La democracia no
es perfecta, como no lo somos las personas. Pero si es un lugar de encuentro
basado en unas normas mínimas de convivencia donde se respetan las distintas
sensibilidades del pueblo, siendo los responsables políticos los encargados de
encauzarlas y ponderarlas para evitar al máximo las imperfecciones democráticas
como representación soberana (la democracia no es perfecta, como no lo
somos las personas),
que siempre las hubo y las habrá.
Cuando esta
función básica del político se pierde el resultado es demoledor.
Y en Catalunya...
Desde Catalunya
parte de la clase política ha roto esta forma mínima irrenunciable. Incluso aunque
los fines puedan ser legítimos, si las formas son las inadecuadas está
absolutamente deslegitimado lo que se busque o a lo que se aspire. Y al
contrario, aunque lo que se persiga pueda ser cuestionable, si las formas son
las correctas deberá ser respetado. Esa y no otra es la esencia de la
democracia, la que nos aleja de la barbarie y la que al político le permite,
por ejemplo, digerir las derrotas electorales. Son las reglas del juego y
esencia de la democracia.
Lo demás cuenta
poco si olvidamos esto, es pura sofística demagógica que permite argumentar
retorcidamente casi cualquier cosa, tanto desde un bando como desde el otro o incluso
desde las fuerzas llamadas transversales que intentan hacer filigranas y
malabarismos imposibles.
Hay que volver al
origen del problema, sin que tiemble el pulso y sin complejos. Y luego
modificar todo lo necesario desde verdaderos planteamientos democráticos. Solo
así se saldrá del atolladero en que se encuentra la política catalana.
El traidor a la
causa es ni más ni menos aquella persona que afronta su deber y es capaz de
considerar y determinar aquello que persigue pero dentro del marco democrático
desde el que se pronuncia, incluso para luego modificarlo. Y lo hace de
espaldas tanto a los que defendían una causa pero de forma antidemocrática,
como a los que la rechazaban desde la democracia que intenta modificar, pero ahora
sí, inteligentemente desde ella misma.
Y ese traidor
estará solo, pero con tal carga democrática que nadie, absolutamente nadie, lo
podrá parar.