Parece obvio y a nadie se le escapa que vivimos en un momento de información desmedida. Son mil y una las noches que nos metemos en la cama habiendo sido pasto de un bombardeo continuo de información polifónico. Las nuevas tecnologías nos abrazan en cualquier momento y en cualquier lugar. Ya no hay espacio para una tranquila conversación sin que medie una llamada o un mensaje. No me extrañaría que pronto empezasen a proliferar Cafés en los que estuviese prohibida la entrada a teléfonos móviles activos o cualquier otro medio de comunicación que fuese más allá de la propia voz. Las cibercafeterías tan de moda hace poco darán paso a las Cafeterías Solo...pero acompañado.
Hace un tiempo era costumbre sacar el paquete de tabaco y el encendedor y ponerlo encima de la mesa. Antes ya lo fue para los vaqueros poner las pistolas. Hoy ponemos los móviles. Pero no es exactamente lo mismo. El tabaco y las pistolas, aunque dañinos ambos para la salud, propiciaban conversaciones o ahuyentaban las inapropiadas. El móvil provoca una dependencia muy especial cuando poseído empieza a temblar encima de la mesa. Da igual de lo que se esté hablando y con quien: tiene preferencia total el absurdo del mensaje o la estupidez de turno. Por cierto, necedad que a buen seguro recorrerá los móviles de los contertulios con el fin de que estos continúen la cadena hasta el infinito y más allá...
Pero quizás lo preocupante del asunto no sea tanto el aluvíón de contenidos vacíos que circulan, sino lo vacías que se quedan nuestra cabezas de otros menesteres como el simple acto de pensar. Tenemos tanta información irrelevante que lo importante pasa desapercibido, casi de puntillas sin hacer ruido y sin despertar reflexiones necesarias y sanas.
El orden quizás podría ser: información, reflexión y acción. El orden sin duda es: información, información, información, información...sigo el rebaño.
Vemos así que estamos profundamente informados pero no tenemos la formación (in-formados) suficiente y necesaria para cribar y calibrarla en su justa medida. Estoy absolutamente convencido de que las personas que deciden no usar ciertas tecnologías o hacerlo de una manera consciente y responsable, aciertan muchísimo más en sus actos que las ciberinformadas, que somos la mayoría.
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