Seguramente en más de una ocasión habréis oído esa
cantinela según la cual el que no vale para… se mete a maestro. Y seguramente
su parte de verdad tendrá, como casi todo, aunque convendréis conmigo que es bastante
iluso pensar que siempre es así. Bien al contrario la mayoría de nuestros maestros
y maestras lo son porque así lo decidieron y por supuesto, querían.
De todas formas, aunque nada más ocurra en contadas
ocasiones, lo cierto es que el desperdicio de energías que provoca cuando se da
es enorme. El docente que no sienta, aunque sólo sea en una medida razonable,
cierto “amor” por su profesión, está condenado a un infortunio considerable
además del añadido de sus alumnos, que dicho sea de paso, es el que más me
preocupa.
Pongamos por caso que aquella mente lúcida aspiraba a
ser una bióloga enfrascada en investigaciones más que sugerentes para ella.
Pero no, no era tan lúcida como pensaba o la suerte no le acompañó, y acabó
dando clases en no sé qué centro de algún pueblo cualquiera.
La propuesta aquí es muy simple: cuando te falte
vocación para enseñar, tira de la profesionalidad. Quizás si estos entienden, aunque sea desde una posición aséptica, la importancia sublime que
tiene para todo pueblo la formación y educación de sus menores, provocará menor descalabro el docente que acabó dando clases por
ganar un sueldo si consigue implicarse totalmente aunque sólo sea por defender su profesionalidad.
Y con suerte, si todo va bien, tal vez incluso algún día entre en su aula un alumno que se llame Vocación.

Exente articulo Julián, amigo mío, como siempre das en el clavo.
ResponderEliminarPor lo que cuentas en tu artículo, es la causa de haber en cada profesión, un profesional promedio, y un genio en su profesión. Solo se debe a una condición, que es de haber elegido una profesión, perdón rectifico, han elegido o escogido por él su profesión, (en este caso, case siempre suelen ser los padres, que escogen por nosotros) esos son los profesionales promedios, desgraciadamente son el 90%.
Saludos