viernes, 23 de febrero de 2018

Democracia, responsabilidad y semi...


Estoy aturdido y confuso. Según parece el arte es arte y por esta razón debe estar exento de culpa alguna, sea cual sea el mensaje que transmita o se interprete. Además, el arte no debe ser nunca censurado, nos guste más o menos, según pregonan algunos políticos. No sé, debo ser muchísimo más iluso de lo que pensaba.

Pero hay una cosa que me llama poderosamente la atención. Si esto es así, si lo aceptamos, ¿dónde está la barrera que distingue que es "arte" y que es "símbolo"? Y digo esto porque por la supuesta simbología franquista de muchísimas esculturas, que para otros seguro que además era arte, han sido estas retiradas de las calles de nuestras ciudades a marchas forzadas durante los últimos años.

Y no estoy defendiendo ahora a los que incluso lloraban cuando las apartaban de nuestras plazas. No voy por ahí. Simplemente intento poner de manifiesto lo difícil que es separar arte de intención. Toda obra de arte tiene una intención. Y si una obras son censuradas por la intención que manifiestan, sea cual sea, me pregunto: ¿por qué otras no?

Aquí se abre un debate interesante por recurrente. En nuestra sociedad exigimos rigurosidad a las responsabilidades del prójimo, dejando las nuestras en muchísimas ocasiones con el culo al aire.

Y si lo hago extensivo a la clase política, que de alguna manera debería ser ejemplo para el resto de la ciudadanía (por favor, no se rían), la situación se convierte directamente en patética por elevarse a la enésima potencia.

Madurez, compromiso, sensatez, juicio... son algunos de los calificativos que deberían acompañar a los ciudadanos de cualquier sociedad que quisiera ser llamada democrática, palabra muy de moda últimamente pero tan calumniada al mismo tiempo. Y entre todas ellas aparece la palabra responsabilidad, la citada más arriba y pretexto para estas letras, que, según mi parecer, de alguna manera parece que las abraza o sustenta a todas, por la sencilla razón de ser la que pone en jaque al sujeto ante su acto. 
Pero claro, como según parece estamos eximidos todos, según nuestro criterio propio, de cualquier responsabilidad, así vamos. Pero incluso esto no es lo más preocupante.
Lo más dramático radica en que la responsabilidad no debería ser exigida, sino ejercida. Es decir, antes de que a alguien se le tuviese que pedir responsabilidades, éste debería autoimponérselas sin necesidad de juez o juicio ajeno alguno.

Solo las sociedades donde esta autoexigencia de responsabilidad está muy por encima de las exigidas desde cualquier instancia externa, sea la que sea, son sociedades maduras, comprometidas, sensatas y juiciosas, es decir, auténticamente democráticas. Lo demás, son parches poco educados. O quizás es hora de ir acuñando el término semidemocracia; así al menos nos aseguraríamos que tienen presente lo que aún no son y se irían, con suerte, esforzando por conseguirlo.


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