Hace ya algunos años, muchos, recuerdo con cierta nostalgia el día
que mi hermano mayor me contó aquello del árbol arrestado. Él
acababa de hacer la mili y nada más llegar a casa, ya hecho todo
un hombre, -quizá por eso yo nunca lo seré…- las anécdotas fueron
lo más significativo que todos sacamos de su tan loable experiencia.
Yo me quedé con esta del pobre árbol, que sin saberlo ni buscarlo,
era prisionero por orden de un mando, es decir, aquellos que
mandaban sin saber lo que mandaban, pero que según parece eran
mandados por algún otro mandador de más alto rango, y así hasta
el infinito y más allá.
Y sí, el pobre árbol era cautivo y nadie podía acercarse a él bajo
ningún pretexto. Un mal día alguien sufrió una caída y la solución
más sensata, lógica y racional para ese mandador supremo, fue
condenarlo a una reclusión que posiblemente aún dure.
Entonces, ya digo que yo era por aquellos tiempos poco más que
un mocoso, -y lástima que no pude hacer la mili y dejar de serlo-, en
mi cabeza no cabía semejante disparate. Buscaba razones que
justificasen algo tan absurdo y descabellado, pero solo encontraba
una: la falta de razón alguna que lo justificase.
Pasaron los años, otra vez muchos, y fui a caer en la cuna de todas
las civilizaciones, es decir, en un colegio. Aunque mocoso, -nunca
podré dejar de serlo, se me escapó la mili- no llegué como alumno,
sino como docente (esto de la palabra docente tiene su gracia, pero
será para otro día)
A lo que iba. Para mi sorpresa, espanto y desconsuelo, me volví a
tropezar con, y me gustaría poder decir uno, pero fueron muchos
“árboles” presidiarios y siervos de la más completa sinrazón. Podría
parecer un tema baladí, pero repito que estaba en lo que considero
el lugar fundamento y origen de cualquier sociedad que se digne de
ser tal cosa.
Muchas, va… para que mentir, muchísimas cosas se hacían sin un
sentido último pensado o una justificación primera que cargará de
contenido su razón de ser. Cuando cuestionaba algo, siempre había
dos respuestas estrellas: siempre se ha hecho así, toma ya, o se
limitaban a hacerme una descripción de aquello que motivaba mi
pregunta sin darme justificación o argumento alguno, ni racional ni
irracional, y se quedaban tan contentos. Qué poder eso de la
costumbre…
Por suerte las cosas han ido cambiando, y quizás sea porque esto
del cambio es hoy moda: hay que ser diferente. Da igual, no
cuestionaré eso ahora. Lo cierto es que como mínimo, y casi
siempre, se intenta justificar aquello que se hace en tan nobles
espacios como son nuestros centros escolares. A veces las
justificaciones son muy graciosas, pero me conformo, el intento ya
es un logro. Pero que nadie pase por alto ese CASI; todavía existen
cosas “arrestadas” en las escuelas o acciones llevadas a cabo con
gran disciplina y rigor, que solo responden a inercias poco
justificadas, argumentadas, racionales, razonables y que puedan
ser cuestionadas sin que una mirada penetrante, pero vacía, te
recuerde que el monstruo siempre aparece… Qué poder el de esos
mandos mandados hasta el infinito… y más allá.
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