Ineficacia. Esa es la palabra que me
viene a la mente cuando pienso en el 8 de marzo recién pasado. Ante una
cuestión tan obvia no deberíamos manifestarnos ni hacer huelga. Algo estamos
haciendo muy mal, rematadamente mal.
Es totalmente insignificante lo que yo
piense, pero no lo es el hecho de que estas demostraciones, exteriorizaciones o
exhibiciones de un reclamo que no debería ni darse sirvan de bien poco. Y
esto es así porque una cosa es denunciar y otra muy distinta ejercer la acción
necesaria para evitar esa denuncia. Es decir, muchísimas de las personas
que se declararon en huelga o manifestaron, de manera totalmente legítima, son
las que luego en su quehacer diario descuidan enormemente, tanto en casa como
en el trabajo, aquello que exigían o reivindicaban.
Ante
el inaceptable hecho de que exista la más mínima discriminación en cualquier
ámbito por cuestión de sexo (que existe sin duda) la solución no pasa por
denunciar lo que ya sabemos todos, o mejor dicho, no sirve de nada hacerlo.
Si
después del día X, dónde los puños se alzan en señal de denuncia pública, luego
el resto de los días esos mismos puños golpean o permiten que la situación
denunciada se repita incansablemente en los hogares y en el mundo laboral, como
así es, me parece hasta dantesco vanagloriarse de hazañas efímeras de un día.
Veo,
me cansó de ver, como todo sigue igual. Entiendo perfectamente a todas las
personas que no quisieran sumarse a la huelga por entender que la cosa no iba
con ellas. Y por una razón muy simple: en su día a día eso ya forma parte del
pasado. Algunos luego incluso las tachan de personas insolidarias, cuando la
realidad es bien distinta. Estas supuestas personas poco solidarias son
las que no permiten que en su entorno semejantes aberraciones tengan cabida. En
cuestiones tan meridianamente diáfanas como ésta, la denuncia es ya la constatación
del fracaso ante lo denunciado: ya solo cabe la actuación concreta y
determinada.
Me
podrán decir que no está de más hacerlo por eso de que sea más visible. Esto
hay que verlo en el día a día, en todos los actos que llevamos a cabo y en todos los
segundos que rellenan nuestro tiempo. La Ley, que yo sepa, no permite discriminación
alguna al respecto. Si las hay, denuncias; tantas como sean necesarias. En lo
social o más personal, intransigencia absoluta ante la más mínima actuación
vejatoria contra la mujer o contra el hombre por el hecho de ser mujeres o ser hombres. Es
un mecanismo que ya deberíamos tener interiorizado de manera automática. No hay
posible debate o discusión al respecto. No hay un otro contra el que
manifestarse o mostrar nuestra disconformidad. ¿Entonces, manifestarse, hacer huelga?
Tiene poco sentido por improductivo. Debería ser una acción hace demasiado tiempo superada.
Aquí
apelo a la consciencia de cada cual porque no hay posicionamientos posibles: solo hay uno. Actuemos de manera decidida, tanto pública como privadamente, en
cada segundo de cada uno de los días de nuestra vida. Eso sí que será eficaz.
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