martes, 10 de octubre de 2017

Independencia y dependencia


Independencia es fácil equipararla a libertad, a autonomía. Y sí, así es sin duda, pero entendiendo que la independencia muere en el momento que se consuma y da pie a otra dependencia. Me explico. Es un no querer depender de algo pero para sustituirlo por otra cosa. Nos podemos independizar de nuestra familia llegado el momento, pero justo en el momento que lo hagamos ya seremos dependientes de nosotros mismos o de quien sea si no es el caso. Esta sutil percepción de la palabra independencia creo que la carga de un matiz que no podemos ni debemos pasar por alto.

De alguna manera, cuando nos proclamamos "independientes de...", -y da igual lo que sea-, estamos entrando de manera irrenunciable a alguna otra dependencia de la que seremos subsidiarios sin remedio. Es decir, la independencia sería ese momento puntual y necesario que nos hace navegar de una determinada dependencia a otra. Las dependencias son esos espacios reales en los que vivimos y nos desarrollamos, siendo los momentos de independencia solo el tránsito, que aunque corto sí que muy señalado y visible, por lo que implica de cambio. Cuando las independencias -y ahora hablo de las de carácter social- se alargan en el tiempo, se encostran en los años, adquieren un matiz que no les corresponde e incluso pueden llegar a desvirtuar su esencia, pasando a visualizarse como fines en sí mismos, olvidando que son solo un tránsito. Quizás es solo una percepción psicológica, pero aun así nos aleja o confunde de su verdadero significado, es decir, terminan por convertirse en un estado de pseudodependencia de la propia independencia. Las independencias deben nacer y morir dando paso a una nueva dependencia. La independencia, en este sentido, no puede o deber ser un estado que se alargue indefinidamente en el tiempo. En esto comparto la coherencia de la CUP, aunque disto mucho de sus premisas y fundamentos; independencia debe ir de la mano de cierta rebelión, debe ser un hecho puntual que se consume y que no se eternice. En el caso de la independencia catalana, que tantísimos años llevamos oyendo, me parece más un modo de ser que un real y consciente desear algo en el que se valoren todos los elementos necesarios. La emoción pesa demasiado.

La independencia sería "un alejarse de...", y la dependencia un "depender de..." al tiempo que "atender a...". La independencia es tránsito mientras que la dependencia es un estar y ser.

Dicho esto, si ahora intento pensar en la palabra independencia en clave de ciudadano me cuesta enormemente reconocerla como apetecible. Claro está, siempre querré independizarme de todo aquel espacio que no respete lo que significa la democracia en sentido pleno y las libertades y derechos fundamentales de la persona, que tantos siglos, sangre y sufrimiento nos ha costado conseguir.

Fuera de esto, mi deseo es ser cuanto más dependiente mejor. Es decir, independizarme de España, de Francia o de cualquier Estado democrático me parece un contrasentido. Al contrario, cuando visito otros países que no son el mío siento cierto desasosiego al no sentirlos tan cerca de mí como me gustaría. Europa debe ser cada día más Europa, y el mundo entero más Mundo.

Esta idea tan simple ya fue apuntalada hace siglos por ilustrados que de manera muy certera nos avisaban de los graves problemas que acarreaban para la sociedad las exclusiones amparadas en nacionalismos identitarios.  Por principio, querer ser independiente en este ámbito, es siempre un mal síntoma que únicamente estará justificado en circunstancias, como dije, muy señaladas. Abundando en esta idea, ser independentista toda una vida de igual manera es un mal síntoma. La independencia debe consumarse en un periodo concreto, muy determinado; si no es así, algo parece que le fallan a las razones que la impulsan.

La bases de la solidaridad reposan en la idea de participación de lo otro, de adhesión sin complejos en lo diferente, desde el respeto, apoyo y respaldo necesario para la digna vida de todo ciudadano. Cuanto más parcelado es un espacio más difícil se hace comprender y respaldar a aquellos que posiblemente hablan otras lenguas o participen de otras culturas, pero que en esencia a pesar de ser lo otro, no son más que lo mismo.

La exclusión de lo diferente por ser simplemente no igual me parece un atraso o contrasentido que resta mucho y añade muy poco. Lo diferente bien entendido y vivido, precisamente no resta un ápice de identidad, todo lo contrario, la acentúa y le da mayor sentido. Solo dentro de la diversidad tiene sentido lo propio, si asumimos la libertad y la democracia como principio básico.

Esta dependencia de la que hablo y que desearía que fuese cada día mayor, en este sentido no está cargada de connotaciones ideológicas de ningún tipo, más bien responde a la sencilla razón de interesarme más lo que nos une de lo que nos separa que, sin lugar a dudas, es mucho más.



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