Estoy
aturdido y confuso. Según parece el arte es arte y por esta razón debe estar
exento de culpa alguna, sea cual sea el mensaje que transmita o se interprete.
Además, el arte no debe ser nunca censurado, nos guste más o menos, según
pregonan algunos políticos. No sé, debo ser muchísimo más iluso de lo que
pensaba.
Pero hay una cosa que me llama poderosamente la atención.
Si esto es así, si lo aceptamos, ¿dónde está la barrera que distingue que es
"arte" y que es "símbolo"? Y digo esto porque por la
supuesta simbología franquista de muchísimas esculturas, que para otros seguro
que además era arte, han sido estas retiradas de las calles de nuestras
ciudades a marchas forzadas durante los últimos años.
Y no estoy defendiendo ahora a los que incluso lloraban
cuando las apartaban de nuestras plazas. No voy por ahí. Simplemente intento
poner de manifiesto lo difícil que es separar arte de intención. Toda obra de
arte tiene una intención. Y si una obras son censuradas por la intención que manifiestan, sea cual sea, me pregunto: ¿por qué otras no?
Aquí se abre un debate interesante por recurrente. En
nuestra sociedad exigimos rigurosidad a las responsabilidades del prójimo,
dejando las nuestras en muchísimas ocasiones con el culo al aire.
Y si lo hago extensivo a la clase política, que de alguna
manera debería ser ejemplo para el resto de la ciudadanía (por favor, no se rían), la situación se
convierte directamente en patética por elevarse a la enésima potencia.
Madurez, compromiso, sensatez, juicio... son algunos de
los calificativos que deberían acompañar a los ciudadanos de cualquier sociedad
que quisiera ser llamada democrática, palabra muy de moda últimamente pero tan
calumniada al mismo tiempo. Y entre todas ellas aparece la palabra
responsabilidad, la citada más arriba y pretexto para estas letras, que, según mi parecer, de
alguna manera parece que las abraza o sustenta a todas, por la sencilla razón
de ser la que pone en jaque al sujeto ante su acto.
Pero claro, como según
parece estamos eximidos todos, según nuestro criterio propio, de cualquier responsabilidad, así vamos. Pero incluso
esto no es lo más preocupante.
Lo más
dramático radica en que la responsabilidad no debería ser exigida, sino
ejercida. Es decir, antes de que a alguien se le tuviese que pedir
responsabilidades, éste debería autoimponérselas sin necesidad de juez o juicio
ajeno alguno.
Solo las
sociedades donde esta autoexigencia de responsabilidad está muy por encima de las exigidas desde cualquier instancia externa, sea la que sea,
son sociedades maduras, comprometidas, sensatas y juiciosas, es decir, auténticamente
democráticas. Lo demás, son parches poco educados. O quizás es hora de ir acuñando el término semidemocracia; así al menos nos aseguraríamos que tienen presente lo que aún no son y se irían, con suerte, esforzando por conseguirlo.