martes, 17 de noviembre de 2015

La Lección del viejo Roble

Me gustaría recordar hoy la historia de La lección del viejo Roble. Esta narración es válida tanto para mayores como para pequeños, aunque me parece especialmente interesante para estos últimos, ya que como bien sabemos, fácilmente se desaniman a la hora de hacer aquello que "no les apetece", y de sobras creo que entendéis a lo que me refiero. Además, una vez aprendida la moraleja de la historia, de mayores tendrán muchísimos menos problemas y quebraderos de cabeza...ahí va!!!

Hace mucho menos tiempo del que te puedas imaginar, un señor un tanto taciturno y gruñón vivía al final de una bonita calle en una magnífica casa. Don Pere Zoso Vió, pues así se llamaba, tenía en su casa un espléndido jardín coronado por un majestuoso roble. Era la envidia de todos sus vecinos, pues además de ofrecerle una excelente sombra en verano, le dejaba a Don Pere disfrutar de los rayos de Sol en invierno, pues como buen roble perdía en otoño todas sus hojas.

Pero precisamente por esta razón, cuando comenzaba el otoño, Don Pere se ponía especialmente gruñón. La verdad es que siempre estaba malhumorado: en el trabajo, en el coche, en el supermercado, incluso cuando salía con los amigos a tomar unas cervezas o cuando le invitaban a comer sus familiares. Todo le cansaba, cualquier cosa le parecía un trabajo enorme e inacabable. 

Como decía, al comenzar el otoño se ponía todavía más cascarrabias porque al llegar cada día a casa, cansado desde que se levantó y sin parar de quejarse   -parece que era lo único que no le cansaba-, se encontraba con un motón de hojas en el suelo, que día a día y sin descanso, iban acumulándose hasta el punto de esconder sus pies cuando las pisaba con desdén, al tiempo que no dejaba de despotricar y renegar de las pobres hojas.
Un sábado se levantó antes de lo habitual y sacó su vieja motosierra del trastero. La guardaba en una caja de madera de tamaño considerable que su padre, como buen carpintero que fue, le había hecho hacía muchos años. Después de renegar y mal jurar durante más media hora, tiempo que le ocupó conseguir arrancar la vieja máquina, se dispuso a cortar de una vez por todas el viejo roble y zanjar para siempre el problema de las hojas en su jardín. Justo en el momento en que la cadena de la motosierra iba a rozar el roble, la máquina se paró. Era temprano y no hacía nada de viento, pero de pronto empezaron a caer hojas del roble, dibujando en el cielo figuras que nada tenían que ver con los sinuosos caminos que normalmente trazan al caer al suelo. Pere se las quedó mirando, perplejo con la mano en la motosierra, a punto de arrancarla, pero sin mover un solo músculo. Para su total y absoluta sorpresa, todas y cada una de las hojas, después de volar caprichosamente fueron cayendo, unas tras otra, dentro de la caja de la motosierra que tenía abierta a su lado. Ni una sola hoja cayó al suelo, de tal manera que cuando la caja de madera estuvo llena de hojas, dejaron de caer.
Pere miró el roble, resopló sin entender en absoluto lo que acababa de pasar, y dejó la motosierra en el suelo. Cogió la caja, la vació en una bolsa, guardó la motosierra y se metió en su casa sin decir ni una sola palabra.

Al día siguiente decidió llenar una caja de hojas del jardín y tirarla en el contenedor correspondiente. Así lo hizo un día tras otro, tranquilo y sin aspavientos. La labor le ocupaba cada día menos de cinco minutos, y pronto le encontró el gusto a hacerlo. Las hojas de los robles seguían cayendo, pero Pere comprendió que más pronto que tarde dejarían de hacerlo. Fueron pasando tranquilamente los días. Al cabo de tres semanas los robles estaban totalmente pelados y en el jardín de Pere quedaban poco más de cinco cajas de hojas por recoger. Sin darse cuenta y dedicando con gusto muy poco tiempo cada día, había conseguido mantener su jardín limpio. Antes de que acabase la semana, Pere había recogido absolutamente todas las hojas de su parcela. Contemplando el viejo roble y con una sonrisa en los labios, Pere le dio las gracias. 
Solo habían pasado unas semanas pero para nuestro amigo quizás habían sido las más importantes de su vida. Durante este tiempo además de recoger su caja de hojas cada día, había aprendido una lección que ya nunca olvidaría. Transformó sus quejas continuas en pequeñas acciones cotidianas que le devolvieron con creces alegría y felicidad. El viejo roble le enseñó que su continuo mal humor era fruto simplemente de su predisposición a verlo todo negativamente y su falta de interés por hacer todo aquello, que al fin y al cabo, terminaba dando sentido a su vida. Se trataba, simplemente, de hacer todo lo que sabía que tenía que hacer con determinación y sabiduría. 

Para el asombro de todas las personas que lo conocían, se transformó en una persona generosa y amable. No había fiesta, comida o celebración en las que no estuviese invitado, y siempre terminaba amenizando la reunión, desde antes de empezar ayudando a prepararla hasta que terminaba, pues siempre se marchaba el último con una sonrisa en los labios y muy seguro de sí mismo, como un viejo roble.

Hastahora




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