Han pasado las
elecciones catalanas y la sensación general es que todo sigue igual. Volvemos a
estar en el punto de salida y con una Cataluña manifiestamente dividida en una
cuestión tan profunda y fundamental como es su relación con el resto de España.
Y todo ello agravado por una situación política anómala y terriblemente
compleja: políticos de primera fila y electos tras las últimas elecciones con
casos abiertos de extrema gravedad, otros encarcelados y cuatro fuera de España.
Iceta y
Donemech han sido los grandes derrotados de estas elecciones, o mejor dicho,
sus propuestas han sido las grandes perdedoras. Quizás esto nos debería hacer
pensar mucho a todos. Eran los únicos que apostaron por una solución
transversal y centrada en el diálogo como única vía a la solución real al
tremendo desaguisado que se vive en Cataluña. Además, la izquierda catalana ha
quedado profundamente tocada, solo se salvó de la quema ERC. Desde mi punto de
vista, Iceta y Domenech acertaron en la forma pero fallaron en el fondo. No fueron
capaces de dar argumentos consistentes que atrajeran a sus filas tanto a independentistas
como a no independentista. Solo la solución que destile estas razones será
capaz de empezar a poner orden en este grotesco zipizape.
También parece claro
que primaron los argumentos enfrentados sobre la independencia por encima de cualquier
propuesta política. Quizás esto no nos debería cegar y dejarnos caer en una
falsa interpretación sobre el peso de las izquierdas o derechas hoy en territorio
catalán. En estos comicios este fue un tema secundario. Pero la
situación es la que es. Tenemos una Cataluña dividida en dos. Y más allá hoy de las razones de cada una de
las partes, posiblemente la raíz del problema esté en el mal planteamiento de
inicio de todo este berenjenal incomestible.
Las partes
enfrentadas, y ahora me refiero a los dirigentes políticos, han jugado sus
partidas fuera de sus terrenos de juego legítimos. España no es el PP y los
dirigentes catalanes no pueden prescindir del algo más del 50% de sus
ciudadanos.
Aquí no debe
buscarse ni una salida unilateral ni tan solo bilateral. El problema es la
relación de todos los territorios, hoy autonomías, y la solución solo podrá
venir si se encara desde una perspectiva multilateral. Cataluña y el resto de
las autonomías deben ser capaces de articular una nueva manera de concebir su
gobernabilidad dentro del Estado. Si no se aborda este problema desde su raíz y
seguimos en la senda de la lucha estéril entre gobierno estatal y autonómico,
el resultado será lamentable para todos.
Las demandas
catalanas deben ser oídas y discutidas con el resto de sus “socios”
autonómicos. Todos ellos deben ser capaces de encarar la situación del estado
de autonomías que posiblemente necesite una revisión en profundidad. Y cuando
digo todos, es todos. Deben asumirse nuevos y reales compromisos, redefinirse
el espacio y acabar con agravios comparativos más que evidentes. Pero claro, para todo ello quizás
necesitemos políticos de más altura o menos miopes.
De entrada, la
idea de un Estado opresor, como ente malévolo encarnado en una derecha
representada por el PP, desaparecería del argumentario catalán, que de manera
tan victimista ha utilizado durante demasiado tiempo, alimentando un odio
innecesario y absolutamente estéril, pero eso sí, seguido por legión de
catalanes. El Estado regularía, dentro del marco jurídico y constitucional
actual, los necesarios avances discutidos entre los territorios. Pero no impondría ciegamente su poder amparado
en la sola Ley al margen del ansiado e insustituible diálogo. No ha sido capaz
de oír el clamor de un pueblo catalán, que paradójicamente ayudó a consolidar,
y propiciar ese diálogo interterritorial sin lugar a dudas necesario e
inexcusable. Y no solo hablo de temas económicos: hablo de temas que mucho
tienen que ver con los ciudadanos y su convivencia solidaria, cooperativa y
social. Vamos, con sentirse partícipes e integrantes de una realidad compartida.
Hemos estado
durante meses hablando de la empresas que se han marchado de Cataluña sin
darnos cuenta que alimentábamos esa ruptura independentismo-gobierno central.
Esas empresas se iban a España, pero a esa España de la que también forma parte
Cataluña. Nadie duda que es un mal económico para el territorio catalán, pero
la sensación emocional daba alas al separatismo por sentirse todavía más ajeno a
todo lo que tuviese olor o color a España. Se iban fuera, y punto¡¡¡ Ese era el
mensaje al pueblo catalán con profundo arraigo separatista hoy. España representaba
ese fuera, siendo esa España un gobierno y no un conjunto de territorios con
intereses comunes y compartidos. Que tremendo y colosal error¡¡¡¡¡¡Y así en mil cuestiones más.
Que falta
de perspectiva…
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