En el conflicto catalán las posiciones absolutamente
irreconciliables hace solo unos meses, ahora parece que empiezan a tener puntos
de contacto que, como mínimo, nos harán salir de una situación rota y estancada
desde hace demasiado tiempo.
Pero aún mejor son las declaraciones de defensores
notables de un lado y otro que también empiezan a poner de manifiesto los
errores cometidos en sus propias filas. A nadie se le debería escapar que los
conflictos enquistados solo encuentran solución cuando se cede y se deja paso
al otro.
Y la razón que justifica esto es la aparición de las
facciones más radicalizadas que ante los nuevos aires de cambio se revelan.
Cuando se respira en el ambiente cierta distensión, se incomodan aquellos que
no quieren perder su status quo de los últimos años,
lanzándose de forma desmedida al alboroto que termina siendo su propia tumba
por ir contracorriente de los nuevos tiempos que se avecinan.
Este es el verdadero momento de la política con
mayúsculas que debe apaciguar los ánimos incontrolados durante demasiado
tiempo. El mundo intelectual también tiene el deber de situarse a la altura que
se le exige y empezar a desterrar posturas intransigentes o propagandísticas y
de cortas miras, a las que penosamente nos han acostumbrado también durante
demasiado tiempo.
Por todo ello, dentro de este panorama es fácil que
empiece a sonar cada día con más fuerza la palabra traidores. Estos
ejemplifican ese nuevo sentir abierto a las posiciones y demandas del otro, que
no por ello se desentienden de las propias pero que son capaces de situarse en
un terreno en el que no solo lo suyo vale o cuenta. El traidor se mueve entre
dos aguas, en un principio turbulentas, pero que a la postre siempre se
terminan calmando. Y es en esta calma donde se materializa ya la cesión de cada
una de la partes y en la justa proporción de la demanda desmedida que cada una
de ella mantuviese. No existe una verdad pura, más bien la verdad compartida.


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