Todo gobierno
tiene la obligación de ser legítimo y legal. Si alguien no parte de esta
premisa básica ya se puede ahorrar seguir leyendo.
El gobierno del
Estado se sitúa en la legalidad pero cada día carece más de legitimidad.
El govern de
Catalunya se empeña en mantenerse en posturas ilegales aunque cada día se visualiza
como más legítimo.
Un gobierno debe
regirse siempre conforme a un sistema legal y bajo el amparo de éste. Cualquier
otra cosa se podrá llamar como se quiera, pero no gobierno.
De igual manera,
cuando un gobierno utiliza la Ley para, amparándose en ella, desoír al pueblo,
carece del valor legítimo que en su momento lo llevó a ocupar el lugar del que
hace poca o ninguna honra.
Esta lucha fratricida
entre España y Catalunya tendrá un triste final si no son capaces nuestros
gobernantes, que están muy lejos de cumplir lo básico de cualquier gobierno que
se precie de llamarse como tal, de girar las tornas y abrazar dentro de la
legalidad un talante legítimo.
La legalidad,
sin duda, se impondrá antes. El gobierno de España con la fuerza de la Ley
podrá imponerse sobre el catalán. Pero que no olviden que más pronto que tarde,
la falta de legitimidad en sus maneras, en su ejecución de la Ley, les pasará una
factura muy alta, incluso más de lo que son capaces de imaginar, y quedará para
la historia su nefasto proceder democrático.
Si el govern
catalán se empecina en transitar al margen de la Ley, no solamente provocará
mucho dolor innecesario, por más legitimado que se vea por el clamor del
pueblo, sino que sufrirá el azote de una Ley que terminará desgarrando
Catalunya y harán falta bastantes más de 40 años para regenerar la hiriente brecha
abierta.
Los ciudadanos
asistimos atónitos a un desgobierno de proporciones astronómicas y vamos dando
bandazos sin saber bien donde estamos o hacía donde vamos.
Es fácil en
esta situación encontrar argumentos demasiado estériles que nos permitan
situarnos a un lado o a otro, pero anclarnos con pies de plomo y defender una
de las posiciones enfrentadas sin que nos tiemble el pulso un solo instante,
se convierte en una tarea titánica e inalcanzable. Los que los lográis,
permitirme que os diga que os falta legalidad o sois poco legítimos.
Desde esta
posición me sitúo como el tercero en discordia y lo único que reclamo es que la
democracia, como representación de la soberanía del pueblo (de ahí su carácter
legítimo) y al amparo de la legalidad que emana de éste (de ahí su carácter
legal), deje de ser usada sesgadamente y cada cual se presente tal y como es:
ilegitimo o ilegal.
Únicamente si
se auto reconocen como tales, las vías de solución estarán abiertas; de lo
contrario asistiéremos a un parto donde madre e hijo saldrán mal, muy mal
parados.
Y como se puede esperar, entre todo esto, para mis amigos independentistas cada vez estoy más subsumido por el fascismo rancio de España, siendo al mismo tiempo para mis amigos no independentistas, un producto más del catalanismo con el tufo insoportable del independentista. Y yo, ahí.
Y como se puede esperar, entre todo esto, para mis amigos independentistas cada vez estoy más subsumido por el fascismo rancio de España, siendo al mismo tiempo para mis amigos no independentistas, un producto más del catalanismo con el tufo insoportable del independentista. Y yo, ahí.
Y por último,
el mensaje de fondo que extraigo de todo esto no es otro que la falta absoluta
de verdadera educación que muchos venimos denunciando en nuestro país
desde hace mucho tiempo. Sufrimos ahora las consecuencias del menosprecio a esa
asignatura pendiente, a ese discurrir indiferentes a algo tan básico como es
formar ciudadanos críticos, con sentido común, coherentes y capaces de generar
pensamiento propio racional y razonable, propósito inalienable en toda
democracia que aspire a seguir siéndolo y reforzarse día a día.
Adiós. Adéu. Agur. Adeus
Adiós. Adéu. Agur. Adeus
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