lunes, 5 de octubre de 2015

Depencia de la Independencia

Si somos capaces de mirar con frialdad todo lo que nos rodea e intentamos analizar objetivamente lo que vemos, sin pasiones, sin sentimientos, sin sumas o restas que nos arrastren a planteamientos parciales, el resultado que obtenemos creo que nos pondrá a la inmensa mayoría en la misma dimensión. Me explico. Para el caso lo mismo dará que seamos catalanes -como soy- que extremeños, murcianos o gallegos. Partamos de la base que somos simplemente habitantes de un espacio geográfico determinado, institucionalmente llamado España como forma de Estado. Nada más, no pido nada más hasta aquí. No es lo que uno siente, sino lo reconocido legalmente: España, autonomías y DNIs, aunque no lo reconozcamos como propio.

Pues bien, ante este panorama aséptico la realidad que contemplamos todos es la misma y unánime: una España que deja muchísimo que desear. Sea cual sea tu lugar de nacimiento, si miras con ojos sinceros verás una realidad social y política bastante despreciable. Hemos llegado a un punto de incomprensión de lo que significa democracia y ciudadano difícil de superar.
Cuando dije un poco más arriba España, me refería a la realidad que se da, día a día, en Cartagena, Besalú, Antequera o El Ferrol. Es decir, en cualquier punto de nuestra geografía se respira este ambiente caótico y aprovechado, desleal e hipócrita. Desde luego no será yo quien diga que no tenemos una clase política deshonrosa; lo es y mucho. Pero lo es y mucho aquí y allí, al norte y al sur, al este y al oeste, y por supuesto en el centro. Y también es justo decir que no lo son todos, pero sí demasiados.

Pero no por ello debemos obviar que tenemos la clase política que nos merecemos. Extraño sería pensar que siendo como somos, -una ciudadanía mediocre, que deja mucho que desear en demasiados aspectos-, gozáramos de unos políticos de altos vuelos. Eso no puede ser ni aquí ni en ningún sitio.
Si en otras latitudes, y está claro que la perfección no existe, los dirigentes practican un hacer más honrado y responsable, éste es el resultado de todo un proceso que engloba a toda la sociedad en su conjunto. Ni nuestros políticos cabrían allí, ni ellos como ciudadanos entenderían ni tolerarían a nuestros políticos.
Y lo dicho es absolutamente cierto para todos, sin excepciones. Una mirada honesta es imposible que pueda negar esta premisa.

De aquí se extraen dos conclusiones bastante interesantes. Por una parte, la solución a esta situación que nos engloba a todos no está en partir la manzana ya podrida en toda su circunferencia. Pensar a estas alturas que el gusano sólo asoma por un agujerito y que nuestra zona de la manzana esta indemne es ser muy iluso. O pensar que si nos quedamos con un trozo de manzana ya llena de gusanos tendremos más fácil el camino, es como mínimo sospechoso. Y por otra, la premisa nos debería obligar, sin excepciones, a replantearnos de manera global la solución a tremendo desaguisado. 

El borrón y cuenta nueva es poco efectivo por imposible, pero siempre nos quedará la opción de refundarnos desde donde más efecto tendrá aunque el camino sea lento y en principio aparentemente poco rentable, y hablo de educación. En nuestra situación sólo un planteamiento que supere ideologías, partidismos, intereses de poder o de cualquier tipo en una reformulada Educación Reglada nos catapultará hacía un nuevo escenario tan necesario. Posiblemente será una solución que requiera muchos años, casi un cambio generacional, pero sólo si se comienza ahora y no se sigue parcheando la situación saldremos de este bucle inacabable y pernicioso.
Todos los políticos, y no me refiero ahora a los gobernantes, deben ser capaces de formular con la ayuda de los que conocen mejor que ellos la materia, un Sistema Educativo con miras globales, por encima de partidismos e intereses mezquinos, dónde un proyecto de ciudadano cooperativista y democrático sea capaz de desarrollarse sin sucumbir a postulados pedagógicos deshonestos y desleales. Esto no es una utopía, es una realidad que necesita ser implantada con carácter de urgencia si queremos salir de la parálisis en que nos encontramos.

Si se intenta solucionar el problema desde perspectivas restringidas, unilaterales o parciales, como la dependencia de la Independencia que se propone en Cataluña para solucionar la situación, la guerra está perdida antes de empezarla. Hay un aspecto importante que debemos tener en cuenta todos: de ESTA España es lícito que un catalán quiera independizarse, como también lo es que quieran hacerlo un manchego o un asturiano. Pero aquí el problema no es España, sino el ESTA que la precede del que todos formamos parte, como señalaba más arriba.
El problema de Cataluña no es España, o si lo es lo tiene tan arraigado es su ser como la misma España.
No es este un panfleto en contra de la independencia, sino más bien un recordatorio de las miserias que nos han llevado a dónde estamos y de su única e ineludible solución.
En otro contexto podríamos hablar de independencia, de manera honesta y consensuada, en la que un pueblo realmente democrático ejerciese con criterio unas demandas no basadas en oportunismos y la total ciudadanía ejerciese su derecho, con criterio y sensatez.

Nuestros problemas actuales van mucho más allá de la situación-relación en que se encuentra el pueblo catalán (realidad, por otra parte, que hay que abordar). Atañen a toda España y su solución requiere otros planteamientos mucho más lúcidos, juiciosos y reflexivos a la luz de la realidad actual.


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