Día a día, hora a hora, minuto a minuto nos
sorprendemos sin encontrar fin a una escalada inimaginable de despropósitos que
no nos dan tregua. Quizás estos han sido siempre los mismos, siempre han estado
ahí, pero nosotros éramos los que estábamos ausentes bajo la cortina de humo
(por sucia y asesina) que nos cegaba en nuestras acomodadas vidas. Se oían
voces que reclamaban, a modo de eco lejano, la barbarie de la situación global.
Pero que más no daba si nos encontrábamos anclados en nuestra punta de iceberg,
ajenos a las frías aguas en nuestra tecnificada y arrogante existencia. Ahora
nos echamos las manos a la cabeza por no poder cambiar con la misma presteza, a
la vez que ligereza mental, de móvil, zapatillas deportivas o marido o amante –dicen
las tertulias mañaneras que separarse es caro y los amantes poco rentables en
épocas de crisis-.
A todo esto me viene a la cabeza la figura del
ingenioso hidalgo, aquel pobre loco que recorrió en la imaginación de Don
Miguel los oscuros y acalorados caminos de nuestra España o la vuestra o la de
no sé quién. Lo cierto del asunto es que la picaresca, la falta de
responsabilidad, de compromiso, de sentimiento cooperativo –fundamento
de la democracia- y otra serie (larga) de virtudes que Don
Quijote defendía con su discurso y espada, hoy parecen tan distantes y remotas en nuestras calles como en sus travesías por
las veredas ibéricas. Sabida la maltrecha
y errante vida de Cervantes, no resulta descabellado pensar que cómo si de una
chistera se tratase, sacó a Don Quijote a la palestra para ejemplificar lo
inhumano de lo humano. A modo de aleccionado lo acompañó de Sancho, figura del
pueblo que encarnaba al ciudadano medio de la mediocre mediocridad. En la
figura de Sancho se distingue una evolución durante la obra que lo catapulta a
toda una serie de investigaciones sobre el posible y deseable progreso humano.
Si somos capaces de aislar los infatigables discursos que Quijote brindó a
Sancho así como a todo aquel que le quiso escuchar, se destila un hilo de
honradez y principios difícilmente superado en la historia (real y literaria).
Por supuesto encarnaba a un loco, pero un loco de desmedida honestidad,
integridad, rectitud, bondad, consciencia, austeridad, justicia, desinterés,
desprendimiento, bondad, decencia, compostura, vergüenza, modestia y recato. Si
estos son los locos que tenemos que volver cuerdos, perdónenme señores cuerdos
pero quizás necesitaríamos algunos locos que impongan un poco de cordura en
tremendo desaguisado.
Y es curioso que si Cervantes intentó dar alguna
lección a un pueblo, creo que no pudo nunca llegar a imaginar lo trascendente
de su mensaje, el calado que su obra magna tendría a lo largo de los tiempos.
Aún así, me aterroriza un poco pensar como cada año, sin tregua y sin fatiga,
se lee a voz alzada la historia del ingenioso hidalgo Don Quijote en la capital
de un reino sin decencia y propósito. Quizás era este el verdadero mensaje de
Don Miguel: siempre es lo mismo, no lo
digas muy alto o te tomarán por loco.
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