Pero no podemos quedarnos anclados el algún aspecto que nos despiste y alga perder fuerza a algo tan necesario al transformarlo injustamente en prescindible. Y estoy hablando de la disciplina.
Hoy pretendo hablar de educación. Y no por empezar hablando, y repito una vez más de disciplina, pretendo proponer un regreso a métodos pasados ni a rígidos sistemas alienantes, nada más alejado de mis intenciones.
Voy a partir de un aspecto que no pasa por alto a nadie involucrado, que somos todos, en esto que llamamos educación: la falta de motivación por parte de una amplio sector de los estudiantes. Maestros, padres y los propios estudiantes sufren, cada cual de diferente manera, el azote de la desmotivación sin saber bien la manera de afrontarlo y encontrar una solución palpable.
Pasamos uno tras otro por planes de educación cargados de intenciones, muchas veces cuestionables, que terminan llegando a puerto seco y desmotivando incluso a algunos que aún confiaban en sistemas más que cuestionados.
A veces basta simplemente con bajar de las alturas que nos mantienen en una nube y afrontar los problemas de la manera más simple posible. Esto nos confiere el beneficio de situarnos en una posición que, como mínimo, nos permitirá poder ver aquello que demasiado fácilmente pasamos por alto.
Veamos. De manera muy básica la disciplina es la obligación de hacer aquello que no queremos, bien sea por mandato interno o externo. Esta disciplina se puede terminar convirtiendo en hábito, de tal manera que el deber, responsabilidad o compromiso que conlleva se diluya o suavice, es decir, desaparezca la sensación de imposición, de obligación. El paso siguiente sería dar valor a ese hábito, buscar la manera de darle un sentido más allá de la aceptación. Crear valor es transformar una necesidad asumida en un estado anímico que active la conducta en esa dirección, es decir, transformar el hábito en motivación.
Resumiendo, sin la necesaria disciplina no se adquieren los hábitos correctos que a su vez deberán transformarse en motivo de nuestras acciones.
Concretándolo en nuestros estudiantes, nos encontramos con bastantes que carecen de la disciplina mínima, otros tantos que han conseguido transformar en hábitos cierta disciplina asumida y unos pocos que han llegado a convertir estos hábitos en sentido de su paso por las escuelas y conocen y se benefician de la tan ansiada motivación.
Este es un esquema, no lo dudo, demasiado reduccionista, pero que nos ayuda a entender un poco mejor todo este follón que se cuece en todas las aulas de nuestro país.
¿Buscar culpables? Sería este un ejercicio inerte que sólo nos llevará al fracaso antes de empezar. Culpables, de una manera u otra, somos todos: padres, alumnos y maestros. La situación que nos rodea ampara un determinado marco en el que nos desenvolvemos, mejor o peor, pero sin ser capaces de ver más allá de lo inmediato.
Sólo si somos capaces de cuestionarnos cada uno primero y a cada cual después, seremos capaces de asentar unas nuevas bases que nos dejen ver más allá de lo que ahora consideramos único o mejor, por mucho que lo critiquemos. Vamos, lo asumimos cómo lo mejor entre lo irremediablemente malo.
Todo profesor o profesora que lea estas líneas, sabrá identificar claramente cuales son los alumnos de sus clases que se acercan más a cada uno de estos perfiles. No se trata de etiquetar, las etiquetas están para quitarlas (cómo cuando compras un traje, que las miras con gran interés, pero luego las tiras y luces y das vida a tu nueva ropa). Se trata de reconocerlos en que momento están, para saber así identificar la mejor manera de reconducirlos hacía ese nueva posición necesaria, por su bien y por el de todos.
La forma y manera de conseguirlo será la labor del buen profesor y profesora, que lo conseguirá en mayor o menor medida dependiendo de todo lo demás. Pero todo este demás no deberá convertirse en coartada o pretexto para no hacer lo que toca. Sin buena educación, mala vida para todos.
Señores que mandan y señores mandados, repito: sin una buena educación, mala vida para todos. Apliquémonos todos el cuento.
Veamos. De manera muy básica la disciplina es la obligación de hacer aquello que no queremos, bien sea por mandato interno o externo. Esta disciplina se puede terminar convirtiendo en hábito, de tal manera que el deber, responsabilidad o compromiso que conlleva se diluya o suavice, es decir, desaparezca la sensación de imposición, de obligación. El paso siguiente sería dar valor a ese hábito, buscar la manera de darle un sentido más allá de la aceptación. Crear valor es transformar una necesidad asumida en un estado anímico que active la conducta en esa dirección, es decir, transformar el hábito en motivación.
Resumiendo, sin la necesaria disciplina no se adquieren los hábitos correctos que a su vez deberán transformarse en motivo de nuestras acciones.
Concretándolo en nuestros estudiantes, nos encontramos con bastantes que carecen de la disciplina mínima, otros tantos que han conseguido transformar en hábitos cierta disciplina asumida y unos pocos que han llegado a convertir estos hábitos en sentido de su paso por las escuelas y conocen y se benefician de la tan ansiada motivación.
Este es un esquema, no lo dudo, demasiado reduccionista, pero que nos ayuda a entender un poco mejor todo este follón que se cuece en todas las aulas de nuestro país.
¿Buscar culpables? Sería este un ejercicio inerte que sólo nos llevará al fracaso antes de empezar. Culpables, de una manera u otra, somos todos: padres, alumnos y maestros. La situación que nos rodea ampara un determinado marco en el que nos desenvolvemos, mejor o peor, pero sin ser capaces de ver más allá de lo inmediato.
Sólo si somos capaces de cuestionarnos cada uno primero y a cada cual después, seremos capaces de asentar unas nuevas bases que nos dejen ver más allá de lo que ahora consideramos único o mejor, por mucho que lo critiquemos. Vamos, lo asumimos cómo lo mejor entre lo irremediablemente malo.
Todo profesor o profesora que lea estas líneas, sabrá identificar claramente cuales son los alumnos de sus clases que se acercan más a cada uno de estos perfiles. No se trata de etiquetar, las etiquetas están para quitarlas (cómo cuando compras un traje, que las miras con gran interés, pero luego las tiras y luces y das vida a tu nueva ropa). Se trata de reconocerlos en que momento están, para saber así identificar la mejor manera de reconducirlos hacía ese nueva posición necesaria, por su bien y por el de todos.
La forma y manera de conseguirlo será la labor del buen profesor y profesora, que lo conseguirá en mayor o menor medida dependiendo de todo lo demás. Pero todo este demás no deberá convertirse en coartada o pretexto para no hacer lo que toca. Sin buena educación, mala vida para todos.
Señores que mandan y señores mandados, repito: sin una buena educación, mala vida para todos. Apliquémonos todos el cuento.
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