miércoles, 24 de enero de 2018

Soluciones para el problema del encaje catalán.

Reconozcámoslo todos, España no tiene políticos a la altura de los acontecimientos de los últimos años. Esto es así, una obviedad manifiesta. No vivimos una situación de normalidad democrática y requiere de esos grandes estadísticas que hoy aquí no existen.
Y no pasa nada. El problema viene cuando ante esta situación la población, en su conjunto, no aporta lo que les falta o, cuando lo hace, contribuyen negativamente.

Y entre otras muchas cualidades es una sensibilidad especial una de las habilidades que denotan a esas personas que han sabido a lo largo de la historia enfrentarse a situaciones complejas como las que ahora vivimos.
Ante esto y lo repetiré hasta cansarme o hasta que salten las teclas de mi teclado, es la representación más cultivada de la sociedad la que tiene la obligación, el deber moral, de despertar esa sensibilidad de la que carecen nuestros dirigentes políticos.

Desgraciadamente, lo que ocurre cada día es una intromisión, a veces inocente y otras no tanto, pero muy dañinas de todos aquellos que, gratuitamente o no, aportan su verdad con un grado de reflexión casi inexistente o con una certeza que asombra por su ingenuidad o descarada falsedad. La opinión, legítima y necesaria en toda democracia, se convierte en arma arrojadiza al constituirse como estandarte inflexible de posturas ajenas a realidad alguna.
Dicho esto, los intelectuales deben tomar la palabra con mucha mayor fuerza por el bien de una sociedad que está siendo pasto de vacíos insondables.
Se necesita elevar a un grado más el discurso si se pretende superar dignamente la situación en la que estamos inmersos.
Desde aquí vuelvo a hacer un reclamo, una llamada urgente que ya no admite demora, a todos los que son capaces de articular discursos más allá de la inmediatez del momento y ajenos a intereses políticos que aportan muy poco y terminan complicando aún más la situación. Y a ver, si con suerte y con ayuda de la divina providenencia, consiguen despertar las sensibilidades dormidas de nuestros dirigentes.



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