Me llama especialmente la atención desde hace ya bastantes días la
opinión que, día a día, va generando el grupo Podemos en la población española.
Hay un rasgo que se repite cada vez más en los discursos, tanto de detractores
como incluso de los menos alejados del discurso de Podemos, y este es la
ilusión política de unos soñadores que no terminan de tocar con los pies a
tierra.
Mantienen una postura demasiado idealizada
de una realidad mucho más cruel y compleja, enrevesada y dependiente de
cuestiones que, según los más fieros detractores de Podemos, no tienen ni idea
de su alcance. Según estos condenarían irremediablemente a las españas a su más
triste versión, más cercana a democracias del otro lado del Atlántico que a las
más prósperas de la vieja Europa.
Todo puede ser cierto, o no, pero lo que a
mí personalmente más me interesa es una cuestión que se me antoja irrefutable.
Si se admite la premisa que más daño puede hacer a Podemos, ese no terminar de
ver clara su propuesta por poco cercana a la realidad que nos envuelve, hay una
cuestión que la historia nos enseña muy claramente al respecto: a lo largo de
los años, solamente los que han apuntado hacia posibles posiciones ideales, o
dicho de otro modo, poco acordes con lo normal por normalizado, han terminado
finalmente transformando la realidad.
Las transformaciones necesitan arrojo, miradas
más allá de lo visto por los que no quieren ser transformados. Al respecto es
curioso como todos los grupos políticos, sea cual sea su color, empatizan unos
con otros a la hora de señalar al enemigo de todos ellos...curioso y
sospechoso; pero lo que parece claro es que este país necesita a muchos niveles
profundas transformaciones. Seguro que Podemos.
