Estas letras van dirigidas a vosotros estudiantes, a vosotras
mujeres trabajadoras, a vosotros papás, a vosotras mujeres que gobernáis, a
vosotros que ya no trabajáis, a los jóvenes, a los ancianos, a...a todo el
mundo.
Los hábitos son aquellas cosas que como
dice la palabra hacemos habitualmente. Aunque sólo sea por esta incansable
repetición se convierten en acciones que requieren un esfuerzo mínimo, vamos,
que las hacemos sin sentir, como se dice. Eso está bien, pero claro, como todo
tiene sus contraindicaciones.
Fácilmente nuestros hábitos terminan
perfilando nuestra manera de ser, y eso es muy lógico, pero estamos tan
habituados a llevar a cabo determinadas acciones que pasamos por alto
cuestiones a las que deberíamos prestar, como mínimo, más atención.
Hablemos ahora de disciplina. Ésta sería
llanamente la capacidad de hacer lo que no nos gusta. Es decir, una persona
golosa por disciplina no se come un pastel trufado, sino que más bien dejaría
de hacerlo. Así, ¿qué pasaría si con un gran esfuerzo y la enorme disciplina
que requiere realmente dejará de comer pasteles y golosinas? Dicen los
entendidos en la materia que pasado un tiempo, que incluso son capaces de
datar, la disciplina se transformaría en nuevo hábito.
Está bastante claro que los hábitos, que
nos resultan cómodos y conocidos, no los vamos a abandonar sin más, son parte
de nuestro patrimonio personal... Pero claro, los hábitos no aparecieron de la
nada. Antes de instalarse y hacernos la vida un poco más cómoda, tuvieron que
pasar su prueba de fuego, es decir, nos tuvimos que habituar a ellos. En otras
palabras, tuvimos que disciplinarnos hasta asumirlos como propios.
Lo verdaderamente interesante de todo esto
no es que sea así, eso es lo que menos me importa ahora, sino las
contraindicaciones que mencioné más arriba y que no debemos pasar por alto.
Contraindicaciones de los
hábitos: que una vez
instalados en ellos confortablemente no seamos capaces de ver más allá de la
inmediatez a la que nos pueden someter.
Mundo en general, no debemos ser tan
miopes que no veamos que nuestros hábitos, buenos y necesarios, deben estar en
continua revisión y pasar por el tamiz de la poco deseada disciplina, llegado
el caso, que aunque dura y angulosa, nos permitirá aposentarnos en confortables
nuevos hábitos, seguramente más convenientes y provechosos para todos.
La mala disciplina, ojo, da sus frutos: malos
hábitos. Pero esa es otra historia.
Sólo la buena disciplina es capaz de conseguir que algo que en un principio
nos resultó tedioso se convierta en provechoso hábito.
Estudiantes, gobernantes, jubilados, amos de casa, políticos,
empresarias, jueces, barrenderos… ¿tenéis hábitos por revisar?
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