Reconozcámoslo todos, España no tiene políticos a la
altura de los acontecimientos de los últimos años. Esto es así, una
obviedad manifiesta. No vivimos una situación de normalidad democrática y
requiere de esos grandes estadísticas que hoy aquí no existen.
Y no pasa nada. El problema viene cuando ante esta
situación la población, en su conjunto, no aporta lo que les falta o, cuando lo
hace, contribuyen negativamente.
Y entre otras muchas cualidades es una sensibilidad
especial una de las habilidades que denotan a esas personas que han sabido a
lo largo de la historia enfrentarse a situaciones complejas como las que ahora
vivimos.
Ante esto y lo repetiré hasta cansarme o hasta que salten
las teclas de mi teclado, es la representación más cultivada de la sociedad
la que tiene la obligación, el deber moral, de despertar esa sensibilidad de la
que carecen nuestros dirigentes políticos.
Desgraciadamente, lo que ocurre cada día es una
intromisión, a veces inocente y otras no tanto, pero muy dañinas de todos
aquellos que, gratuitamente o no, aportan su verdad con un grado de reflexión casi
inexistente o con una certeza que asombra por su ingenuidad o descarada
falsedad. La opinión, legítima y necesaria en toda democracia, se convierte en
arma arrojadiza al constituirse como estandarte inflexible de posturas ajenas a
realidad alguna.
Dicho esto, los intelectuales deben tomar la palabra con
mucha mayor fuerza por el bien de una sociedad que está siendo pasto de vacíos
insondables.
Se necesita elevar a un grado más el discurso si se
pretende superar dignamente la situación en la que estamos inmersos.
Desde aquí vuelvo a hacer un reclamo, una
llamada urgente que ya no admite demora, a todos los que son capaces de articular
discursos más allá de la inmediatez del momento y ajenos a intereses políticos
que aportan muy poco y terminan complicando aún más la situación. Y a ver, si con suerte y con ayuda de la divina providenencia, consiguen despertar las sensibilidades dormidas de nuestros dirigentes.
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