Hace algunas semanas escribí algo sobre lo difícil que le
resultaba a una maestra motivar a sus alumnos. Le dije que se conformara con no
desmotivarlos, que ya era bastante. Creo que le dije muy poco. Intentaré añadir
algo más que me parece fundamental.
Para
empezar, ¿Por qué creo que los desmotivaba?
Desde el
momento que se planteaba este dilema la descarto como mala maestra; los hay a
cientos que les preocupa muy poco esto de la motivación, pero desde luego no
era su caso.
De alguna
manera -y no es con intención de disculpar a esos cientos-, la pobre
estaba condenada a desmotivarlos. Nuestro sistema educativo es muy malo, o
mejor dicho, muy cobarde.
Muy
cobarde por parte de los gobernantes, que no se atreven, supongo que sus
intereses tendrán, a hacer lo que deberían; y no es otra cosa que escuchar a
los profesionales en la materia. Y muy cobarde también por parte de los
profesionales; aún a sabiendas en muchos casos que es lo que deberían hacer, no
lo hacen.
Está claro
que si estuviese en un cole acabaría en la calle. Pero eso importa menos que
nada.
Lo que
sí es importante es comprender que no hay ninguna razón coherente para exigir
que todos los alumnos aprendan de la misma manera, al igual que no hay ninguna razón para
que todos vistamos igual, nos gusten las mismas películas, tengamos iguales
hobbies o nuestra habilidades sean las mismas.
Amiga
maestra, te diría que intentes conocer a cada uno de tus alumnos, en eso creo
que deberías ser una experta, para así lograr saber cómo canalizar en cada caso
la mejor manera de encauzar su enseñanza; la motivación vendrá sola, no lo
dudes. En definitiva, se trata de ir haciéndoles descubrir sus pasiones.
Y que
nadie confunda esto con aulas de autómatas dónde cada cual vaya a lo suyo. De
manera natural se crearán grupos afines de trabajo, o incluso la labor del docente
deberá encargarse de fomentar labores participativas conjuntas, dónde unos
ayuden o motiven a otros, y estos otros a su vez a los unos cuando toque. Somos
un animal social, y eso sí que no lo podemos evitar. Al contrario, el trabajo
grupal es cada día más indispensable.
Dicho así
puede parecer una locura, pero no lo es tanto si se usa convenientemente todo
el potencial que nos brindan los recursos hoy día, sobre todo los informáticos.
Para ello,
quizás lo primero que debería quitarse de la cabeza todo profesor, es la idea
de que posee el saber y su misión es transmitírselo a los alumnos. Siento
comunicaros que este saber es muy pobre. Y no lo digo con ánimo de ofender,
todo lo contrario; lo digo con ánimo de liberar. Me explico.
Si un
maestro se entiende en su labor como aquel que conduce y orienta a cada uno de
sus alumnos, y además logra ofrecerles los recursos necesarios para que
satisfagan sus intereses y desarrollen también las habilidades básicas y
fundamentales, habrá conseguido algo esencial y tremendamente importante.
Por eso el
mejor libro de texto siempre es carente, siempre es demasiado parcial. Hay una
cierta moda recurrente a denostar el libro de texto. Es insuficiente por sí
mismo, pero, de diferente manera, sí puede ser útil en determinados momentos.
Es una herramienta más, no el instrumento básico y único. Como vemos el
problema no es el libro, sino el uso que hace el docente del mismo.
Y
volviendo a la labor concreta del docente, es tan sencillo como creer que una
misma materia, cualquiera de ellas, pueda enseñarse de distintas maneras según
las necesidades, capacidades e intereses de los alumnos. Y no me refiero a más
o menos, no es una cuestión de cantidad. Es una cuestión de afinación, de
llegar de la manera correcta a cada alumno.
Al fin y
al cabo, de sus aulas saldrán desde músicos hasta abogados, desde dependientes
hasta astronautas; se trata de
potenciar lo mejor de cada uno sin olvidar por ello lo básico y necesario en
todos.
Y esto,
desde luego, no se consigue transmitiendo conocimiento según la
fórmula magistral de "profesor-alumnos". Ni aquel posee el
magisterio necesario, ni a estos les importa demasiado si han de acatarlo todos
por igual, como borreguitos (¿será por ello por lo que hay –o somos- tantos
los borregos?). Quizás llegue a establecerse alguna sintonía casi perfecta
entre algún alumno y el maestro, pero que no se engañe nadie, siempre será
minoritaria y de fondo incompleta en lo que respecta al aprendizaje. Y se trata,
no lo olvidemos, de llegar a todos con un sólo docente.
Todos los
alumnos deben tener cabida en el aula, pero no todos tienen porque aprender de
la misma manera. Sólo basta
con utilizar los recursos adecuadamente, que el marco institucional lo permita
y/o que los maestros se pongan por la labor.
Vamos, un
cambio de mentalidad radical. Para afrontar este cambio, invito a mis lectores, sin alguno es docente, claro, a leer al señor Howard Gardner, con el que tuve la suerte de tropezar hace ya algunos años gracias al programa de televisión Redes, de Eduart Punset.

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