martes, 21 de abril de 2015

Me crispa y me hastia

Está claro que en este país no importa lo que se diga sino quién lo diga. Son más importantes los personajes que los mensajes. Las verdades sólo tienen valor depende de quien las diga. Vamos listos. 

Esto tiene un nombre muy antiguo que es argumento ad hominem, y es una falacia que consiste en presentar como falsa una argumentación o afirmación por el simple hecho de ser de tal o cual persona. Vamos, que ni se molestan en rebatirlo o considerarlo por pertenecer a una boca de poca autoridad en la materia por los entendidos de tres al cuarto que así lo manifiestan.
 
¿Y quiénes son estos entendidos de tres al cuarto? Está muy claro también: son nuestros políticos mequetrefes y el periodismo basura que les acompaña; entre ambos se reparten insensateces propias de miopes neuronales profundos. Y además son capaces de darle la vuelta a la argumentación ad hominem para hacernos creer que por ser quienes son tienen razón. Benditos cuentistas y panda de botarates. Y lo penoso es que lo consiguen en gran medida.

Un caso concreto de lo que escribo son los acoso y derribo que han manifestado a mandíbula batiente contra Willy Toledo, actor y más intelectual que muchos de ellos, que por no pertenecer ni congregar con su rebaño, no ha sido merecedor de ser escuchado, no hacía falta...
Señores políticuchos y periodistillas, no veis que otros han dicho lo mismo pero todavía con más fuerza y calláis solemnemente. Sinceramente dais pena y asco. 

Pasen, vean y juzguen ustedes mismos.

VOCACIÓN Y PROFESIÓN EN LA ENSEÑANZA

Seguramente en más de una ocasión habréis oído esa cantinela según la cual el que no vale para… se mete a maestro. Y seguramente su parte de verdad tendrá, como casi todo, aunque convendréis conmigo que es bastante iluso pensar que siempre es así. Bien al contrario la mayoría de nuestros maestros y maestras lo son porque así lo decidieron y por supuesto, querían.

De todas formas, aunque nada más ocurra en contadas ocasiones, lo cierto es que el desperdicio de energías que provoca cuando se da es enorme. El docente que no sienta, aunque sólo sea en una medida razonable, cierto “amor” por su profesión, está condenado a un infortunio considerable además del añadido de sus alumnos, que dicho sea de paso, es el que más me preocupa.

Pongamos por caso que aquella mente lúcida aspiraba a ser una bióloga enfrascada en investigaciones más que sugerentes para ella. Pero no, no era tan lúcida como pensaba o la suerte no le acompañó, y acabó dando clases en no sé qué centro de algún pueblo cualquiera.


La propuesta aquí es muy simple: cuando te falte vocación para enseñar, tira de la profesionalidad. Quizás si estos entienden, aunque sea desde una posición aséptica, la importancia sublime que tiene para todo pueblo la formación y educación de sus menores, provocará menor descalabro el docente que acabó dando clases por ganar un sueldo si consigue implicarse totalmente aunque sólo sea por defender su profesionalidad.

Y con suerte, si todo va bien, tal vez incluso algún día entre en su aula un alumno que se llame Vocación.


martes, 14 de abril de 2015

Disciplina y Hábito...extraña pareja...y potente.

Estas letras van dirigidas a vosotros estudiantes, a vosotras mujeres trabajadoras, a vosotros papás, a vosotras mujeres que gobernáis, a vosotros que ya no trabajáis, a los jóvenes, a los ancianos, a...a todo el mundo.

Los hábitos son aquellas cosas que como dice la palabra hacemos habitualmente. Aunque sólo sea por esta incansable repetición se convierten en acciones que requieren un esfuerzo mínimo, vamos, que las hacemos sin sentir, como se dice. Eso está bien, pero claro, como todo tiene sus contraindicaciones.

Fácilmente nuestros hábitos terminan perfilando nuestra manera de ser, y eso es muy lógico, pero estamos tan habituados a llevar a cabo determinadas acciones que pasamos por alto cuestiones a las que deberíamos prestar, como mínimo, más atención. 

