Dentro de lo que suponen ser las estructuras básicas de una sociedad, la Educación
se sitúa en un lugar preeminente, por no decir primero. De ella emanan los
ciudadanos que configuran nuestras sociedades, que no es poco.
La educación que nuestras instituciones y administraciones configuran desde
que la democracia se instauró en nuestro país, se ha limitado a cumplir el
trámite dejando de lado aspectos, formas y maneras de proceder que todo
aprendizaje digno requeriría. De este modo, cuando la educación que se imparte en nuestras
escuelas se conforma con cubrir el expediente sin preguntarse o preocuparse por
lo esencial, -y si lo hace es de una manera como mínimo sospechosa-, el
resultado termina siendo tremendamente caro para el Estado y adverso para la
población.
Las instituciones ni pueden ni deben introducirse en nuestros hogares para decirnos
cómo educar desde casa a nuestros hijos, faltaría más¡¡¡ –aunque en
demasiadas ocasiones sería deseable-, pero lo que no deben ni pueden
eludir es su responsabilidad para procurar un Sistema Educativo reglado que
garantice el mayor éxito en la conformación de su ciudadanía, es decir, de
usted que lee y yo que escribo. Si evita una obligación ineludible como esta,
el resultado nos conduce a una sociedad que se desarrolla de espaldas al legado
de su cultura y que es víctima de sus propios ciudadanos, como venimos
sufriendo. Por si alguien no se siente aludido, cuando digo ciudadanos me
refiero a todos: a los que mandan y a los que obedecen, a los que legislan y a los
legislados, a los que roban y a los que pagan…por eso lo de sufriendo si
usted está en el saco de los sufridores…
Si ya, sin dilación, se comenzaran a llevar a cabo las medidas oportunas
para revertir la situación, la ciudadanía se impregnaría de un nuevo y
necesario talante que nos permitiría transformar nuestra ciudadanía en una verdadera
y mejor sociedad, que buena falta hace, dicho sea de paso.
Para ejemplificar lo que aquí digo, que siempre nos hace más cercano
cualquier razonamiento, podríamos poner muchos ejemplos que, como mínimo y decía,
siempre tienen el efecto de permitirnos visualizar lo obvio pero que pasamos
por alto con suma facilidad por costumbre y ayudan a entender mejor la
importancia de la educación. Si cualquiera de nosotros mira a su alrededor con
cierta atención, encontrará demasiados ejemplos. Expondré uno cualquiera…inventado…ojalá…
·
Adulto que simula enfermedad por accidente para
cobrar del seguro. Al
llegar a casa se desplaza plácidamente sin muletas, se quita el collarín de
protección…su familia no solo consiente, si no que aplaude la acción. Es
deseable que desde una educación reglada consistente, un hijo maduro y crítico
sea capaz de deslegitimar una acción desleal como esta, y es posible.
Es posible, pero esta es una solución generacional, es decir, no
será de hoy para mañana, sino a través del esfuerzo por parte de todos y con un
fin común: el de educar nuevos ciudadanos reflexivos, aferrados a valores,
cooperativos, cuidadosos con los otros y su entorno, atentos al interés general…para
acabar antes, casi opuestos a nuestros políticos actuales. Por supuesto
ya existen ciudadanos con este talante, faltaría más, pero el peso de los, llamémosles
despreocupados, sigue siendo demasiado…preocupante. Necesitamos para
ello cosechar una mirada amplia para ver más allá de las propuestas educativas interesadas
que sólo buscan satisfacer la inmediatez del momento, los intereses partidistas
(particulares) pero que nos condenan a la idiotez actual que padecemos.
Esto puede parecer una obviedad sin importancia, pero no lo es. Si la situación
descrita se repite en exceso en una sociedad determinada ésta estará condenada
desde sus cimientos.
Para revertir la situación, desde abajo hasta arriba, es decir, en la
sociedad al completo, es necesario, entre otras muchas cosas –pero empecemos
por lo que más duele a los que reparten- invertir en Educación y enfocar
ésta desde una óptica muy diferente. Sin lugar a dudas esta sería una
inversión altamente rentable…no sólo para los gobernantes.
En cuanto al enfoque, existe una oleada de información que nos llega desde
otros países que parece entendieron desde hace ya bastante tiempo la
importancia de lo que se cocía en sus aulas, en sus escuelas. Muchos de ellos
pusieron manos a la obra y el resultado es palpable sin dobleces, vamos,
incuestionable.
Resulta curioso observar como en nuestro país no lo hacemos todo al
respecto tan mal como podría parecer a primera vista, lástima que de ello se
hable poco. Nuestra educación reglada obligatoria contempla la escolaridad
desde los 6 hasta los 16 años. Prácticamente el 100% de la población se
escolariza ya desde los tres años, en la que se denomina Educación Infantil.
Existe un cierto menosprecio sobre la labor que llevan a cabo los docentes en
esta primera etapa de la educación. Decir que la preparación de las maestras y
los maestros de esta etapa es exactamente igual a la de los de primaria (6-12) Para
algunos sectores de la población desinformados, su labor se limita a cuidar y
entretener, a lo sumo, a los más pequeños mientras sus padres trabajan o
realizan otras actividades. Nada más lejos de la realidad.
La verdad de la cuestión es que es precisamente durante esta etapa de Educación
Infantil cuando la labor del docente se acerca más, desde mi punto de vista y
el que aquí mantengo, a la verdadera docencia en su significado pleno y total.
