Tanto a los nacionalistas independentistas catalanes como
a los que no lo son les concierne por igual una cosa: la futura convivencia
en Cataluña. Porque una cosa está muy clara, el independentismo ha venido
para quedarse y tendremos que aprender a convivir, nos guste más o nos guste menos.
Quizás este es un tema que debería abordarse más, con toda
la seriedad y profundidad que requiere. Al fin y al cabo la convivencia en toda
ciudadanía es el factor primordial y sobre el que se destila todo,
absolutamente todo.
Un ejercicio de verdadera honestidad parece más
necesario que nunca, aunque solo tenga como fin favorecer la convivencia entre
una ciudadanía cada día más dividida.
Para empezar a romper el hielo quizás todos deberíamos pensar
un poco más con la cabeza y menos con el corazón. Las emociones están muy bien y
nadie niega su necesidad a la hora de abordar cualquier empresa, pero si luego
no sabemos darles un baño de razón los resultados pueden llegar ser nefastos.
Las emociones sin razón son un caballo desbocado que nos terminará haciendo
rodar a todos por los suelos.
Según mi parecer, demasiados temas se están abordando
desde un punto de vista poco racional. Si a esto se le suma esa perversa
perspectiva interesada de cada cual que poco o nada tiene que ver con la mirada
empática, el follón está servido.
Un ejercicio de verdadera honestidad parece más necesario
que nunca, aunque solo tenga como fin favorecer la convivencia entre una ciudadanía
cada día más dividida. Y si este ejercicio no se acomete con prontitud, el
enfrentamiento cada vez será más patente en nuestras calles. Pasaremos de
opinar de diferente manera a actuar de manera impropia.
Porque una cosa está muy clara, el
independentismo ha venido para quedarse y tendremos que aprender a convivir,
nos guste más o nos guste menos.
Y esto no es un cuento de hadas o habladurías con poco
fundamento. Ya empezamos a ver actitudes impropias de una ciudadanía del siglo
XXI supuestamente educada y democrática. Los sentimientos excluyentes son cada
día más patentes. El otro, que no debería ser más que una manifestación del verdadero
sentir democrático, se transforma en el enemigo a batir y que en nada
favorece a la que debería ser una sociedad plural y moderna.
Tanto a los nacionalistas independentistas
catalanes como a los que no lo son les concierne por igual una cosa: la
futura convivencia en Cataluña.
Todos deberíamos ser muy cautelosos a la hora de
pronunciar palabras como democracia, libertad, derechos humanos, justicia…
Retorcer la realidad a nuestra conveniencia no favorece a nadie. Se fomenta una
mirada irreal que obliga a mentir, a crear todo un andamiaje de falsas
verdades que tienen como único fin sustentar discursos mentirosos y
perniciosos para todos.
A la postre nos encontramos con posiciones encontradas
que distorsionan una misma realidad hasta llevarla al absurdo, hasta convertirla
en una caricatura que nos podría hasta hacer reír si no tuviera un trasfondo
trágico por formar parte de nuestra realidad cotidiana.
Y ese no es un problema menor: cuando conseguimos
convertir en cotidiano lo impropio, lo poco cierto, lo interesado y perverso,
nos instalamos en un territorio muy peligroso por chocar frontalmente con la necesaria
coherencia y consonancia que toda comunidad necesita.
Me atrevo a asegurar sin temor a equivocarme que ya hoy
se nos observa con preocupación. Y no
porque una parte importante de la ciudadanía catalana se declare abiertamente independentista,
sino por la aborrecible manera de afrontar el conflicto por parte de la ciudadanía
en general y, de manera particular y especialmente, por la clase política, por
llamarla de alguna manera.
El problema de fondo, señores que nos gobernáis, no es ya
la independencia en sí misma, sino la manera tan atroz de acometer un conflicto
de una trascendencia tan profunda. Ni en la imaginación del cineasta más
retorcido hubiesen cabido semejantes quiebros a la verdad y a la razón. Habéis
conseguido convertir la política en el estandarte de la torpeza y la
incompetencia en grado superlativo.
Así, si tenéis una mínimo de decencia, señores políticos,
desmarcaos de esa habilidad que tan bien profesáis y que favorece tanto vuestro
pensamiento único y empezar a hacer política de verdad, más allá de vuestros
intereses personales, vuestras egolatrías, vuestras mentiras forjadas sobre
otras mentiras e intentar, aunque solo sea eso, que un conflicto legitimo no se
convierta en el escaparate ante el mundo de inmundicias y perversiones
grotescas e insoportables.
Me atrevo a asegurar sin temor a equivocarme
que ya hoy se nos observa con preocupación.
Y no porque una parte importante de la ciudadanía catalana se declare
abiertamente independentista, sino por la aborrecible manera de afrontar el
conflicto por parte de la ciudadanía en general y, de manera particular y especialmente, por la clase política, por llamarla de alguna manera.
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