Hablemos ahora de disciplina. Ésta sería llanamente la capacidad de hacer lo que no nos gusta. Es decir, una persona golosa por disciplina no se come un pastel trufado, sino que más bien dejaría de hacerlo. Así, ¿qué pasaría si con un gran esfuerzo y la enorme disciplina que requiere realmente dejará de comer pasteles y golosinas? Dicen los entendidos en la materia que pasado un tiempo, que incluso son capaces de datar, la disciplina se transformaría en nuevo hábito.

Tenemos así la siguiente serie. Hábito, disciplina, nuevo hábito.

Está bastante claro que los hábitos, que nos resultan cómodos y conocidos, no los vamos a abandonar sin más, son parte de nuestro patrimonio personal... Pero claro, los hábitos no aparecieron de la nada. Antes de instalarse y hacernos la vida un poco más cómoda, tuvieron que pasar su prueba de fuego, es decir, nos tuvimos que habituar a ellos. En otras palabras, tuvimos que disciplinarnos hasta asumirlos como propios.

Lo verdaderamente interesante de todo esto no es que sea así, eso es lo que menos me importa ahora, sino las contraindicaciones que mencioné más arriba y que no debemos pasar por alto.

Contraindicaciones de los hábitos: que una vez instalados en ellos confortablemente no seamos capaces de ver más allá de la inmediatez a la que nos pueden someter.

Mundo en general, no debemos ser tan miopes que no veamos que nuestros hábitos, buenos y necesarios, deben estar en continua revisión y pasar por el tamiz de la poco deseada disciplina, llegado el caso, que aunque dura y angulosa, nos permitirá aposentarnos en confortables nuevos hábitos, seguramente más convenientes y provechosos para todos.

La mala disciplina, ojo, da sus frutos: malos hábitos. Pero esa es otra historia.

Sólo la buena disciplina es capaz de conseguir que algo que en un principio nos resultó tedioso se convierta en provechoso hábito.


Estudiantes, gobernantes, jubilados, amos de casa, políticos, empresarias, jueces, barrenderos… ¿tenéis hábitos por revisar?

jueves, 9 de abril de 2015

¿Qué harías si te quedara sólo un hora de vida?

Ante esta fatídica pregunta, la respuesta arroja más luz si no estás en esa crítica situación que si realmente lo estuvieses.

Si nos encontraramos realmente alguna vez en esta situación, creo que todo sería ya tan relativo que pasaría a un segundo plano de manera automática.

De diferente manera, si nos hacemos esta pregunta sin encontrarnos en semejante tesitura, adquiere de pronto un valor que la hace especialmente interesante. Me explico.

Si te la haces y ves urgencia en hacer cosas tremendamente interesantes o importantes que no has hecho o te maldices por no haber llevado a cabo todo aquello que querrías, es que algo falla soberanamente en tu vida.

Si de diferente forma, al hacerte esta pregunta tu respuesta es asumirla con resignación y todo el fastidio que conlleve, pero no sientes una urgencia imperiosa por hacer todo aquello que no hiciste, lo cierto es que tu vida está lo suficientemente surtida hasta ese momento.

En ambos casos, por supuesto, aparecerá el fantasma de todo lo que me queda por hacer en ese futuro del que ya no formaré parte, pero la importantísima aunque sutil diferencia, es que en el primer caso lo hecho no llena, mientras que en el segundo la vida vivida está mucho más en concordancia con los anhelos del que la vivió.

Moraleja: el tiempo tiene un valor inconmensurable, no lo malgastes, no tiene recambio ni se puede comprar.

miércoles, 8 de abril de 2015

¿Por qué demasiadas mujeres dicen no cuando querrían decir sí?

Imaginaos por un solo instante un delicioso pastel rodeado de otros tantos tras el cristal de la mejor confitería que conozcáis. Y tras el cristal a alguna mujer golosa que se lanzaría sin pensar, pero se contiene porque estamos en abril y dentro de poco no quiere tener que preocuparse por esos incomodos michelines que no la dejan lucir sus mejores prendas. 

Por supuesto no voy a hablar hoy de pasteles, ni de michelines o primavera. Voy a intentar esparramar unas letras sobre una cuestión bastante punzante en nuestra sociedad: la reiterada queja compartida entre demasiadas parejas sobre el desencuentro en cuanto a la frecuencia de las artes amatorias... vamos, de acostarse no precisamente para dormir.

La introducción del pastel creo que no es en vano y arroja bastante más luz de lo que parece a primera vista. Pero vayamos por partes.


