miércoles, 28 de marzo de 2018

La democracia no es perfecta, como no lo somos las personas


La democracia no es perfecta, como no lo somos las personas. Pero si es un lugar de encuentro basado en unas normas mínimas de convivencia donde se respetan las distintas sensibilidades del pueblo, siendo los responsables políticos los encargados de encauzarlas y ponderarlas para evitar al máximo las imperfecciones democráticas como representación soberana (la democracia no es perfecta, como no lo somos las personas), que siempre las hubo y las habrá.


Cuando esta función básica del político se pierde el resultado es demoledor.


Y en Catalunya...

Desde Catalunya parte de la clase política ha roto esta forma mínima irrenunciable. Incluso aunque los fines puedan ser legítimos, si las formas son las inadecuadas está absolutamente deslegitimado lo que se busque o a lo que se aspire. Y al contrario, aunque lo que se persiga pueda ser cuestionable, si las formas son las correctas deberá ser respetado. Esa y no otra es la esencia de la democracia, la que nos aleja de la barbarie y la que al político le permite, por ejemplo, digerir las derrotas electorales. Son las reglas del juego y esencia de la democracia.

Lo demás cuenta poco si olvidamos esto, es pura sofística demagógica que permite argumentar retorcidamente casi cualquier cosa, tanto desde un bando como desde el otro o incluso desde las fuerzas llamadas transversales que intentan hacer filigranas y malabarismos imposibles.
Hay que volver al origen del problema, sin que tiemble el pulso y sin complejos. Y luego modificar todo lo necesario desde verdaderos planteamientos democráticos. Solo así se saldrá del atolladero en que se encuentra la política catalana.

El traidor a la causa es ni más ni menos aquella persona que afronta su deber y es capaz de considerar y determinar aquello que persigue pero dentro del marco democrático desde el que se pronuncia, incluso para luego modificarlo. Y lo hace de espaldas tanto a los que defendían una causa pero de forma antidemocrática, como a los que la rechazaban desde la democracia que intenta modificar, pero ahora sí, inteligentemente desde ella misma.

Y ese traidor estará solo, pero con tal carga democrática que nadie, absolutamente nadie, lo podrá parar.

martes, 27 de marzo de 2018

Y esto es España


España, país al norte de África y al sur de Europa, fue cuna de gloria pasada pero durante este siglo y el XX es y fue azote de mediocridad en estado superlativo. Sin duda es una potencia en el mundo y esto a pesar de encontrarse a merced de una clase dirigente tullida, bochornosa y de una bajeza que asombra hasta hacer enrojecer de vergüenza ajena.

           
Que sería de nosotros si nos quitarán el turismo, la lotería y el saber hacer del talento español. Esto da para una tesis.


Ya Unamuno nos decía poco antes de morir en el 36, -fatídico año por la que se avecinaba y por la que había-, que las Españas, todas malas, se agredían en un sinsentido desconcertante y lo que era peor aún, descorazonador.


Ha llovido desde entonces: una guerra incivil y fratricida, una larga dictadura y una más larga democracia que lamentablemente escogió el camino equivocado y se empecina en seguir haciendo ruin su recorrido entre corrupciones intolerables y lo que es todavía peor por no aprender ni practicar nadie: a reconocer el mea culpa.

Reconocer la culpa no es solo un “lo siento” que dispense, que ni eso hacen por cierto. Sería aun así muy poco y estéril. Es mucho más. Nos vacuna contra el mal  sobre el que reconocemos la culpa y lo que es todavía mejor: nos predispone voluntariamente a enderezar el camino errado.

Pero claro, los españolitos tenemos en el tuétano incrustado esa falta absoluta de reconocimiento de la culpa en carne propia: siempre hay un otro al que señalar inquisitoriamente. Que desgracia la nuestra.


Y ahí vamos. Nuestros dirigentes son consumados y entrenados artífices de semejante mal demoledor de principios y razones. Para colmo se les señala como astutos y la verdad, no sin razón; se conoce al astuto por llevarse el gato al agua y obtener el provecho necesario aunque sea a través de engaños y mentiras. Perfectos sofistas, sin duda.

No volveré a votar en elección alguna (lo cual es para mí un profundo pesar) hasta que vea dimisiones fulminantes, voluntarias o forzadas, en las filas de los partidos políticos que tanto mal están haciendo a España desde hace demasiado tiempo. Es decir, de todos.


