jueves, 6 de septiembre de 2018

Mundos paralelos, la realidad catalana



En Catalunya tenemos un gran problema y no es la confrontación con el resto de España o con el gobierno del Estado. Ni tan solo la posible o cacareada lucha interna entre los propios catalanes. Lo trágico de nuestra realidad es que estamos viviendo en mundos paralelos, realidades que ni se conocen ni se reconocen. Hemos sido capaces de instalarnos en una nada, el un vacío simplista, ridículo, torpe y sinsentido de una sociedad cada vez más asocial...y que no depara un buen futuro...

Personalmente siempre me ha interesado bastante la confrontación, entendida como lucha dialéctica sobre un tema que a la postre siempre ofrecía resultados más apetecibles que los primigenios de las posiciones encontradas.

Estas posiciones de partida suelen carecer de la visión del otro y se caracterizan por ser poco empáticas, demasiado excluyentes e inacabadas fruto del desarrollo de la sociedad pero que necesitan, antes o después, ser depuradas. Tras el transcurso de esa sana lucha se termina consiguiendo un producto más elaborado, más redondo pero que a buen seguro estará lleno de aristas que serán alisadas por un nuevo enfrentamiento futuro. Es decir, no hay verdad última y mejor sobre nada, solo momentos en ese largo devenir que es la vida. Hasta aquí, nada que objetar, c'est la vie...

Pero qué pasa cuando esos momentos se empeñan en vivir en mundos en los que ni la confrontación es posible. Pues pasa lo único que puede pasar: CAOS.

Dentro del panorama político actual, figuras como las de Domenech terminan hastiadas sin terminar de entender todo lo que se cuece a su alrededor. La política, que basa su esencia en el diálogo entre diferentes maneras de entender una misma realidad, en Catalunya hoy no existe.  No hay una realidad compartida que mejorar y nos vemos abocados a una catástrofe social que necesitará mucho tiempo para sanar sus heridas.

Así, no podemos ni tan solo intentar comprender la situación que vivimos sin antes atender a esta profunda sinrazón.

Para unos es incomprensible la deriva del independentismo catalán que parece no conocer límites, o dicho de manera más precisa: su único fin pasa por la falta de límites en su búsqueda de la autodeterminación ajena a las razones más simples y básicas que configuran la sociedad moderna, que dicho sea de paso, solo hemos tardado miles de años en forjar. (No soy independentista, pero desde luego si lo fuera rechazaría de manera rotunda este proceder oscuro, siniestro e incomprensible) Están inmersos en su mundo sin atender a cuestiones básicas que van mucho más allá del legítimo anhelo independentista que les ciega.

Por su parte, en otra esfera o dimensión, los hilos que se han movido hasta hoy para enfrentar (y enfrentar no significa suprimir o aniquilar, como dije) de manera adecuada el anhelo del catalanismo independentista, se han movido en una realidad que brindaba al Sol haciendo patente con cada uno de sus actos la inexistencia de un problema, de un otro con el que debían enfrentarse en la búsqueda de una salida a un conflicto y lo que es todavía peor: lo alimentó ayudando a justificar lo injustificable. Y aquí se cierra el maldito círculo que envenena nuestra sociedad hoy y aquí.

Y esto es así por una simple razón: tanto unos como otros negarán pertenecer o formar parte de este círculo pernicioso. Pero con ello paradójicamente no hacen más que confirmar todo lo dicho al no entender la esencia de lo político en democracia y ratificar su insondable zafiedad.

Este desencuentro no deja espacio alguno para la política.

Hoy no hay conflicto porque no hay combatientes. Simplemente hay dos tableros de juego donde cada cual juega su partida y como es lógico nadie la ganará.

Y que nadie se confunda. Que diga que no hay conflicto no quiere decir que no hay y habrá lucha. No hay política, hay zafiedad entre señores vestidos de políticos y dolor en las calles que cada día más polarizan a una ciudadanía tocada y cada vez más hundida.

Somos el hazmerreír ante un mundo atónito que no cesa de preguntarse dónde están las razones de tanta sinrazón.



Y lo peor de todo esto es que lo peor aún está por llegar.





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