Si somos
capaces de mirar con frialdad todo lo que nos rodea e intentamos analizar
objetivamente lo que vemos, sin pasiones, sin sentimientos, sin sumas o restas
que nos arrastren a planteamientos parciales, el resultado que obtenemos creo
que nos pondrá a la inmensa mayoría en la misma dimensión. Me explico. Para el
caso lo mismo dará que seamos catalanes -como soy- que extremeños, murcianos o
gallegos. Partamos de la base que somos simplemente habitantes de un espacio
geográfico determinado, institucionalmente llamado España como forma de Estado.
Nada más, no pido nada más hasta aquí. No es lo que uno siente, sino lo
reconocido legalmente: España, autonomías y DNIs, aunque no lo reconozcamos
como propio.
Pues bien,
ante este panorama aséptico la realidad que contemplamos todos es la misma y
unánime: una España que deja muchísimo que desear. Sea cual sea tu lugar de
nacimiento, si miras con ojos sinceros verás una realidad social y política
bastante despreciable. Hemos llegado a un punto de incomprensión de lo que
significa democracia y ciudadano difícil de superar.
Cuando dije
un poco más arriba España, me refería a la realidad que se da, día a día, en
Cartagena, Besalú, Antequera o El Ferrol. Es decir, en cualquier punto de
nuestra geografía se respira este ambiente caótico y aprovechado, desleal e
hipócrita. Desde luego no será yo quien diga que no tenemos una clase política
deshonrosa; lo es y mucho. Pero lo es y mucho aquí y allí, al norte y al sur,
al este y al oeste, y por supuesto en el centro. Y también es justo decir que no
lo son todos, pero sí demasiados.
Pero no por
ello debemos obviar que tenemos la clase política que nos merecemos. Extraño
sería pensar que siendo como somos, -una ciudadanía mediocre, que deja mucho
que desear en demasiados aspectos-, gozáramos de unos políticos de altos
vuelos. Eso no puede ser ni aquí ni en ningún sitio.
Si en otras
latitudes, y está claro que la perfección no existe, los dirigentes practican
un hacer más honrado y responsable, éste es el resultado de todo un proceso que
engloba a toda la sociedad en su conjunto. Ni nuestros políticos cabrían allí,
ni ellos como ciudadanos entenderían ni tolerarían a nuestros políticos.
Y lo dicho
es absolutamente cierto para todos, sin excepciones. Una mirada honesta es
imposible que pueda negar esta premisa.
De aquí se
extraen dos conclusiones bastante interesantes. Por una parte, la solución a
esta situación que nos engloba a todos no está en partir la manzana ya podrida
en toda su circunferencia. Pensar a estas alturas que el gusano sólo asoma por
un agujerito y que nuestra zona de la manzana esta indemne es ser muy iluso. O
pensar que si nos quedamos con un trozo de manzana ya llena de gusanos
tendremos más fácil el camino, es como mínimo sospechoso. Y por otra, la
premisa nos debería obligar, sin excepciones, a replantearnos de manera global
la solución a tremendo desaguisado.
El borrón y
cuenta nueva es poco efectivo por imposible, pero siempre nos quedará la opción
de refundarnos desde donde más efecto tendrá aunque el camino sea lento y en
principio aparentemente poco rentable, y hablo de educación. En nuestra
situación sólo un planteamiento que supere ideologías, partidismos, intereses
de poder o de cualquier tipo en una reformulada Educación Reglada nos
catapultará hacía un nuevo escenario tan necesario. Posiblemente será una
solución que requiera muchos años, casi un cambio generacional, pero sólo si se
comienza ahora y no se sigue parcheando la situación saldremos de este bucle
inacabable y pernicioso.
Todos los
políticos, y no me refiero ahora a los gobernantes, deben ser capaces de
formular con la ayuda de los que conocen mejor que ellos la materia, un Sistema
Educativo con miras globales, por encima de partidismos e intereses mezquinos,
dónde un proyecto de ciudadano cooperativista y democrático sea capaz de desarrollarse
sin sucumbir a postulados pedagógicos deshonestos y desleales. Esto no es una
utopía, es una realidad que necesita ser implantada con carácter de urgencia si
queremos salir de la parálisis en que nos encontramos.
Si se
intenta solucionar el problema desde perspectivas restringidas, unilaterales o
parciales, como la dependencia de la Independencia que se propone en Cataluña
para solucionar la situación, la guerra está perdida antes de empezarla. Hay un
aspecto importante que debemos tener en cuenta todos: de ESTA España es lícito
que un catalán quiera independizarse, como también lo es que quieran hacerlo un
manchego o un asturiano. Pero aquí el problema no es España, sino el ESTA que
la precede del que todos formamos parte, como señalaba más arriba.
El problema
de Cataluña no es España, o si lo es lo tiene tan arraigado es su ser como la
misma España.
No es este
un panfleto en contra de la independencia, sino más bien un recordatorio de las
miserias que nos han llevado a dónde estamos y de su única e ineludible
solución.
En otro
contexto podríamos hablar de independencia, de manera honesta y consensuada, en
la que un pueblo realmente democrático ejerciese con criterio unas demandas no
basadas en oportunismos y la total ciudadanía ejerciese su derecho, con criterio
y sensatez.
Nuestros
problemas actuales van mucho más allá de la situación-relación en que se
encuentra el pueblo catalán (realidad, por otra parte, que hay que abordar).
Atañen a toda España y su solución requiere otros planteamientos mucho más
lúcidos, juiciosos y reflexivos a la luz de la realidad actual.