Hace unos días hablando con una maestra me
comentaba que le parecía muy bien todo esto de motivar, de enseñar a los
chavales en el cole de un modo diferente o más significativo para ellos, pero
terminó confesándome que, sinceramente, no sabía cómo hacerlo. Su experiencia
estaba muy marcada por unos hábitos determinados y los planes de enseñanza,
además, condicionaban de una manera poderosísima seguir por el mismo camino.
En aquel
momento no supe que decirle, entre otras cosas porque no me dedico a esto de la
enseñanza y tampoco llevo en el bolsillo un "manual de motivación para
estudiantes". De todas formas, ni tan sólo creo que exista ni sea
necesario o beneficioso.
Pero
habiendo sido estudiante durante bastante tiempo, profesor alguna temporada y
padre desde hace ya algunos años, hay una cosa de la que no tengo la menor duda
y estoy deseando ver a esta maestra para comentárselo. Si lo lees aquí, eso que
me ahorro, aunque siempre es mejor el directo, sin duda
Creo
que no se trata tanto de buscar la motivación soñada, sino de tratar de no
desmotivar a los alumnos. Como maestro es fácil ponerse en el lugar (o debería serlo) de
los alumnos y pensar por un instante que tal se sienten ellos, como viven su
estancia en los centros; vamos, que sienten.
La
educación reglada en nuestras escuelas logra, de una manera muy lúcida,
desmotivar a la mayoría de los alumnos que estoicamente superan curso a curso
su enseñanza obligatoria. Si en lugar de ampliarla en tiempo, como pretenden,
la rebajasen, sin lugar a dudas muchos alumnos lo celebrarían y muy pocos de
los que no siguen estudiando reclamarían más años de enseñanza obligatoria.
No digo yo
que ir al "cole" deba ser como salir de fin de semana a un parque de
atracciones, o que el estudio no requiera esfuerzo y cierto sacrificio, eso
está muy claro. Pero lo que tampoco apruebo es que estudiar sea sinónimo de
agobio, fastidio y "palo", utilizando su jerga.
Si los
claustros de profesores se reunieran y debatiesen sobre la vivencia de la
escolaridad desde P3 hasta la ESO, seguramente descubrirían un cierto desinterés
creciente y paulatino a medida que los cursos avanzan.
Quizás la
respuesta fácil sería por el grado de complejidad y requerimiento de estudio
que se necesita curso a curso. Lo dudo o me parece, como mínimo, un análisis sesgado.
Pero es
curioso que al llegar a la Facultad ya nadie hable de motivación. Claro, ya son
mayores y se motivarán solos. Posiblemente. Pero lo que también es muy cierto es
que entonces tienen muy claro porque están ahí: el estudiante de medicina
visualiza perfectamente su bata blanca o los hospitales, el de derecho el
ejercicio de su profesión o el veterinario su futura clínica. Y euros
detrás de su desempeño, por supuesto. Pero sea como sea, tienen un objetivo y
nace de ahí su motivación.
Si a nuestros pobres estudiantes preuniversitarios
les quitamos el objetivo y los euros al alcanzarlo, que les queda: la
motivación que les roban los planes de estudio curso a curso, año tras año de
manera creciente. En estos planes de estudio englobo la labor del
profesorado, que lo quiera o no, está muy condicionada por unos requisitos que
según parece no son del gusto de nadie, ni de docentes ni de alumnos. Curioso,
da que pensar. Ahí lo dejo.
Por ello, no me preguntéis cómo,
pero si me encuentro con un grupo de jóvenes a los que deba impartir una
docencia determinada, os aseguro que todo mi esfuerzo estará centrado en, al menos,
no desmotivarlos más de lo estrictamente necesario. Con esto creo que me sentiría más que
satisfecho.
Yo sí que me lo pregunto, no puedo evitarlo: ¿Cómo lo haría? Creo que marcándoles un
objetivo muy definido y despertando su curiosidad a través de la problematización
de sus desmotivadas vidas en la escuela a través de, curiosamente, los
contenidos educativos.
Si algún maestro o maestra se está riendo
al leer esto, cuidado que cualquier día puedo ser tu compañero; pero
tranquilos, seguro que nos reiremos juntos.
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