Después de ver cómo una
ciudadana danesa le decía a Carles Puigdemont obviedades incontestables y gran
parte del pueblo catalán seguía aplaudiendo todavía con más fuerza al
expresidente de Catalunya, haciendo oídos sordos a reclamos que van mucho más
allá de siglas e intereses de partidos, me parece que la situación que se vive
hoy en España requiere algo más por parte de algunos sectores, y me refiero
concretamente al mundo de la cultura.
Nuestros políticos, -por
cuestiones en las que no me voy a extender ahora-, sabemos todos que no
serán capaces por sí solos de resolver el conflicto. Los grandes intelectuales
deben implicarse muchísimo más vista la baja categoría, en todos los aspectos,
de nuestros dirigentes.
No basta con un manifiesto
firmado o con una concentración puntual donde se aborden las cuestiones de fondo del
gran problema que afronta España. Únicamente desde una apuesta decidida por la convivencia democrática respaldada y abanderada por nuestros intelectuales seremos capaces de resolver el conflicto.
Es absolutamente necesaria
una puesta en escena conjunta, contundente y lo más importante, continuada, de todos aquellos que
tanto pueden y deben decir al respecto. Los representantes
de nuestra cultura no pueden permanecer un segundo más ajenos o comprometidos a
ratos con la situación que vivimos. Se debe hablar de la cuestión más allá de
la política o la judicatura. Se deben dirigir al pueblo catalán y español con
argumentos como los oídos en Copenhague y hacer pedagogía.
Es
absolutamente necesario escapar de la confrontación política sobre la que se
articulan y cimientan todos los argumentos secesionistas. Lo vimos en
Dinamarca: ante la falta de respuestas el expresidente volvió a camuflarse bajo
el paraguas del horror político autoritario del gobierno español. Una vez más
la coartada utilizada por el independentismo, la de la supuesta sombra de Franco
que azota España, afloró ante la falta de explicaciones consistentes.
A través de una plataforma,
asociación o como quiera llamarse o concretarse, los intelectuales deben
aportar algo más que presencia puntual si queremos resolver el problema más
grave que afronta nuestra joven democracia.
Deben buscar también estos
el apoyo internacional del mundo de la cultura y articular un abecedario sobre
las cuestiones básicas y fundamentales que la actitud del secesionismo catalán empobrece
y deteriora, más allá de la confrontación política interesada y desleal sobre
la que éste se ampara.
Desde aquí hago un reclamo
tanto al ciudadano como a los intelectuales. Es urgente que los primeros
contribuyan a promover y provocar la acción de los segundos, a los que una vez
más les invito encarecidamente a aportar su imprescindible presencia y acción
en la sociedad hoy. Y no se trata de hacerlo desde un lenguaje o posicionamiento
amparado en lo estrictamente gubernamental, sino con las armas que las razones
pueden esgrimir sobradamente sin necesidad de ser subsidiarias de sigla alguna
o ideal político.
Si eres un ciudadano más
como yo, comparte, o corta y pega allá donde creas conveniente este reclamo,
esta llamada a la incitación activa y continuada de nuestro mayor logro social:
nuestra cultura a través de sus representantes. No podemos quedarnos de brazos cruzados,
actúa.
Allá donde la política no
llega, pues carecemos de verdaderos estadistas, siempre nos quedará la cultura.
Cultura por y para la democracia
Es absolutamente necesario escapar de la confrontación política sobre la que se articulan y cimientan todos los argumentos secesionistas. Lo vimos en Dinamarca: ante la falta de respuestas el expresidente volvió a camuflarse bajo el paraguas del horror político autoritario del gobierno español. Una vez más la coartada utilizada por el independentismo, la de la supuesta sombra de Franco que azota España, afloró ante la falta de explicaciones consistentes.

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