viernes, 9 de marzo de 2018

Nacionalismo, o no.


En Catalunya se acertó de lleno en el diagnóstico pero se erró totalmente en la receta. 

España necesita una cura de urgencia en muchos aspectos, y de eso no cabe la menor duda. Y cuando digo España, incluyo a la comunidad catalana. Hasta ahí estamos de acuerdo los independentistas catalanes y yo. En la solución a la enfermedad es donde barajamos remedios tremendamente distintos.

La solución del independentismo todos la conocemos, la mía la explico en unos párrafos.

El mal que recorre la esencia de nuestra España difiere muy poco, o más bien en nada, del que recorre la de una parte de ésta, que es Cataluña. Pensar que la República Catalana gozará de la salud que ahora no tiene por culpa de un virus que llaman España, es poco menos que ver la solución a un cáncer partiéndolo en dos: seguramente lo único que lograremos será que se reproduzca con más celeridad el mal.

O acaso se puede defender que los problemas endémicos de aquí, los mismos que los de allí, son menos problemas o, peor todavía, que solos lo haremos mejor por ser más…lo que sea.
Pues no. Esa no es la solución. Más bien es la constatación de cómo los nacionalismos han sido y son ciegos a sus propios defectos y han intentado siempre exculparse en el otro, cuando este otro no era más que uno mismo entendiéndose como algo rico y diverso.

Este sentido excluyente es dañino en esencia al utilizar lo que particulariza para desunir y al negar lo que une y da sentido a la esencia hasta del mismo nacionalismo excluyente, pero que éste no lo ve o quiere ver. Por eso yo nunca sería nacionalista, y me da igual lo de catalán, alsaciano o escocés, si formará parte de un espacio democrático como al que pertenecen y dan forma estas regiones citadas.

Yo hoy soy incapaz de pensar España sin Cataluña, o Galicia o Extremadura. Las particularidades de cada región, parte o llámese como se quiera, son precisamente las que conforman un Estado que llamamos España, y lo más importante y que obvian los nacionalistas, las que enriquecen de igual manera a cada una de las partes.

Es por eso que en los nacionalismos siempre termina surgiendo la figura del traidor a la causa que se convierte en el más feroz adversario y, a la vez, desleal, renegado y desertor a los ojos de los separatistas. Simplemente termina re-conociéndose.

La modernidad exige que lo que atañe a lo humano tenga cada día menos barreras y abrace sin complejos las diferencias bajo el reconocimiento y respeto mutuo siendo solidarios que cooperen sin manías ni obsesiones. Eso es avanzar; lo demás, llegados a este punto, es dar un paso atrás que suma muy poco y resta muchísimo.

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