Me gustaría recordar hoy la
historia de La lección del viejo Roble. Esta narración es válida tanto para mayores como
para pequeños, aunque me parece especialmente interesante para estos últimos,
ya que como bien sabemos, fácilmente se desaniman a la hora de hacer aquello que
"no les apetece", y de sobras creo que entendéis a lo que me refiero.
Además, una vez aprendida la moraleja de la historia, de mayores tendrán
muchísimos menos problemas y quebraderos de cabeza...ahí va!!!
Hace mucho menos tiempo del que te
puedas imaginar, un señor un tanto taciturno y gruñón vivía al final de una
bonita calle en una magnífica casa. Don Pere Zoso Vió, pues así se llamaba,
tenía en su casa un espléndido jardín coronado por un majestuoso roble. Era la
envidia de todos sus vecinos, pues además de ofrecerle una excelente sombra en
verano, le dejaba a Don Pere disfrutar de los rayos de Sol en invierno, pues
como buen roble perdía en otoño todas sus hojas.
Pero precisamente por esta razón,
cuando comenzaba el otoño, Don Pere se ponía especialmente gruñón. La verdad es
que siempre estaba malhumorado: en el trabajo, en el coche, en el supermercado,
incluso cuando salía con los amigos a tomar unas cervezas o cuando le invitaban
a comer sus familiares. Todo le cansaba, cualquier cosa le parecía un trabajo
enorme e inacabable.
Como decía, al comenzar el otoño se ponía todavía más cascarrabias porque al llegar cada día a casa, cansado desde que se levantó y sin parar de quejarse -parece que era lo único que no le cansaba-, se encontraba con un motón de hojas en el suelo, que día a día y sin descanso, iban acumulándose hasta el punto de esconder sus pies cuando las pisaba con desdén, al tiempo que no dejaba de despotricar y renegar de las pobres hojas.
Como decía, al comenzar el otoño se ponía todavía más cascarrabias porque al llegar cada día a casa, cansado desde que se levantó y sin parar de quejarse -parece que era lo único que no le cansaba-, se encontraba con un motón de hojas en el suelo, que día a día y sin descanso, iban acumulándose hasta el punto de esconder sus pies cuando las pisaba con desdén, al tiempo que no dejaba de despotricar y renegar de las pobres hojas.
Un sábado se levantó antes de lo
habitual y sacó su vieja motosierra del trastero. La guardaba en una caja de
madera de tamaño considerable que su padre, como buen carpintero que fue, le
había hecho hacía muchos años. Después de renegar y mal jurar durante más media
hora, tiempo que le ocupó conseguir arrancar la vieja máquina, se dispuso a
cortar de una vez por todas el viejo roble y zanjar para siempre el problema de
las hojas en su jardín. Justo en el momento en que la cadena de la motosierra
iba a rozar el roble, la máquina se paró. Era temprano y no hacía nada de
viento, pero de pronto empezaron a caer hojas del roble, dibujando en el cielo
figuras que nada tenían que ver con los sinuosos caminos que normalmente trazan
al caer al suelo. Pere se las quedó mirando, perplejo con la mano en la
motosierra, a punto de arrancarla, pero sin mover un solo músculo. Para su
total y absoluta sorpresa, todas y cada una de las hojas, después de volar
caprichosamente fueron cayendo, unas tras otra, dentro de la caja de la
motosierra que tenía abierta a su lado. Ni una sola hoja cayó al suelo, de tal
manera que cuando la caja de madera estuvo llena de hojas, dejaron de caer.
Pere miró el roble, resopló sin
entender en absoluto lo que acababa de pasar, y dejó la motosierra en el suelo.
Cogió la caja, la vació en una bolsa, guardó la motosierra y se metió en su
casa sin decir ni una sola palabra.
Al día siguiente decidió llenar una
caja de hojas del jardín y tirarla en el contenedor correspondiente. Así lo
hizo un día tras otro, tranquilo y sin aspavientos. La labor le ocupaba cada
día menos de cinco minutos, y pronto le encontró el gusto a hacerlo. Las hojas
de los robles seguían cayendo, pero Pere comprendió que más pronto que tarde
dejarían de hacerlo. Fueron pasando tranquilamente los días. Al cabo de tres
semanas los robles estaban totalmente pelados y en el jardín de Pere quedaban
poco más de cinco cajas de hojas por recoger. Sin darse cuenta y dedicando
con gusto muy poco tiempo cada día, había conseguido mantener su jardín limpio.
Antes de que acabase la semana, Pere había recogido absolutamente todas las
hojas de su parcela. Contemplando el viejo roble y con una sonrisa en los
labios, Pere le dio las gracias.
Solo habían pasado unas semanas pero
para nuestro amigo quizás habían sido las más importantes de su vida. Durante
este tiempo además de recoger su caja de hojas cada día, había aprendido una
lección que ya nunca olvidaría. Transformó sus quejas continuas en pequeñas
acciones cotidianas que le devolvieron con creces alegría y felicidad. El viejo
roble le enseñó que su continuo mal humor era fruto simplemente de su
predisposición a verlo todo negativamente y su falta de interés por hacer todo
aquello, que al fin y al cabo, terminaba dando sentido a su vida. Se trataba,
simplemente, de hacer todo lo que sabía que tenía que hacer con determinación y
sabiduría.
Para el asombro de todas las personas
que lo conocían, se transformó en una persona generosa y amable. No había
fiesta, comida o celebración en las que no estuviese invitado, y siempre
terminaba amenizando la reunión, desde antes de empezar ayudando a prepararla
hasta que terminaba, pues siempre se marchaba el último con una sonrisa en los
labios y muy seguro de sí mismo, como un viejo roble.
Hastahora






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