España, país al norte de África y
al sur de Europa, fue cuna de gloria pasada pero durante este siglo y el XX es y
fue azote de mediocridad en estado superlativo. Sin duda es una potencia en el
mundo y esto a pesar de encontrarse a merced de una clase dirigente tullida,
bochornosa y de una bajeza que asombra hasta hacer enrojecer de vergüenza ajena.
Que sería de
nosotros si nos quitarán el turismo, la lotería y el saber hacer del talento
español. Esto da para una tesis.
Ya Unamuno nos decía poco antes
de morir en el 36, -fatídico año por la que se avecinaba y por la que había-,
que las Españas, todas malas, se agredían en un sinsentido desconcertante y lo
que era peor aún, descorazonador.
Ha llovido desde entonces: una
guerra incivil y fratricida, una larga dictadura y una más larga democracia
que lamentablemente escogió el camino equivocado y se empecina en seguir
haciendo ruin su recorrido entre corrupciones intolerables y lo que es todavía
peor por no aprender ni practicar nadie: a reconocer el mea culpa.
Reconocer la culpa no es solo un
“lo siento” que dispense, que ni eso hacen por cierto. Sería aun así muy
poco y estéril. Es mucho más. Nos vacuna contra el mal sobre el que reconocemos la culpa y lo que es todavía mejor: nos predispone voluntariamente
a enderezar el camino errado.
Pero claro, los españolitos
tenemos en el tuétano incrustado esa falta absoluta de reconocimiento de la culpa
en carne propia: siempre hay un otro al que señalar inquisitoriamente. Que
desgracia la nuestra.
Y ahí vamos. Nuestros dirigentes
son consumados y entrenados artífices de semejante mal demoledor de principios
y razones. Para colmo se les señala como astutos y la verdad, no sin razón; se
conoce al astuto por llevarse el gato al agua y obtener el provecho necesario
aunque sea a través de engaños y mentiras. Perfectos sofistas, sin duda.
No volveré a votar en elección
alguna (lo cual es para mí un profundo pesar) hasta que vea dimisiones
fulminantes, voluntarias o forzadas, en las filas de los partidos políticos que
tanto mal están haciendo a España desde hace demasiado tiempo. Es decir, de
todos.
Para acabar, querido Unamuno,
sigue descansado en paz. Desde que te fuiste poco hemos avanzado. Y que nadie
se engañe pensado lo contrario. La riqueza, la auténtica riqueza de un país es
algo más, mucho más, que euros y frivolidades.
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