Propuesta educativa basada en la ignorancia como base del aprendizaje (síntesis)
La motivación es una de las bases fundamentales en todo proceso de aprendizaje. No solo provoca un estado interno característico que nos impulsa a realizar una determinada acción, sino que además nos ayuda a persistir en ella hasta su culminación. Esto el importante si entendemos el aprendizaje como un proceso más allá del logro puntual y que solo será satisfactorio así con un necesario esfuerzo continuo y determinado.
Por ello debemos prestar una marcada atención tanto a los aspectos que nos puedan ayudar a conseguir la motivación de nuestros alumnos, como a aquellas circunstancias que del mismo modo la desfavorezcan con el fin de evitarlas.
Por supuesto no existe una receta mágica que nos permita motivar a los estudiantes; más bien se trata de encontrar las herramientas que como docente atesoramos con el fin de evitar que se produzcan determinadas situaciones en el aula. Para ello debemos en primer lugar evitar desmotivar a nuestros estudiantes y favorecer, en la mayor medida posible, el escenario para que puedan desarrollar todo su potencial y no perderse entre currículums y programas ajenos a sus intereses y necesidades.
El vacío desmotivacional: el enemigo número uno.
Existe un espacio en el aprendizaje al que el docente debe prestar especial atención. Es la distancia que hay entre lo que los alumnos saben y lo que deben aprender. Lo ideal sería que fuese mínimo o inexistente para que se diese un verdadero aprendizaje significativo (Ausbel), aunque esto como veremos resultaría del todo insuficiente. Además, la realidad dista mucho de ser así. Precisamente la desmotivación del alumnado nace de este lugar inhóspito, que existe sin lugar a dudas y que llamaré a partir de ahora vació desmotivacional (VD).
El tamaño del VD está íntimamente ligado con el fracaso escolar. Así, la tarea del profesorado es lograr que este espacio no exista o sea lo más anecdótico posible. Pero no solo eso, como veremos
El vacío desmotivacional (VD) nace de la desconexión en todo proceso de aprendizaje entre lo que se sabe y los nuevos conocimientos a los que nos enfrentamos. Esto provoca en el estudiante una profunda inquietud, ansia, desazón que desemboca en una creciente desmotivación, preámbulo inequívoco del temido fracaso escolar, dentro como veremos de un círculo vicioso difícil de superar.
Sabemos que es una cualidad estrictamente humana conocer cuáles son las carencias de otras personas. Otras especies pueden intuir lo que los otros seres de su grupo saben, pero ni por asomo lo que ignoran, y menos aún sus falsas creencias.
Esto nos empieza a dar una pista del punto de partida del docente: no debe partir únicamente de lo que sus alumnos saben, sino también y especialmente de lo que ignoran. Y cuando digo de lo que ignoran es para poner de manifiesto la importancia que ello tiene no como simple constatación, sino como apoyo inexcusable en todo proceso de aprendizaje. Su desconocimiento debe convertirse precisamente en la base sobre la que se asienten sus nuevas adquisiciones en el sentido de provocarlas, de desearlas por el vacío que precisamente provocan. De nada sirve ofrecer nuevos saberes si estos no nacen de una necesidad o curiosidad a priori. No basta con enlazarlos con los que ya se tienen. Sería algo así como andar sin ir a ninguna parte: todos podemos recorrer grandes distancias, un paso tras otro sin tropezarnos, pero lo que realmente provoca que lo hagamos es una meta determinada, un llegar con un sentido que provocamos antes de comenzar. De ahí que muchos docentes se sientan incapaces de encontrar ese correlato basado en las ideas del aprendizaje significativo que capte, que consiga llegar a los intereses de un público que por formas de entender la enseñanza en nuestras aulas está en muchas ocasiones ausente o perdido. Aparece así una nueva dimensión, un nuevo y sugerente punto de vista a la hora de enfrentarnos al VD.