De ahí que señalara más arriba que no todo lo hacemos tan mal en materia
educativa en nuestro país. Quizás es necesario y bueno mirar hacia otras
latitudes para mejorar nuestro sistema educativo, todo suma, pero no me cabe la
menor duda que una mirada hacia los planteamientos que aquí y ahora se llevan a
cabo en Educación Infantil sería tremendamente beneficiosa para nuestras
escuelas. De hecho me sorprende que los profesionales de esta etapa educativa
no reivindiquen su labor y la necesaria ejemplificación tan imprescindible hoy
en primaria y secundaria... Que nadie dude que tienen mucho que enseñar ¿Por qué?
Si nos paramos un instante a observar lo que ocurre en la escuelas, es
fácil ver como un continuo e implacable empobrecimiento se apodera de las
mismas y de nuestros escolares a medida que pasan los años. Me explico. La
desmotivación se hace dueña, día a día, curso a curso de manera
implacable del alumnado, y lo que se dice menos, también del profesorado.
A medida que avanzan los cursos se pierde espontaneidad, curiosidad,
interés, participación, motivación, alegría… las ganas de venir a clase van menguando paulatinamente, sin descanso,
día a día, curso a curso, etapa a etapa. No nos engañemos pretendiendo pensar
que en los primeros cursos se juega y luego se pasa a estudiar de verdad; es
este un análisis de la situación muy precipitado, poco reflexivo y desleal.
Más bien lo que ocurre es que la relación docente-alumno se transforma,
se distancia, pero no en el sentido de ser menos cariñosa o protectora, sino más
bien en el sentido de que el aprendizaje de los alumnos y las alumnas se tamiza
a través de la mirada de los profesores que, consciente o inconscientemente, alejan
a aquellos de su propio aprendizaje. El conocimiento se hace extraño.
Horror. El alumnado se convierte en mero espectador de los conocimientos de
sus docentes sin participar activamente en la labor de descubrimiento, curiosidad,
investigación, hallazgo, exploración, indagación, búsqueda, pregunta…que
todo proceso de verdadero aprendizaje requiere.
Como es lógico, y sería permítanme “estúpido”, no esperar que la desmotivación se afianzará en las aulas a pasos agigantados. Ocurre lo que debe ocurrir,
ni más ni menos.
Podremos ahora buscar mil y una excusas para justificar el pasotismo
creciente en las aulas hacia las materias de estudio, hacía el cuadriculado etiquetaje
de los aprendizajes en asignaturas que se convierten en verdaderos muros a
derribar y quitar del medio, superando exámenes que mucho estresan y
poco ayudan a desarrollar y/o valorar las capacidades de los escolares.
¿Quién no ha tenido la sensación de quitarse de encima una tostón de
materia al saber que había superado un examen y no tendría que examinarse en repescas
posteriores? Y lo peor de este asunto es que nuestro cerebro olvida, borra
literalmente de su almacén todos esos datos que entraron por la puerta
de atrás de nuestro conocimiento, sin pedir permiso al no interesar ni motivar.
Los almacenábamos temporalmente, sin pasar por el inexcusable proceso
de fabricación. Lamentable pero cierto.
La motivación, el interés son las verdaderas fuentes de las que emana todo
aprendizaje que busque afianzarse como verdadero y útil conocimiento.
Y para motivar no hay que enseñar o mostrar lo que uno sabe, los conocimientos
del profesorado, sino más bien provocar interés en los alumnos hacía lo que
no saben despertando su curiosidad e interés. El conocimiento ajeno, cuando
no emana de uno mismo el afecto hacia el mismo, termina siendo sólo eso: indiferencia,
desinterés y olvido.
Las clases conferencia, lamentablemente mayoritarias en nuestras
aulas, requerirían un alumnado absolutamente entregado a ellas, es decir,
apasionados por las matemáticas, las lenguas, la física y demás asignaturas. La
realidad es bien distinta. Quizás algún día deseen asistir a Conferencias de
temas que ya conozcan sobradamente y quieran profundizar a través del
conocimiento que en éstas se imparta, pero ahora, en edad escolar, lo que toca
es despertar en interés, la curiosidad, el deseo de saber a partir de un
aprendizaje que descanse sobre motivación y significación. El profesorado
debe ser el espectador activo del desarrollo del alumno estimulado. No se
trata de que entren por una angosta cerradura del conocimiento, sino de
mostrarles la llave que abra las puertas de su disposición y ganas de aprender.
En este tránsito hacia el efectivo aprendizaje se forjan todas las
capacidades de discernimiento, reflexión, espíritu crítico, valores y preocupación
por lo social que todo ciudadano debe tener como base, además de sus
competencias personales para prosperar socialmente junto con su comunidad.
Cuando hablo ahora de sociedad, quiero señalar que para que un ser humano
sea emocionalmente saludable, necesita sentirse reconocido y reconocerse entre
sus conciudadanos. Para ello utilizamos estrategias fácilmente identificables:
nos relacionamos con personas afines, evitamos situaciones que choquen
frontalmente con nuestras premisas básicas morales... Por ello, si la sociedad
se configura como un uno que termina salpicando a sus integrantes, cuanto más “saneada”
esté ésta en su globalidad, más fácil será para sus integrantes convivir y
avanzar de una manera positiva.
Y aunque siempre hubo, hay y habrá excepciones interesadas que sólo
respondan a sus inquietudes egoístas, el bien colectivo y el bien individual
son dos caras de una misma moneda: simplemente se trata de evitar al máximo
aquellas actitudes que entorpezcan el desarrollo satisfactorio de los
ciudadanos y la sociedad en la que conviven. Para ello, y sin lugar a dudas,
nuestra educación es fundamental.