Independencia es fácil equipararla a libertad, a autonomía. Y sí,
así es sin duda, pero entendiendo que la independencia muere en el momento que
se consuma y da pie a otra dependencia. Me explico. Es un no querer
depender de algo pero para sustituirlo por otra cosa. Nos podemos
independizar de nuestra familia llegado el momento, pero justo en el momento
que lo hagamos ya seremos dependientes de nosotros mismos o de quien sea si no
es el caso. Esta sutil percepción de la palabra independencia creo que la carga
de un matiz que no podemos ni debemos pasar por alto.
De alguna manera, cuando nos
proclamamos "independientes de...", -y da igual lo que sea-, estamos
entrando de manera irrenunciable a alguna otra dependencia de la que seremos
subsidiarios sin remedio. Es decir, la independencia sería ese momento puntual
y necesario que nos hace navegar de una determinada dependencia a otra. Las
dependencias son esos espacios reales en los que vivimos y nos desarrollamos,
siendo los momentos de independencia solo el tránsito, que aunque corto sí que
muy señalado y visible, por lo que implica de cambio. Cuando las independencias
-y ahora hablo de las de carácter social- se alargan en el tiempo, se
encostran en los años, adquieren un matiz que no les corresponde e incluso
pueden llegar a desvirtuar su esencia, pasando a visualizarse como fines en sí
mismos, olvidando que son solo un tránsito. Quizás es solo una percepción
psicológica, pero aun así nos aleja o confunde de su verdadero significado, es
decir, terminan por convertirse en un estado de pseudodependencia de la propia
independencia. Las independencias deben nacer y morir dando paso a una nueva
dependencia. La independencia, en este sentido, no puede o deber ser un estado
que se alargue indefinidamente en el tiempo. En esto comparto la coherencia de
la CUP, aunque disto mucho de sus premisas y fundamentos; independencia debe ir
de la mano de cierta rebelión, debe ser un hecho puntual que se consume y que no
se eternice. En el caso de la independencia catalana, que tantísimos años
llevamos oyendo, me parece más un modo de ser que un real y consciente desear
algo en el que se valoren todos los elementos necesarios. La emoción pesa
demasiado.
La independencia sería "un
alejarse de...", y la dependencia un "depender de..." al tiempo
que "atender a...". La independencia es tránsito mientras
que la dependencia es un estar y ser.
Dicho esto, si ahora intento
pensar en la palabra independencia en clave de ciudadano me cuesta enormemente
reconocerla como apetecible. Claro está, siempre querré independizarme de todo
aquel espacio que no respete lo que significa la democracia en sentido pleno y
las libertades y derechos fundamentales de la persona, que tantos siglos,
sangre y sufrimiento nos ha costado conseguir.
Fuera de esto, mi deseo es ser
cuanto más dependiente mejor. Es decir, independizarme de España, de Francia o
de cualquier Estado democrático me parece un contrasentido. Al contrario,
cuando visito otros países que no son el mío siento cierto desasosiego al no
sentirlos tan cerca de mí como me gustaría. Europa debe ser cada día más
Europa, y el mundo entero más Mundo.
Esta idea tan simple ya fue
apuntalada hace siglos por ilustrados que de manera muy certera nos avisaban de
los graves problemas que acarreaban para la sociedad las exclusiones amparadas
en nacionalismos identitarios. Por principio, querer ser independiente en
este ámbito, es siempre un mal síntoma que únicamente estará justificado en
circunstancias, como dije, muy señaladas. Abundando en esta idea, ser
independentista toda una vida de igual manera es un mal síntoma. La
independencia debe consumarse en un periodo concreto, muy determinado; si no es
así, algo parece que le fallan a las razones que la impulsan.
La bases de la solidaridad
reposan en la idea de participación de lo otro, de adhesión sin complejos en lo
diferente, desde el respeto, apoyo y respaldo necesario para la digna vida de
todo ciudadano. Cuanto más parcelado es un espacio más difícil se hace
comprender y respaldar a aquellos que posiblemente hablan otras lenguas o
participen de otras culturas, pero que en esencia a pesar de ser lo otro, no
son más que lo mismo.
La exclusión de lo diferente
por ser simplemente no igual me parece un atraso o contrasentido que resta
mucho y añade muy poco. Lo diferente bien entendido y vivido, precisamente no
resta un ápice de identidad, todo lo contrario, la acentúa y le da mayor
sentido. Solo dentro de la diversidad tiene sentido lo propio, si asumimos la
libertad y la democracia como principio básico.
Esta dependencia de la que
hablo y que desearía que fuese cada día mayor, en este sentido no está cargada
de connotaciones ideológicas de ningún tipo, más bien responde a la sencilla
razón de interesarme más lo que nos une de lo que nos separa que,
sin lugar a dudas, es mucho más.
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