jueves, 5 de octubre de 2017

Ni Legitimo ni Legal: historia reciente de España y Cataluña


Todo gobierno tiene la obligación de ser legítimo y legal. Si alguien no parte de esta premisa básica ya se puede ahorrar seguir leyendo.

El gobierno del Estado se sitúa en la legalidad pero cada día carece más de legitimidad.

El govern de Catalunya se empeña en mantenerse en posturas ilegales aunque cada día se visualiza como más legítimo.

Un gobierno debe regirse siempre conforme a un sistema legal y bajo el amparo de éste. Cualquier otra cosa se podrá llamar como se quiera, pero no gobierno.

De igual manera, cuando un gobierno utiliza la Ley para, amparándose en ella, desoír al pueblo, carece del valor legítimo que en su momento lo llevó a ocupar el lugar del que hace poca o ninguna honra.

Esta lucha fratricida entre España y Catalunya tendrá un triste final si no son capaces nuestros gobernantes, que están muy lejos de cumplir lo básico de cualquier gobierno que se precie de llamarse como tal, de girar las tornas y abrazar dentro de la legalidad un talante legítimo.

La legalidad, sin duda, se impondrá antes. El gobierno de España con la fuerza de la Ley podrá imponerse sobre el catalán. Pero que no olviden que más pronto que tarde, la falta de legitimidad en sus maneras, en su ejecución de la Ley, les pasará una factura muy alta, incluso más de lo que son capaces de imaginar, y quedará para la historia su nefasto proceder democrático.


Si el govern catalán se empecina en transitar al margen de la Ley, no solamente provocará mucho dolor innecesario, por más legitimado que se vea por el clamor del pueblo, sino que sufrirá el azote de una Ley que terminará desgarrando Catalunya y harán falta bastantes más de 40 años para regenerar la hiriente brecha abierta.


Los ciudadanos asistimos atónitos a un desgobierno de proporciones astronómicas y vamos dando bandazos sin saber bien donde estamos o hacía donde vamos.

Es fácil en esta situación encontrar argumentos demasiado estériles que nos permitan situarnos a un lado o a otro, pero anclarnos con pies de plomo y defender una de las posiciones enfrentadas sin que nos tiemble el pulso un solo instante, se convierte en una tarea titánica e inalcanzable. Los que los lográis, permitirme que os diga que os falta legalidad o sois poco legítimos.

Desde esta posición me sitúo como el tercero en discordia y lo único que reclamo es que la democracia, como representación de la soberanía del pueblo (de ahí su carácter legítimo) y al amparo de la legalidad que emana de éste (de ahí su carácter legal), deje de ser usada sesgadamente y cada cual se presente tal y como es: ilegitimo o ilegal.


Únicamente si se auto reconocen como tales, las vías de solución estarán abiertas; de lo contrario asistiéremos a un parto donde madre e hijo saldrán mal, muy mal parados.


Y como se puede esperar, entre todo esto, para mis amigos independentistas cada vez estoy más subsumido por el fascismo rancio de España, siendo al mismo tiempo para mis amigos no independentistas, un producto más del catalanismo con el tufo insoportable del independentista. Y yo, ahí.



Y por último, el mensaje de fondo que extraigo de todo esto no es otro que la falta absoluta de verdadera educación que muchos venimos denunciando en nuestro país desde hace mucho tiempo. Sufrimos ahora las consecuencias del menosprecio a esa asignatura pendiente, a ese discurrir indiferentes a algo tan básico como es formar ciudadanos críticos, con sentido común, coherentes y capaces de generar pensamiento propio racional y razonable, propósito inalienable en toda democracia que aspire a seguir siéndolo y reforzarse día a día.

Adiós. Adéu. Agur. Adeus





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