Una caricatura es una deformación de la realidad con tintes humorísticos o de crítica social. Son sanas y nos ayudan a digerir mejor la cruda existencia; le aportan un toque de distensión agradecido.
El problema se presenta cuando la caricatura deja de ser tal y se transforma en el pan nuestro de cada día. Hoy es difícil deformar la realidad española en la búsqueda de ese jocoso dibujo: España es ya en sí la viñeta misma.
Transición sin acabar, pelotazos, corrupciones insufribles, independentismos y centralismos latosos...nos terminan situando en un terreno pantanoso que cada día nos hunde más en las propias mierdas que abonamos sin descanso.
La última, que no más importante, pero sí indicadora de nuestras tremendas flaquezas sociales, es la que estamos viviendo esta semana con el polémico "chalet" del señor Iglesias y la señora Montero.
Había una vez un partido político que entró pisando fuerte por no deber pleitesía a las "castas", pero que se fue desmoronando al confundir llegar con mantenerse. Seguían con el puño en alto en las calles cuando ya tocaba hacer política en los hemiciclos, que dicho sea de paso, buena falta hacía. Pero ese puño se dió la vuelta y arremetió en todas las narices de aquellos que secundaban esta cuestionable manera de entender lo que tocaba, y que erre que erre y sin descanso se fue quitando del medio a los seguidores del noble arte jonista, por considerarlo de tiempos pasados.
Con una mano levantaban sus máximos mandatarios el puño alentando a sus seguidores, mientras que con la otra ejecutaban acciones que el puño intentaba desmoronar. Como no podía ser de otra manera, una mano descubrió a la otra, y el puño arremetió con fuerza a esa mano sibilina que intentaba copiar, a pie juntilla, las maneras de la casta que denostaba.
Pues aquí acaba la historia. Los altos mandatarios lejos de reconocer su terrible error, que no es otro que faltar a las propias palabras, intentaron sacar rédito del asunto. La supuesta nobleza apareció en su más triste representación y nos recordó, o puso de manifiesto para los despistados, que andábamos rodeados de más de lo mismo.
El resultado de esta historieta en una España caricaturesca es lo que menos importa: lo trágico es el lienzo donde se dibuja este nuevo disparate...si lo sé, me voy.
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