lunes, 30 de octubre de 2017

Cataluña y su Independencia ante el estado de Derecho

domingo, 29 de octubre de 2017

Cataluña, independencia y estado de Derecho

martes, 10 de octubre de 2017

Independencia y dependencia


Independencia es fácil equipararla a libertad, a autonomía. Y sí, así es sin duda, pero entendiendo que la independencia muere en el momento que se consuma y da pie a otra dependencia. Me explico. Es un no querer depender de algo pero para sustituirlo por otra cosa. Nos podemos independizar de nuestra familia llegado el momento, pero justo en el momento que lo hagamos ya seremos dependientes de nosotros mismos o de quien sea si no es el caso. Esta sutil percepción de la palabra independencia creo que la carga de un matiz que no podemos ni debemos pasar por alto.

De alguna manera, cuando nos proclamamos "independientes de...", -y da igual lo que sea-, estamos entrando de manera irrenunciable a alguna otra dependencia de la que seremos subsidiarios sin remedio. Es decir, la independencia sería ese momento puntual y necesario que nos hace navegar de una determinada dependencia a otra. Las dependencias son esos espacios reales en los que vivimos y nos desarrollamos, siendo los momentos de independencia solo el tránsito, que aunque corto sí que muy señalado y visible, por lo que implica de cambio. Cuando las independencias -y ahora hablo de las de carácter social- se alargan en el tiempo, se encostran en los años, adquieren un matiz que no les corresponde e incluso pueden llegar a desvirtuar su esencia, pasando a visualizarse como fines en sí mismos, olvidando que son solo un tránsito. Quizás es solo una percepción psicológica, pero aun así nos aleja o confunde de su verdadero significado, es decir, terminan por convertirse en un estado de pseudodependencia de la propia independencia. Las independencias deben nacer y morir dando paso a una nueva dependencia. La independencia, en este sentido, no puede o deber ser un estado que se alargue indefinidamente en el tiempo. En esto comparto la coherencia de la CUP, aunque disto mucho de sus premisas y fundamentos; independencia debe ir de la mano de cierta rebelión, debe ser un hecho puntual que se consume y que no se eternice. En el caso de la independencia catalana, que tantísimos años llevamos oyendo, me parece más un modo de ser que un real y consciente desear algo en el que se valoren todos los elementos necesarios. La emoción pesa demasiado.

La independencia sería "un alejarse de...", y la dependencia un "depender de..." al tiempo que "atender a...". La independencia es tránsito mientras que la dependencia es un estar y ser.

Dicho esto, si ahora intento pensar en la palabra independencia en clave de ciudadano me cuesta enormemente reconocerla como apetecible. Claro está, siempre querré independizarme de todo aquel espacio que no respete lo que significa la democracia en sentido pleno y las libertades y derechos fundamentales de la persona, que tantos siglos, sangre y sufrimiento nos ha costado conseguir.

Fuera de esto, mi deseo es ser cuanto más dependiente mejor. Es decir, independizarme de España, de Francia o de cualquier Estado democrático me parece un contrasentido. Al contrario, cuando visito otros países que no son el mío siento cierto desasosiego al no sentirlos tan cerca de mí como me gustaría. Europa debe ser cada día más Europa, y el mundo entero más Mundo.

Esta idea tan simple ya fue apuntalada hace siglos por ilustrados que de manera muy certera nos avisaban de los graves problemas que acarreaban para la sociedad las exclusiones amparadas en nacionalismos identitarios.  Por principio, querer ser independiente en este ámbito, es siempre un mal síntoma que únicamente estará justificado en circunstancias, como dije, muy señaladas. Abundando en esta idea, ser independentista toda una vida de igual manera es un mal síntoma. La independencia debe consumarse en un periodo concreto, muy determinado; si no es así, algo parece que le fallan a las razones que la impulsan.

La bases de la solidaridad reposan en la idea de participación de lo otro, de adhesión sin complejos en lo diferente, desde el respeto, apoyo y respaldo necesario para la digna vida de todo ciudadano. Cuanto más parcelado es un espacio más difícil se hace comprender y respaldar a aquellos que posiblemente hablan otras lenguas o participen de otras culturas, pero que en esencia a pesar de ser lo otro, no son más que lo mismo.

