“Son pocos los hombres verdaderamente dotados para ejercer el gobierno de
un pueblo...” nos decía Platón hace ya muchos años.
Estaba hablando de una cuestión de máximos. No seré tan exigente hoy y lo
plantearé desde una perspectiva de mínimos a ver como salen retratados de esta rápida
imagen los gobernantes de nuestro Estado.
Para empezar, si ponemos en sus manos algo tan
fundamental como es gobernar, que menos que exigir transparencia en su
labor, tanto interna como externamente... El máximo
dirigente debe tener muy claro todo lo que ocurre en su gobierno. La cadena de
mando no debe nunca eximirle de la responsabilidad última ya que debe conocer
perfectamente su administración y responder en todo momento por ella.
Esto es así por lo que supone adquirir un compromiso social que
siempre irá más allá de la persona. Si se antepone el gobernante a sus
gobernados en cualquier ámbito de su labor deberá dimitir inexcusablemente. De
no ser así, será cesado a través de los mecanismos oportunos para tal efecto.
Si esto no se cumple, el sistema en su totalidad será expresamente corrupto y desleal.
Precisamente ser fiel al compromiso social pone de manifiesto la
irremplazable consistencia que todo dirigente debe ostentar. Se deben cumplir
los compromisos adquiridos de una manera muy notable a fin de conservar lo más
intacta posible la credibilidad, entendida ésta como aquella cualidad
primordial indispensable de todo aquel que se dedica a decidir sobre otros y
para otros.
Como sabemos que la perfección no existe, la autocrítica debe
formar parte del ideario de nuestros mandatarios. Reconocer los errores es el
único y mejor camino para resolverlos y la mayor vacuna contra los egos incontrolados.
Solo entonces aparecerá la ineludible honestidad entendida
como la decencia inexcusable y necesaria que les permita afrontar las dificultades sin ser
rehenes de sí mismos o bajo la excusa de delegar las responsabilidades en
otros.
Y bien, solo con lo dicho vemos como nuestros dirigentes
hoy son poco o nada transparentes. Está ausente de sus idearios el compromiso social y son cada día más inconsistentes
careciendo de la más mínima credibilidad. Por
supuesto la autocrítica es una palabra borrada de sus diccionarios de cabecera
y se comportan, un día sí y otro también, de manera deshonesta viviendo
al margen de las verdaderas dificultades de la ciudadanía.
¿Y alguien dimite? ¿Y a alguien se le cesa? ¿Está exentos nuestros Presidentes de lo aquí señalado? No, no y no. Juzguen ustedes.



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