En Catalunya se
acertó de lleno en el diagnóstico pero se erró totalmente en la receta.
España necesita
una cura de urgencia en muchos aspectos, y de eso no cabe la menor duda. Y
cuando digo España, incluyo a la comunidad catalana. Hasta ahí estamos de
acuerdo los independentistas catalanes y yo. En la solución a la enfermedad es
donde barajamos remedios tremendamente distintos.
La solución del
independentismo todos la conocemos, la mía la explico en unos párrafos.
El mal que
recorre la esencia de nuestra España difiere muy poco, o más bien en nada, del
que recorre la de una parte de ésta, que es Cataluña. Pensar que la República
Catalana gozará de la salud que ahora no tiene por culpa de un virus que llaman
España, es poco menos que ver la solución a un cáncer partiéndolo en dos:
seguramente lo único que lograremos será que se reproduzca con más celeridad el
mal.
O acaso se puede
defender que los problemas endémicos de aquí, los mismos que los de allí, son
menos problemas o, peor todavía, que solos lo haremos mejor por ser más…lo que
sea.
Pues no. Esa no
es la solución. Más bien es la constatación de cómo los nacionalismos han sido
y son ciegos a sus propios defectos y han intentado siempre exculparse en el
otro, cuando este otro no era más que uno mismo entendiéndose como algo rico y
diverso.
Este sentido
excluyente es dañino en esencia al utilizar lo que particulariza para desunir y
al negar lo que une y da sentido a la esencia hasta del mismo nacionalismo
excluyente, pero que éste
no lo ve o quiere ver. Por eso yo nunca sería nacionalista, y me da
igual lo de catalán, alsaciano o escocés, si formará parte de un espacio
democrático como al que pertenecen y dan forma estas regiones citadas.
Yo hoy soy
incapaz de pensar España sin Cataluña, o Galicia o Extremadura. Las particularidades
de cada región, parte o llámese como se quiera, son precisamente las que
conforman un Estado que llamamos España, y lo más importante y que obvian los nacionalistas,
las que enriquecen de igual manera a cada una de las partes.
Es por eso que en
los nacionalismos siempre termina surgiendo la figura del traidor a la causa
que se convierte en el más feroz adversario y, a la vez, desleal, renegado y
desertor a los ojos de los separatistas. Simplemente termina re-conociéndose.
La modernidad
exige que lo que atañe a lo humano tenga cada día menos barreras y abrace sin
complejos las diferencias bajo el reconocimiento y respeto mutuo siendo
solidarios que cooperen sin manías ni obsesiones. Eso es avanzar; lo demás, llegados
a este punto, es dar un paso atrás que suma muy poco y resta muchísimo.
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