuestra existencia más allá de la propia vida personal. Es falso que mi vida me importa más que nada; o si es así, es en función de la necesidad de ésta, como sustrato, para llegar al otro.
Todos los logros personales adquieren relevancia en comunidad. La soledad total extingue, anula. El reconocerse más allá de la propia persona es la manera natural de entender y gobernar la propia vida. ¿Acaso en un mundo desierto tendrían algún valor todas las riquezas terrenales? Cualquiera las cambiaría por una simple mirada, un roce, un gesto compartido.
Muchas son los intentos por definir el arte, casi todos fallidos, cuando éste solo es precisamente la manifestación más sutil y profunda del colosal esfuerzo de esta unión de las almas. Su discurso está abierto al arrojarnos a la intemporalidad de la vida compartida, y éste, el relato del arte, es extásico, inacabado por definición y con la peculiaridad que lo hace único: la obra de arte nunca se repite, es una y su emanación aboca al infinito en sus interpretaciones que nunca se agotan. La ciencia concluye, el arte expande. La ciencia se supera, el arte es insuperable. Podemos vivir sin ciencia, imposible sin arte. Todas las culturas han sucumbido, pero su arte, siempre presente, será eterno. Es una mirada que no busca solucionar al ser pura libertad. Es la representación de la propia vida compartida del artista que se expande, que se arroja desinteresadamente sin poder evitarlo. La otra vida es el campo de la ciencia.
Esto no es una trágica apología de la muerte, si no un canto a la vida, pero a la vida compartida. La vida como tal es solo el recurso que sustenta ese espacio donde las expresiones vitales encuentran sentido en la convivencia. Podemos perder la vida, pero lo que realmente le dio sentido permanecerá en el recuerdo de los otros, y lo que es todavía más importante, habrá justificado siempre esa angustia existencial precisamente por ofrecernos la posibilidad de sentir más allá de lo puramente material.
Dicho esto, renunciar al mayor tesoro que tenemos, renunciar a los gestos compartidos que realmente llenan y provocan lo contrario a la angustia, es decir, la felicidad, es una arrogancia estúpida y carente de todo sentido. Lo sencillo de la vida en compañía, las pequeñas cosas, pero inconmensurables, tendrán siempre más valor, verdad y realidad que cualquier aspecto que, aunque pomposo o contable, solo será eso, un algo carente de significación relevante. Una sola caricia tiene infinitamente más sentido en una vida que la mayor fortuna. El canto a la vida es éxito si conecta con otras vidas. Si conectas solo con otras cosas o lo sobrepones como el máximo logro, cortocircuitas la felicidad, el sentido y la oportunidad de vivir de verdad. Existe la vida material y la vida compartida. La primera es necesaria, la segunda le da sentido y significación. Sin la primera la segunda nunca existiría, pero sin la segunda la primera sería solo un llanto sordo y de nulo valor, y esa sería o es, entonces, la verdadera angustia.
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