Ignorancia como base del conocimiento revelador
Erróneamente se piensa que el interés sobre un determinado tema nace de la necesaria vinculación entre lo que el niño sabe previamente y los nuevos contenidos que le son presentados. En este esquema se baraja por una parte lo que el alumno sabe, y por otra los nuevos conocimientos que debe atesorar. Pero estos nuevos saberes poco o nulo interés tienen a prior para nuestros alumnos y alumnas; al contrario, son percibidos la mayoría de las veces como una imposición poco agradable o deseable. Lo que realmente provoca interés, curiosidad, motivación en el alumno nace de lo que ignora que no necesariamente se corresponde con esos nuevos conocimientos que le son “inyectados” sin el necesario y previo interés por asumirlos. Debemos centrarnos primero, y sabiendo lo que el alumno conoce, en las inquietudes que provoca ese conocimiento que ya tiene, que más allá de ser certeras o erróneas, o más allá incluso de tener correlación con los nuevos conocimientos que se les desea transmitir, provocan el interés, la curiosidad necesaria e insustituible para fundamentar verdadero conocimiento.
Indagar en su ignorancia será la garantía primera para superarla
Desecharemos de un plumazo el VD y nos adentraremos en la verdadera forma que da base a la adquisición de lo que llamaré conocimiento revelador.
Como ejemplo, el investigador consigue estar suficientemente motivado precisamente porque parte de su ignorancia para afrontar el reto del descubrimiento, de ese conocimiento revelador (CR) que le llenará de satisfacción. La figura de los alumnos se debe asemejar a la del investigador en su laboratorio que, partiendo de sus conocimientos previos, busca motivado por la curiosidad de lo que desconoce. En nuestras aulas hemos de copiar este esquema básico y exitoso de aprendizaje. Hemos de desechar el esquema basado en el experto que asiste a una conferencia, en nuestro símil sería el alumno, y el conferenciante que ocuparía el lugar de nuestro docente. Aquí el investigador ya viene motivado y con el interés por escuchar sobre un tema concreto que le preocupa y motiva. Los alumnos en sus aulas, generalmente, no vienen de sus casas con ese interés, sino que hemos de ser capaces de provocar esa curiosidad atendiendo a ese espacio valioso de su ignorancia que hemos de tratar que llenen (utilizando nuestra habilidades docentes) de conocimientos, pero siempre, y esto es lo más importante, a partir de la motivación que seamos capaces de despertar al indagar con ellos y con el fin de descubrirles sus vacíos de conocimiento. Solo así se despertará la curiosidad y la motivación necesarias.
Imaginemos que en una clase de matemáticas nuestros alumnos ya saben multiplicar. Para ejercitar la multiplicación más allá del puro algoritmo les planteamos problemas en los que necesiten la multiplicación para resolverlos. Una vez asumida la importancia o necesidad de saber multiplicar para conseguir resolver problemas lo más vivenciales posible, podríamos plantearles ejercicios donde fuese ahora la división el algoritmo necesario. Por supuesto, en principio serán incapaces de lograr descifrar el enigma que les planteemos. Los situaremos delante de su ignorancia, incapaces de responder a una cuestión aparentemente igual a las anteriores y que resolvían a través de la multiplicación. Será ahora el momento de hablarles de la división, de su significado, concepto y sí, como trámite, del algoritmo que utilizamos para resolverlas.
Con este sencillo ejemplo pretendo desterrar esa manera de entender la educación en la que los conocimientos aparecen desnudos, ajenos al mínimo interés o necesidad del estudiante (que nace su ignorancia) y que le conducen en demasiadas ocasiones al aburrimiento, al terrible desencanto que padecen en las aulas.
Se presta mucha más atención en el esquema usual de aprendizaje a las necesidades del docente, obviando el sentido y significación del todo el proceso para el estudiante
A los profesores les resulta lógico y natural encadenar los conocimientos según criterios basados en la percepción del que ya los posee, cuando deberían encontrar su fundamento en la mirada del desconocimiento del alumno y centrados en buscar la motivación de los mismos. El conocimiento debe ser revelador si no quiere caer en un vacío desmotivador que se retroalimente a sí mismo.
Julián Coca
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