Para acabar, querido Unamuno, sigue descansado en paz. Desde que te fuiste poco hemos avanzado. Y que nadie se engañe pensado lo contrario. La riqueza, la auténtica riqueza de un país es algo más, mucho más, que euros y frivolidades.

jueves, 15 de marzo de 2018

L’educació mai és una conquesta acabada.


L’escola com el lloc on els infants anaven a aprendre ha existit com a tal des de fa una pila d’anys. Ara ens repensem si la forma d’educar a les nostres escoles és la més adient, tot i assumint que la labor d’educar forma part de tota la comunitat, i no dic educativa, sinó comunitat com a un tot que determina allò que els nostres fills i les nostres filles reben des de ben començament i al llarg de la resta de la seva vida, perquè cal recordar també que l’educació mai és una conquesta acabada.


Llavors, que és això que avui pensen que no fent prou bé per replantejar-nos allò que fent, i, ara si, concretament a les nostres escoles? Doncs la resposta sembla ben senzilla: per que fent allò que es feia des de fa massa temps, obviant que els nostres alumnes requereixen una altre manera d’afrontar el repte que implica hores d’ara l’aprenentatge.


Avui la quantitat d’informació que tenint al nostre abast amb només tocar un botó es brutal. Ja no es tracta d'esbrinar on és la informació per després mira d'aprendre allò buscat i intentar assolir el màxim botí de la nostra recerca. Amb això el que pretén és posar de manifest que cal replantejar la figura del mestre a l’escola i el seu paper s´ha d’actualitzar sense perdre ni un segon més. 

Els docents ja no son aquelles persones que semblava que sabien tot el s’havia de saber; més aviat han de ser el moll que impulsi i permeti que els alumnes i les alumnes aprenguin a manejar-se hàbilment a la nostra societat i, el que és important, aprofitant al màxim les seves necessitats-realitats concretes. Potser es pot parlar de mínims per a tots, però mai de coneixements i continguts iguals i homogenis per a tothom: això és una aberració pedagògica que porten a les esquenes des de fa massa temps.


Quina es la millor manera de fer això? Doncs aquesta pregunta només la poden contestar els propis docents. Ningú més. De fet, no existeix una manera millor o única de fer-ho, sinó tota una sèrie de estratègies encaminades a tal propòsit. Parlant d'això, es una llàstima que les nostres mestres i els nostres mestres no interactuïn més en espais reals i/o virtuals entre ells de forma sistemàtica, per tal de intercanviar i millorar la seva experiència docent. Hauria de forma part de la seva tasca remunerada. Apostar per l’educació és la millor aposta possible.



Em sembla, dit això, que si que hi han algunes premisses que ningú hauria d’obviar. Sigui el que sigui el procediment o la manera de encarar per part del mestre la seva tasca, el respecte així com la motivació haurien de ser sempre presents a les aules. El primer per garantir la convivència adient i necessària entre un grup de persones que per necessitat han de treballar unides i amb mútua col·laboració; la segona perquè és la font de la que beu tot procés que vulgui engrescar activament als seus participants: educar avui no es pot comprendre sense l'actuació real i decidida dels alumnes en el seu procés d’aprenentatge. Han de processar la informació per donar respostes efectives a situacions reals per tal de desenvolupar la suficiència que la societat requereix per tal de arribar a ser un bon ciutadà. En altres paraules: l’escola creadora de magatzems d’informació puntual i efímera està absolutament esgotada; hem d’apostar per espais de creació que fomentin el sentit crític, creatiu i curós i, sens dubte, el pensament propi.


Tots estem obligats a pensar i a actuar com no pot ser d’una altra manera, mirem doncs la forma d'aprendre, des de ben començament, a fer-ho millor. Sempre es pot.

domingo, 11 de marzo de 2018

Dónde estáis democracias¡¡¡



El régimen totalitario Chino cada día se parece más a una dictadura pura y dura. Por otras latitudes la situación no es muy diferente y vemos como a Nicolás Maduro también se le tacha de dictador sin tapujos.

Cada día me da más la impresión que nuestras nobles democracias modernas, desde la norteamericana representada por Trump hasta las Europeas, que cada día se escinden más entre ellas y dentro de ellas, ofrecen una imagen muy pobre y poco seductora para aquellos que deberían avanzar en la dirección que hicieron estas. 

