martes, 3 de noviembre de 2015

¿Por qué demasiadas mujeres dicen no cuando querrían decir sí?

Imaginaos por un solo instante un delicioso pastel rodeado de otros tantos tras el cristal de la mejor confitería que conozcáis. Y tras el cristal a alguna mujer golosa que se lanzaría sin pensar, pero se contiene porque no quiere tener que preocuparse por esos incomodos michelines que no la dejan lucir sus mejores prendas. 

Por supuesto no voy a hablar hoy de pasteles, ni de michelines o moda. Voy a intentar esparramar unas letras sobre una cuestión bastante punzante en nuestra sociedad: la reiterada queja compartida entre demasiadas parejas sobre el desencuentro en cuanto a la frecuencia de las artes amatorias... vamos, de acostarse no precisamente para dormir.

La introducción del pastel creo que no es en vano y arroja bastante más luz de lo que parece a primera vista. Pero vayamos por partes.


Primero busquemos argumentos naturales o naturalistas que justifiquen de alguna manera tremendo desaguisado conyugal o de pareja. La naturaleza es muchísimo más sabía de lo que pensamos. Existe en diferentes especies eso que se llama celo y considerando que nosotros somos una especie más del montón, se podría argüir que posiblemente quede alguna reminiscencia de ese celo en la mujer que la lleva a controlar, por decirlo suavemente, el deseo desenfrenado del hombre, ya que éste parece que carece desde el origen de los tiempos de ese período concreto de excitación propicia para el apareamiento; para el macho cualquier periodo es propicio. Bueno. Podría ser. Aunque entonces, ¿porque las madres con la socialización consumada en la que vivimos han perdido el instinto materno tan presente en otras especies?, y en cambio este del celo lo conservan, nos podríamos preguntar. A una mamá humana en el momento del nacimiento le cambian su cría y nunca lo sabrá, a otros animales ni lo intentes...

Luego esta Dios. Ahí hay poco que contradecir. Podríamos decir: en su inmensa sabiduría legó a la mujer el don de controlar una muerte súbita de la especie humana. De diferente manera hoy no seriamos 7000 millones, sino tantos que ya habríamos acabado hace tiempo con este planetilla que habitamos. Además fijaos que todo cuadra. Primero creó al hombre y cuando vio la tremenda bestia sexual que había fabricado, tuvo tiempo de rectificar al crear a la mujer y configurarla de tal manera que pusiera orden al asunto. Qué lástima que no crea en Dios, el tema estaría más que resuelto...cómo casi todos. ¿Será por eso por lo que no creo?

Luego está la opción que puede ser más real de lo que parece. A lo mejor es posible que no exista tal desacuerdo en cuanto a lo sexual y las señoras apacigüen sus ansias con otras parejas...pero esto mejor dejarlo.


Los sabios sexólogos también apuntan al diferente estímulo necesario para levantar la libido de hombres y mujeres. Sí, claro, muy cierto. Pero sí sólo fuese eso tengo bastante claro que existirían academias para hombres, por supuesto, dónde se impartirían clases sobre el tema. Si los resultados fuesen garantizados, aseguro que estos centros de formación estarían llenos hasta la bandera... ¿alguien se quiere matricular? Ahí lanzó una idea de negocio si lo veis tan claro amigos sexólogos, o a vosotros si tenéis vuestras academias de artes varias vacías, reciclarse o morir...

Pero ahora ya en serio (no sé si podré), volvamos al comienzo de este zafarrancho de letras. Hablaba más arriba de ese delicioso pastel y los ojos golosos que lo contemplaban. Si bajamos a las cavernas del conocimiento y analizamos la secuencia del pastel con detenimiento observamos lo siguiente: una mujer deseosa que mide, a saber; si me como este pastel que me ofrecerá verdaderos momentos de éxtasis, tendré que pagar una factura muy alta cuando me ponga mi magnífico bikini y parezca que lleve un flotador tatuado en la cintura. Automáticamente da un paso al frente, se aleja de la tienda de los pecados y se sumerge en sus quehaceres cotidianos, no sin mala cara y un cierto grado de estrés añadido.
Ahora transportemos esto a nuestro tema central. Imaginar a ese misma mujer (y cuidado que no se comió el pastel y tiene cierto enojo ya instalado) delante de su cama. Sabe perfectamente que momentos también de éxtasis se dibujan bajo esas sábanas, pero mira a su alrededor y ve lo siguiente: unos calzoncillos arrugados al lado de la mesita, arropados cariñosamente por unos pantalones enmarañados aún cogidos a unos calcetines, al lado de unos zapatos boca abajo y sucios. Levanta la cabeza y oye, para su horror, un estruendoso pedo que sale del baño y un gruñido que la asustaría si no supiese perfectamente a que animal pertenece. El resto del día imaginarlo como queráis pero el resultado está cantando. Esta pobre mujer mide y por supuesto actúa en consecuencia.

Seguramente la próxima tarde cuando pase por la pastelería entrará sin levantar la cabeza y se sumergirá en las delicias del chocolate para elevar su ánimo, porque su libido necesitará toneladas de lo que no encuentra en casa para florecer como merece.

Gestos pequeños tienen resultados asombrosos. Probarlo.

Normalmente todo es más fácil de lo que parece.



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