La exclusión de lo diferente por ser simplemente no igual me parece un atraso o contrasentido que resta mucho y añade muy poco. Lo diferente bien entendido y vivido, precisamente no resta un ápice de identidad, todo lo contrario, la acentúa y le da mayor sentido. Solo dentro de la diversidad tiene sentido lo propio, si asumimos la libertad y la democracia como principio básico.

Esta dependencia de la que hablo y que desearía que fuese cada día mayor, en este sentido no está cargada de connotaciones ideológicas de ningún tipo, más bien responde a la sencilla razón de interesarme más lo que nos une de lo que nos separa que, sin lugar a dudas, es mucho más.



jueves, 5 de octubre de 2017

Ni Legitimo ni Legal: historia reciente de España y Cataluña


Todo gobierno tiene la obligación de ser legítimo y legal. Si alguien no parte de esta premisa básica ya se puede ahorrar seguir leyendo.

El gobierno del Estado se sitúa en la legalidad pero cada día carece más de legitimidad.

El govern de Catalunya se empeña en mantenerse en posturas ilegales aunque cada día se visualiza como más legítimo.

Un gobierno debe regirse siempre conforme a un sistema legal y bajo el amparo de éste. Cualquier otra cosa se podrá llamar como se quiera, pero no gobierno.

De igual manera, cuando un gobierno utiliza la Ley para, amparándose en ella, desoír al pueblo, carece del valor legítimo que en su momento lo llevó a ocupar el lugar del que hace poca o ninguna honra.

Esta lucha fratricida entre España y Catalunya tendrá un triste final si no son capaces nuestros gobernantes, que están muy lejos de cumplir lo básico de cualquier gobierno que se precie de llamarse como tal, de girar las tornas y abrazar dentro de la legalidad un talante legítimo.

La legalidad, sin duda, se impondrá antes. El gobierno de España con la fuerza de la Ley podrá imponerse sobre el catalán. Pero que no olviden que más pronto que tarde, la falta de legitimidad en sus maneras, en su ejecución de la Ley, les pasará una factura muy alta, incluso más de lo que son capaces de imaginar, y quedará para la historia su nefasto proceder democrático.


Si el govern catalán se empecina en transitar al margen de la Ley, no solamente provocará mucho dolor innecesario, por más legitimado que se vea por el clamor del pueblo, sino que sufrirá el azote de una Ley que terminará desgarrando Catalunya y harán falta bastantes más de 40 años para regenerar la hiriente brecha abierta.


Los ciudadanos asistimos atónitos a un desgobierno de proporciones astronómicas y vamos dando bandazos sin saber bien donde estamos o hacía donde vamos.

Es fácil en esta situación encontrar argumentos demasiado estériles que nos permitan situarnos a un lado o a otro, pero anclarnos con pies de plomo y defender una de las posiciones enfrentadas sin que nos tiemble el pulso un solo instante, se convierte en una tarea titánica e inalcanzable. Los que los lográis, permitirme que os diga que os falta legalidad o sois poco legítimos.

Desde esta posición me sitúo como el tercero en discordia y lo único que reclamo es que la democracia, como representación de la soberanía del pueblo (de ahí su carácter legítimo) y al amparo de la legalidad que emana de éste (de ahí su carácter legal), deje de ser usada sesgadamente y cada cual se presente tal y como es: ilegitimo o ilegal.


Únicamente si se auto reconocen como tales, las vías de solución estarán abiertas; de lo contrario asistiéremos a un parto donde madre e hijo saldrán mal, muy mal parados.


Y como se puede esperar, entre todo esto, para mis amigos independentistas cada vez estoy más subsumido por el fascismo rancio de España, siendo al mismo tiempo para mis amigos no independentistas, un producto más del catalanismo con el tufo insoportable del independentista. Y yo, ahí.



Y por último, el mensaje de fondo que extraigo de todo esto no es otro que la falta absoluta de verdadera educación que muchos venimos denunciando en nuestro país desde hace mucho tiempo. Sufrimos ahora las consecuencias del menosprecio a esa asignatura pendiente, a ese discurrir indiferentes a algo tan básico como es formar ciudadanos críticos, con sentido común, coherentes y capaces de generar pensamiento propio racional y razonable, propósito inalienable en toda democracia que aspire a seguir siéndolo y reforzarse día a día.

Adiós. Adéu. Agur. Adeus