Somos nosotros, los que ostentamos la categoría de demócratas, los que debemos empezar a mejorar y depurar nuestra forma de gobierno, y las relaciones entre los mismos, si pretendemos convertirnos en la imagen a seguir por otros que, visto lo visto, parece que empiezan a buscar otros ejemplos del pasado, supuestamente superados, sin el menor complejo.

La democracia debe reivindicarse con fuerza y con realidades que dejen de torpedearla desde ella misma. Ser demócrata exige algo más que declararse como tal: requiere un verdadero compromiso con los valores que representa más allá de estúpidos partidismos o insensatas actuaciones delirantes que tan de moda están en este comienzo del siglo XXI, para desgracia de todo el planeta.


viernes, 9 de marzo de 2018

Nacionalismo, o no.


En Catalunya se acertó de lleno en el diagnóstico pero se erró totalmente en la receta. 

España necesita una cura de urgencia en muchos aspectos, y de eso no cabe la menor duda. Y cuando digo España, incluyo a la comunidad catalana. Hasta ahí estamos de acuerdo los independentistas catalanes y yo. En la solución a la enfermedad es donde barajamos remedios tremendamente distintos.

La solución del independentismo todos la conocemos, la mía la explico en unos párrafos.

El mal que recorre la esencia de nuestra España difiere muy poco, o más bien en nada, del que recorre la de una parte de ésta, que es Cataluña. Pensar que la República Catalana gozará de la salud que ahora no tiene por culpa de un virus que llaman España, es poco menos que ver la solución a un cáncer partiéndolo en dos: seguramente lo único que lograremos será que se reproduzca con más celeridad el mal.

O acaso se puede defender que los problemas endémicos de aquí, los mismos que los de allí, son menos problemas o, peor todavía, que solos lo haremos mejor por ser más…lo que sea.
Pues no. Esa no es la solución. Más bien es la constatación de cómo los nacionalismos han sido y son ciegos a sus propios defectos y han intentado siempre exculparse en el otro, cuando este otro no era más que uno mismo entendiéndose como algo rico y diverso.

Este sentido excluyente es dañino en esencia al utilizar lo que particulariza para desunir y al negar lo que une y da sentido a la esencia hasta del mismo nacionalismo excluyente, pero que éste no lo ve o quiere ver. Por eso yo nunca sería nacionalista, y me da igual lo de catalán, alsaciano o escocés, si formará parte de un espacio democrático como al que pertenecen y dan forma estas regiones citadas.

Yo hoy soy incapaz de pensar España sin Cataluña, o Galicia o Extremadura. Las particularidades de cada región, parte o llámese como se quiera, son precisamente las que conforman un Estado que llamamos España, y lo más importante y que obvian los nacionalistas, las que enriquecen de igual manera a cada una de las partes.

Es por eso que en los nacionalismos siempre termina surgiendo la figura del traidor a la causa que se convierte en el más feroz adversario y, a la vez, desleal, renegado y desertor a los ojos de los separatistas. Simplemente termina re-conociéndose.

La modernidad exige que lo que atañe a lo humano tenga cada día menos barreras y abrace sin complejos las diferencias bajo el reconocimiento y respeto mutuo siendo solidarios que cooperen sin manías ni obsesiones. Eso es avanzar; lo demás, llegados a este punto, es dar un paso atrás que suma muy poco y resta muchísimo.

8 de marzo


Ineficacia. Esa es la palabra que me viene a la mente cuando pienso en el 8 de marzo recién pasado. Ante una cuestión tan obvia no deberíamos manifestarnos ni hacer huelga. Algo estamos haciendo muy mal, rematadamente mal.

Es totalmente insignificante lo que yo piense, pero no lo es el hecho de que estas demostraciones, exteriorizaciones o exhibiciones de un reclamo que no debería ni darse sirvan de bien poco. Y esto es así porque una cosa es denunciar y otra muy distinta ejercer la acción necesaria para evitar esa denuncia. Es decir, muchísimas de las personas que se declararon en huelga o manifestaron, de manera totalmente legítima, son las que luego en su quehacer diario descuidan enormemente, tanto en casa como en el trabajo, aquello que exigían o reivindicaban.

