Esta es la historia, corta historia, de un profesor cualquiera. Llegué a la docencia por absoluta vocación. De hecho, siempre había sido docente, es decir, persona que se dedica a la enseñanza, de un modo u otro. En todas mis ocupaciones anteriores no relacionadas directamente con la enseñanza, siempre me había tocado, supongo por elección, alguna labor relacionada con esto de enseñar algo a alguien. Siendo esto así, no es extraño que en un momento determinado de mi vida decidiese dedicarme íntegramente a la labor docente en la enseñanza reglada. Y ahí comenzó todo…
Llegas a tu primer centro con una idea preconcebida y ésta, en mi caso, poco tardó en volar por los aires. Desde entonces aún ando buscando los resquicios de esta primera e inocente idea, pero cuando me parece que encuentro alguno, vuelve a aparecer una nueva bomba que hace que casi pueda hablar ya de desintegración total de aquella ya olvidada idea.
Pero ¿cuál era esta idea? Pues
era algo tan simple como intentar transmitir conocimiento, sí, digo transmitir
con todas las letras, y fomentar en mis alumnos la curiosidad suficiente como para
seguir buscando en este pozo sin fondo que es el saber. ¿Y qué me encontré? Me encontré
un mar de energía desbocada, ingente esfuerzo de un profesorado que mataba
moscas a cañonazos, y la mayoría de las veces errando el tiro. Creo que toca
ser más concreto y explicito.
Nadie puede negar que las energías
son las que son, que podrán ser menos o más, siempre hay de todo, pero lo
cierto es que no hay peor negocio que ponerlas, sean las que sean, donde no
toca. Pensaba yo, pobre iluso, que las mías, como las del resto, estarían
encaminadas de manera fundamental en la preparación de mis sesiones, lo cual,
añado, nunca pensé que fuese tarea fácil, aunque sí absolutamente necesaria.
Pero no. Descubrí para mi asombro y terror que un mundo desconocido de tareas
que poco tenían que ver con la preparación de aula, me esperaban al acecho. No
a mí, claro, a todos. Entre reuniones interminables de equipos docentes, comisiones
varias, diferentes proyectos, claustros, cursos y cursillos… además de cascadas
de correos electrónicos de información desbocada, tablas donde poner cosas que
no sabía a donde iban ni el porqué de su justificación, más allá del siempre
lo hemos hecho así o lo dice el Departamento, inspección, el equipo
directivo o el coordinador pedagógico de turno, se me iba la vida, mi tiempo y
casi todas mis energías, pues todos querían vestir su centro con el mejor traje
sin pensar que quizás lo único que tenían que hacer era dejar a sus sastres (léase
docentes) hacer su trabajo, sin más, es decir, vestir sus sesiones.
No quiero entrar hoy aquí en
lo de las famosas competencias. O quizás sí. No lo tengo aún claro. Ya
veré. Pero mucho ya se ha escrito al respecto y el tiempo, espero que más
pronto que tarde, hará volver las aguas a su cauce natural; de hecho, ya está
pasando por otras latitudes. Ahora sencillamente estamos navegando, y no en el
buen sentido de la palabra. Pero hay más, mucho más. Por poner un ejemplo, esto
de trabajar por Proyectos. Claro que sí, bonita palabra: Proyectos. Pero es tan
artificial y forzado lo que se hace, que termina provocando una degeneración de
la pretensión inicial solamente justificada, mejor dicho, tristemente
justificada, por un resultado que olvida absolutamente lo vacío del proceso.
Muy bonito de cara a la galería, a la exposición estéril de unos logros que nada
tienen que ver, o no hay correlato, con las supuestas “competencias” y
aprendizajes que pretendían desarrollar. Basta con reflexionar un poco para
verlo de manera diáfana y sin titubeos. Y no me olvido, claro que no, de la
también ingente cantidad de energía dedicada a ellos por los docentes y la poca
relación o nula que guardan con los pretendidos resultados. Podría poner muchos
ejemplos, prefiero guardarlos en mi memoria. De verdad, era mucho más simple y
con resultados infinitamente mejores.
Estamos en ese momento donde
innovar o morir parece ser el lema de cualquier centro. O lo haces diferente o
lo que haces no vale nada, es antiguo, pasado de moda, trasnochado o superado.
La Nueva educación al poder. Y precisamente he podido observar, rascando
un poco en esta primera capa de barniz barato, que docentes con años de
experiencia a sus espaldas, son capaces de sortear todo esto y una vez cierran
la puerta de su aula, hacen aquello que tan bien saben hacer, que tienen muy
claro que funciona y que sus alumnos agradecen. Pero claro, es el viejo profesor,
el de la vieja escuela, el que solo enseña a memorizar y no se preocupa
de la enseñanza “competencial” y demás palabros pretendidamente modernos.
Pues quizás ese profesor, que
incluso ahora se esconden para no hacer ruido entre el simple ruido de la
enseñanza alborotada y de escaparate actual, hace lo que sabe que tiene que
hacer. Fundamentar primero unos conocimientos en sus alumnos, de tantas maneras
como buenos docentes hay, para luego sobre ellos construir, o posibilitar la
construcción, de todo un andamiaje de recursos en sus alumnos que les permiten,
y siendo muy conscientes de donde están, un progreso competencial verdadero y
coherente, vamos, sin pies de barro.
Cuando veo un aula perdida en
la jungla con un profesor que enseña a unos niños sentados en el suelo, me
pregunto: ¿Qué nos ha pasado? Mucha parafernalia, muchos castillos de arena.
A quien corresponda: por
favor, dejad que los docentes desarrollen su labor substancial, no lo emborrachen
con mil y una maravillas que solo son baratijas insustanciales y absolutamente
prescindibles.
Pues nada, eso, solo soy un
triste docente en apuros, pero solo en apuros cuando estoy fuera del aula,
alejado de mis alumnos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario