Una cosa está muy clara: si Catalunya en Comú hubiese querido, la presidencia del Parlament no estaría en manos del bloque independentista.
Y otra cosa también: en la anterior legislatura la presidencia independentista de la mesa llevó al Parlament a su más triste y oscura versión desde que se constituyó en la actual democracia.
Ante esta incuestionable realidad, no sé muy bien que pasa por la cabeza de determinados dirigentes políticos. No alcanzo tampoco a vislumbrar que se debe llegar a hacer para que se les ponga en cuarentena (legal, legitima y con argumentos y acciones estrictamente políticos) a aquellos que osan destruir lo que ni tan solo contribuyeron a dar forma.
Y todo esto con el beneplácito del señor Domenech y la aquiescencia del señor Iceta, que parecen confundir democracia, verdadera democracia, con tolerancia indebida e injustificada. Les recuerdo a ambos que si alguien se merecía el beneficio de la duda, desde luego no era un representante del bloque independentista, visto lo visto y vivido lo vivido. Una vez más faltó valor y política con mayúsculas.
Solo espero equivocarme y tragarme las palabras que aquí escribo. Quizás nos sorprenda gratamente el nuevo presidente del Parlament. Ojalá. Pero desde luego, ese beneficio a la duda no habría estado dentro de mis planes y se me antoja poco menos que caprichoso, cobarde y desleal. Veremos.
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