Ante el inaceptable hecho de que exista la más mínima discriminación en cualquier ámbito por cuestión de sexo (que existe sin duda) la solución no pasa por denunciar lo que ya sabemos todos, o mejor dicho, no sirve de nada hacerlo.

Si después del día X, dónde los puños se alzan en señal de denuncia pública, luego el resto de los días esos mismos puños golpean o permiten que la situación denunciada se repita incansablemente en los hogares y en el mundo laboral, como así es, me parece hasta dantesco vanagloriarse de hazañas efímeras de un día.

Veo, me cansó de ver, como todo sigue igual. Entiendo perfectamente a todas las personas que no quisieran sumarse a la huelga por entender que la cosa no iba con ellas. Y por una razón muy simple: en su día a día eso ya forma parte del pasado. Algunos luego incluso las tachan de personas insolidarias, cuando la realidad es bien distinta. Estas supuestas personas poco solidarias son las que no permiten que en su entorno semejantes aberraciones tengan cabida. En cuestiones tan meridianamente diáfanas como ésta, la denuncia es ya la constatación del fracaso ante lo denunciado: ya solo cabe la actuación concreta y determinada.

Me podrán decir que no está de más hacerlo por eso de que sea más visible. Esto hay que verlo en el día a día, en todos los actos que llevamos a cabo y en todos los segundos que rellenan nuestro tiempo. La Ley, que yo sepa, no permite discriminación alguna al respecto. Si las hay, denuncias; tantas como sean necesarias. En lo social o más personal, intransigencia absoluta ante la más mínima actuación vejatoria contra la mujer o contra el hombre por el hecho de ser mujeres o ser hombres. Es un mecanismo que ya deberíamos tener interiorizado de manera automática. No hay posible debate o discusión al respecto. No hay un otro contra el que manifestarse o mostrar nuestra disconformidad. ¿Entonces, manifestarse, hacer huelga? Tiene poco sentido por improductivo. Debería ser una acción hace demasiado tiempo superada.

Aquí apelo a la consciencia de cada cual porque no hay posicionamientos posibles: solo hay uno. Actuemos de manera decidida, tanto pública como privadamente, en cada segundo de cada uno de los días de nuestra vida. Eso sí que será eficaz.


lunes, 5 de marzo de 2018

La nueva izquierda española


Tras las recientes elecciones italianas vemos como la emergencia de nuevos partidos políticos configuran un arco parlamentario muy fragmentado y, consecuentemente, de difícil conformación de gobierno.

Vimos también como pasó esto en Alemania y antes en España. Y ahí me quedo hoy, en España.

Tenemos muy poca memoria o si la tenemos en muy selectiva. Yo más bien me inclino a pensar esto último. Y digo esto porque estoy cansado de oír a Pablo Iglesias echarle la culpa de todo al partido popular y, particularmente, a Mariano Rajoy. No milito en el PP ni siento una simpatía especial hacia su presidente, pero lo que si recuerdo con total claridad es como el señor Iglesias tuvo en su mano despojar de la presidencia a Rajoy y no lo hizo.

La historia posterior no hace falta contarla, todos la conocemos muy bien. Y sí, una vez más, en el gran problema catalán que sacude a España y especialmente a los catalanes, el señor presidente del gobierno tiene una gran culpa a los ojos del primer secretario del partido morado. Pues yo le digo desde aquí que usted también la tiene al no permitir que un presidente de un partido de izquierdas gobernase España. Estuvo en su mano, pero prefirió no hacerlo por eso de andar por medio también C's, ese terrible partido también culpable hasta de lo que no ha hecho pero que, según sus planteamientos señor Iglesias, fue suficiente para no permitir que Sánchez gobernase.  Quizás pasó por alto, que como ocurre con la democracia, debemos quedarnos con la opción que consideremos menos mala. 

Pero lo que todavía me apena más es saber que aunque muchos militantes de Podemos, e incluso mandatarios, opinan algo parecido a lo aquí expresado no lo dirán, ni tan solo escondidos en el anonimato detrás de un comentario a estas letras. Son perfectos sabedores de que si lo hacen sufrirán el azote que ya padecieron otros mientras, miserablemente, desde lo más alto de su partido se defiende con el puño en alto, y déjenme decir los principios por los suelos, la libertad de expresión. Esa es nuestra nueva izquierda, decidan ustedes.