Primero busquemos argumentos naturales o naturalistas que justifiquen de alguna manera tremendo desaguisado conyugal o de pareja. La naturaleza es muchísimo más sabía de lo que pensamos. Existe en diferentes especies eso que se llama celo y considerando que nosotros somos una especie más del montón, se podría argüir que posiblemente quede alguna reminiscencia de ese celo en la mujer que la lleva a controlar, por decirlo suavemente, el deseo desenfrenado del hombre, ya que éste parece que carece desde el origen de los tiempos de ese período concreto de excitación propicia para el apareamiento; para el macho cualquier periodo es propicio. Bueno. Podría ser. Aunque entonces, ¿porque las madres con la socialización consumada en la que vivimos han perdido el instinto materno tan presente en otras especies?, y en cambio este del celo lo conservan, nos podríamos preguntar. A una mamá humana en el momento del nacimiento le cambian su cría y nunca lo sabrá, a otros animales ni lo intentes...

Luego esta Dios. Ahí hay poco que contradecir. Podríamos decir: en su inmensa sabiduría legó a la mujer el don de controlar una muerte súbita de la especie humana. De diferente manera hoy no seriamos 7000 millones, sino tantos que ya habríamos acabado hace tiempo con este planetilla que habitamos. Además fijaos que todo cuadra. Primero creó al hombre y cuando vio la tremenda bestia sexual que había fabricado, tuvo tiempo de rectificar al crear a la mujer y configurarla de tal manera que pusiera orden al asunto. Qué lástima que no crea en Dios, el tema estaría más que resuelto...cómo casi todos. ¿Será por eso por lo que no creo?

Luego está la opción que puede ser más real de lo que parece. A lo mejor es posible que no exista tal desacuerdo en cuanto a lo sexual y las señoras apacigüen sus ansias con otras parejas...pero esto mejor dejarlo.


Los sabios sexólogos también apuntan al diferente estímulo necesario para levantar la libido de hombres y mujeres. Sí, claro, muy cierto. Pero sí sólo fuese eso tengo bastante claro que existirían academias para hombres, por supuesto, dónde se impartirían clases sobre el tema. Si los resultados fuesen garantizados, aseguro que estos centros de formación estarían llenos hasta la bandera... ¿alguien se quiere matricular? Ahí lanzó una idea de negocio si lo veis tan claro amigos sexólogos, o a vosotros si tenéis vuestras academias de artes varias vacías, reciclarse o morir...

Pero ahora ya en serio (no sé si podré), volvamos al comienzo de este zafarrancho de letras. Hablaba más arriba de ese delicioso pastel y los ojos golosos que lo contemplaban. Si bajamos a las cavernas del conocimiento y analizamos la secuencia del pastel con detenimiento observamos lo siguiente: una mujer deseosa que mide, a saber; si me como este pastel que me ofrecerá verdaderos momentos de éxtasis, tendré que pagar una factura muy alta cuando me ponga mi magnífico bikini y parezca que lleve un flotador tatuado en la cintura. Automáticamente da un paso al frente, se aleja de la tienda de los pecados y se sumerge en sus quehaceres cotidianos, no sin mala cara y un cierto grado de estrés añadido.
Ahora transportemos esto a nuestro tema central. Imaginar a ese misma mujer (y cuidado que no se comió el pastel y tiene cierto enojo ya instalado) delante de su cama. Sabe perfectamente que momentos también de éxtasis se dibujan bajo esas sábanas, pero mira a su alrededor y ve lo siguiente: unos calzoncillos arrugados al lado de la mesita, arropados cariñosamente por unos pantalones enmarañados aún cogidos a unos calcetines, al lado de unos zapatos boca abajo y sucios. Levanta la cabeza y oye, para su horror, un estruendoso pedo que sale del baño y un gruñido que la asustaría si no supiese perfectamente a que animal pertenece. El resto del día imaginarlo como queráis pero el resultado está cantando. Esta pobre mujer mide y por supuesto actúa en consecuencia.

Seguramente la próxima tarde cuando pase por la pastelería entrará sin levantar la cabeza y se sumergirá en las delicias del chocolate para elevar su ánimo, porque su libido necesitará toneladas de lo que no encuentra en casa para florecer como merece.

Gestos pequeños tienen resultados asombrosos. Probarlo.

Normalmente todo es más fácil de lo que parece.