Normalizar es simplemente transformar en normal algo. Las normalizaciones tienen así el fin y propósito de
hacernos más fácil la vida al sentar bases para todos conocidas y aceptadas que
nos permitan desarrollarnos mejor en nuestras sociedades.
Vemos como normalizar es así un proceso que necesita tiempo para su
desarrollo, aceptación y definitiva implantación.
Hasta aquí nada que objetar. Pero, ¿qué está pasando en España?
En los últimos tiempos estamos normalizando toda una serie de conductas absolutamente
despreciables. Y lo más desconcertante es que lo son para el conjunto de la
sociedad: nadie gana y todos perdemos.
Hasta ahora, normalmente, éramos capaces de descifrar intereses
partidistas que de alguna manera “justificaban” ciertas acciones por el
bien propio.
Hoy, en España, hemos sido capaces de normalizar, de transformar en la norma, conductas absolutamente viles, abyectas,
infames, indignas, depravadas, detestables, repulsivas, aborrecibles, mezquinas,
ruines, repugnantes, innobles y rastreras que nos perjudican a todos. Y aviso:
el resto del mundo se ha dado cuenta, sobre todo los países de Europa que
sabrán sacar beneficio de ello.
Y todo esto ha sido un proceso que hemos ido tejiendo entre todos, -y
cuando digo entre todos quiero decir exactamente entre todos-, aunque
ahora nos empeñemos cada cual en salvar nuestro culo situándonos en la otra
orilla, en la orilla del que no tira nunca piedras. Si no las tiras, tienes la
obligación ineludible de evitar que otros lo hagan. ¿Lo hiciste?; perdón, ¿lo
hicimos? No lo suficiente. Solo tienes que abrir los ojos y mirar, con eso
basta.
Se pueden poner muchos ejemplos que recorren cada centímetro cuadrado del
territorio, sin excepción, pero por su importancia y trascendencia quiero
hablar hoy del conflicto que vivimos en Catalunya, a costa de saber que los independentistas
interpretarán esto como un ataque a sus anhelos. Si es así os invito a comenzar
a leer porque no habéis entendido nada. Y os lo aclaro: Catalunya no se escapa
de esta miseria que nos recorre a todos, simplemente se sitúa hoy como un claro
ejemplo, y de una enorme trascendencia, de toda esta inmundicia.
Si un solo catalán independentista piensa que “escapa” de algo que le es
ajeno por no representar su esencia, simplemente pone de manifiesto su sesgada
y partidista percepción de la realidad. Si un solo catalán no independentista,
o español, piensa que no tiene nada que ver en lo que voy a decir, se está
posicionando en la orilla de aquellos que son solo espectadores y piensan,
torpe y ruinmente, que no participan en la función. El telón, señores, se
levanta para todos.
Seré muy breve. Los actores principales de la tragicomedia catalana han
sido capaces de conseguir algo asombroso: que toda una serie de acontecimientos
impensables hace muy poco tiempo, se conviertan en el pan nuestro de cada día.
Hasta aquí podría resultar cómico, pero lo trágico es que se van normalizando y
es ahí donde caemos por el precipicio insondable del despropósito.
Por poner un ejemplo -los hay por decenas-, si hace tan solo cinco años un
candidato como el actual Presidente de Catalunya se hubiese presentado con su
historial como presidenciable, todos nos hubiésemos rasgados las vestiduras o
puesto el grito en el cielo (dicho sea de paso, como hacen en Europa al
contemplarlo atónitos), pero aquí, lejos de ni tan solo preocuparnos en exceso,
se vitorea por las fuerzas independentistas y, por las que no lo son, como
mucho se mantiene una posición expectante: a ver qué pasa.
Pues eso es: hemos logrado normalizar lo que nunca debería haber sido
normal. Nos hemos puesto el mundo por montera, inconscientes y
aventureros, y ya estamos recogiendo las mieles de nuestro (efímero) éxito, que
no es otro que ser el hazmerreír de medio mundo mientras rompemos en pedazos el
trocito que ocupamos.
Y lo repito por última vez, para los despistados. Los actores principales
de la tragicomedia catalana tienen una responsabilidad mayúscula en la función,
su despropósito bebe de la mentira y la inmundicia que les rodea, de la que
forman parte y vilmente se aprovechan. Pero este caldo de cultivo se fue madurando año tras año con el ciego y lamentable esfuerzo de todos, cada cual
con su parcela de responsabilidad.
La tragedia que se vive en Catalunya es la misma que vive toda España; la
diferencia (el fet diferencial català) es que aquí unos cuantos han sido
capaces de aprovecharse mezquinamente (y esta es una palabra que se queda corta, muy corta) de la situación al proponer una solución
desleal, antidemocrática y decimonónica.
España no es el problema, o mejor dicho, si lo es, lo es consustancialmente
con Catalunya, por ser lo mismo: son dos caras de una misma moneda o dos
tristes realidades sociales del siglo XXI que son solo una.
Y hay algo bueno: todo tiene solución.
No hay comentarios:
Publicar un comentario