Cuando digo que el PSOE está enfermo lo hago con la intención de comenzar a
mejorar su estado, no con el deseo de incidir más en la herida, el trauma que
lo está catapultando hacía el vacío de la muerte.
El diagnóstico es claro y diáfano, la curación, errática. Todos vemos que
pierde día a día salud mientras que los encargados de poner remedio se despistan en divagaciones ajenas a la enfermedad.
Su enfermedad, volviendo con el símil, no es ni Podemos, ni la falta de
proyecto, ni tan siquiera Pedro Sánchez…su enfermedad es la división, la
escisión extrema de un partido político satelizado, sin rumbo y sin proyecto
compartido. Es difícil encomendar tu futuro a una formación política dividida,
separada, rota. No quiere decir esto que no deba existir debate interno; quiere
decir que este debate debe entenderse desde la óptica de un proyecto sólido,
real y común. Mejorable, por supuesto, pero proyecto.
A la pregunta enigmática de por qué la corrupción, principal problema
visualizado por el pueblo, sigue haciendo más daño al PSOE que al PP, la
respuesta es bastante sencilla. Lo corrupto se asemeja a lo descompuesto,
deshonesto, prostituido, perverso que ejemplifica mucho más el PSOE por sí
mismo que el PP, que sabe muy bien presentarse sólido, definido, como una roca…a
pesar de todo.
¿Qué ha pasado? El debate interno, tan ensalzado por las fuerzas de
izquierdas, ha sido confundido con la disputa acompañada de ansia de poder más
allá del proyecto compartido; resultado: PSOE hoy.
La externalización en las urnas de esta situación es el monitor que mide
las pulsaciones de un partido que va hacia la fallida inminente. Sus votantes
volaron en direcciones muy dispares:
·
Los más extremos o enfadados con el sistema votaron a
Podemos
·
Los más moderados, cansados del socialismo sin respuestas
precisas, al PP o C’s
·
Los socialistas socialistas
se quedaron en sus casas
Y esto se repite votación tras votación, el desangrado sigue. Pero hay algo
que todo votante del socialismo tránsfuga ve: es la falta de unión, de
proyecto compartido, ilusionante, real y estable.
Divisionitis sería la enfermedad
que nuestro Doctor diagnosticaría. Ojalá esto fuese sólo una broma para pasar
el rato, pero es tan cierto como que yo ahora escribo esto. La curación no la
van a encontrar en ningún Vademécum al uso en forma de pastillas serigrafiadas
con la cara de Pedro Sánchez, otros partidos, inyecciones de proyectos o en
cuenta gotas cargados de buenas intenciones segmentadas. La solución radica en comprender que deben superar esta alteración
del funcionamiento normal de una formación política. Una vez hecho esto, si
lo consiguen, sus votantes lograrán visualizar un partido político, unas siglas
como primer paso para decidir si tras ellas aparece el proyecto que buscan.
Mientras tantos, un porcentaje muy alto de ciudadanos, y lo que todavía es
peor, cada vez más, seguirán votando a otras filas o simplemente esperaran que
el óbito socialista de paso a algo nuevo que los motive a levantarse de
sus sillones y acercarse a las urnas.
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