Hace ya algunos años le pregunté a un monje sobre sus pasiones terrenales y éste me respondió que debajo del hábito, mejor dicho, que si rascaba debajo del hábito aparecía la persona.
Lo interesante de la respuesta es eso que llamamos hábito. No es de extrañar que el mismo Hume llegase a decir que los hábitos de la persona son más poderosos que la propia razón en los pasos que da en su día a día. Hacemos muchísimas cosas por hábito. Tantas que a veces resulta difícil buscar acciones en nuestro proceder que no sean habituales. Nos ayudan a sentirnos seguros y nos hacen el camino más fácil. Imaginar, por poner un ejemplo extrapolable a cualquier otra acción cotidiana, la primera vez que os pusisteis al volante de un vehículo lo complicado y difícil que era todo: acelerar, cambiar de marcha, mirar a una lado y a otro, embragar, poner y quitar el intermitente...y todo a la vez¡¡¡ Pues nada, ahora lo hacemos sin darnos cuenta al tenerlo absolutamente interiorizado. Nuestros queridos hábitos son nuestros perfectos aliados para sentirnos bien y cómodos.
Pero claro, que pasa cuando nuestros hábitos en los que estamos profundamente instalados no son los más adecuados. Y el problema no empieza aquí, sino en si ni tan sólo vislumbramos que quizás éstos no son los más convenientes para mi. Porque eso si, cuando un hábito se instala no se suelta sin más.
Para eso están las recetas más que consabidas de cambio de hábitos para mejorar. Es un pim, pam, pum. Si primero lo ves claro, entiendes que puedes mejorar en una acción, simplemente tienes que aplicar esta acción repetidamente hasta que desplace a la instalada.
En el tema concreto de la Gestión Directiva al que hace alusión el título no se escapa de esta obviedad. Veamos. Dentro de una empresa el último operario seguramente también será víctima de sus hábitos, mas o menos productivos en su quehacer laboral, pero la repercusión será totalmente diferente a la de los hábitos de sus directivos. Los de éstos pueden ejercer un impulso mucho más poderoso a la empresa o, al contrario, condenarla al más profundo de los infiernos. Además a esto se añade que los hábitos del operario se cambian según mandatos; los del directivo si no tiene quien le "mande" adecuadamente pueden ser desbastadores. Muchas veces quien da la voz de alarma son los resultados, pero siempre hay otro a quien culpabilizar: los vagos de la cadena de montaje, los comerciales poco productivos o la puñetera crisis, que se yo. Para eso está la figura del asesor, consultor, coaching o como se le quiere llamar que nos ayudan a aplicar fórmulas concretas a situaciones conocidas.
Pero si hilamos más fino e intentamos salir del capítulo de empresa y adentrarnos en la historia vida, ¿que pasa aquí? A mi modo de ver, curiosamente aquellos que nunca han dado respuestas concretas a nada a lo largo de la historia, sino más bien han abierto preguntas cuestionando lo obvio y lo no tan obvio, son los principales vigilantes de la peligrosa habitualidad. Me refiero a los filósofos que en su continuo afán por buscar lo que saben antes de partir que no encontrarán, marcan las líneas para que los demás seamos capaces de seguir nuevos senderos. Esto me invita a hablar de lo útil de la filosofía, pero ahora me voy a dormir... que es algo habitual.
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