martes, 7 de febrero de 2017

La educación en nuestra escuelas

Hace algunas semanas escribí algo sobre lo difícil que le resultaba a una maestra motivar a sus alumnos. Le dije que se conformara con no desmotivarlos, que ya era bastante. Creo que le dije muy poco. Intentaré añadir algo más que me parece fundamental.

Para empezar, ¿Por qué creo que los desmotivaba?

Desde el momento que se planteaba este dilema la descarto como mala maestra; los hay a cientos que les preocupa muy poco esto de la motivación, pero desde luego no era su caso.

De alguna manera -y no es con intención de disculpar a esos cientos-, la pobre estaba condenada a desmotivarlos. Nuestro sistema educativo es muy malo, o mejor dicho, muy cobarde.

Muy cobarde por parte de los gobernantes, que no se atreven, supongo que sus intereses tendrán, a hacer lo que deberían; y no es otra cosa que escuchar a los profesionales en la materia. Y muy cobarde también por parte de los profesionales; aún a sabiendas en muchos casos que es lo que deberían hacer, no lo hacen.

Está claro que si estuviese en un cole acabaría en la calle. Pero eso importa menos que nada.

Lo que sí es importante es comprender que no hay ninguna razón coherente para exigir que todos los alumnos aprendan de la misma manera, al igual que no hay ninguna razón para que todos vistamos igual, nos gusten las mismas películas, tengamos iguales hobbies o nuestra habilidades sean las mismas.

Amiga maestra, te diría que intentes conocer a cada uno de tus alumnos, en eso creo que deberías ser una experta, para así lograr saber cómo canalizar en cada caso la mejor manera de encauzar su enseñanza; la motivación vendrá sola, no lo dudes. En definitiva, se trata de ir haciéndoles descubrir sus pasiones.

Y que nadie confunda esto con aulas de autómatas dónde cada cual vaya a lo suyo. De manera natural se crearán grupos afines de trabajo, o incluso la labor del docente deberá encargarse de fomentar labores participativas conjuntas, dónde unos ayuden o motiven a otros, y estos otros a su vez a los unos cuando toque. Somos un animal social, y eso sí que no lo podemos evitar. Al contrario, el trabajo grupal es cada día más indispensable.

Dicho así puede parecer una locura, pero no lo es tanto si se usa convenientemente todo el potencial que nos brindan los recursos hoy día, sobre todo los informáticos.

Para ello, quizás lo primero que debería quitarse de la cabeza todo profesor, es la idea de que posee el saber y su misión es transmitírselo a los alumnos. Siento comunicaros que este saber es muy pobre. Y no lo digo con ánimo de ofender, todo lo contrario; lo digo con ánimo de liberar. Me explico.

Si un maestro se entiende en su labor como aquel que conduce y orienta a cada uno de sus alumnos, y además logra ofrecerles los recursos necesarios para que satisfagan sus intereses y desarrollen también las habilidades básicas y fundamentales, habrá conseguido algo esencial y tremendamente importante.

Por eso el mejor libro de texto siempre es carente, siempre es demasiado parcial. Hay una cierta moda recurrente a denostar el libro de texto. Es insuficiente por sí mismo, pero, de diferente manera, sí puede ser útil en determinados momentos. Es una herramienta más, no el instrumento básico y único. Como vemos el problema no es el libro, sino el uso que hace el docente del mismo.

Y volviendo a la labor concreta del docente, es tan sencillo como creer que una misma materia, cualquiera de ellas, pueda enseñarse de distintas maneras según las necesidades, capacidades e intereses de los alumnos. Y no me refiero a más o menos, no es una cuestión de cantidad. Es una cuestión de afinación, de llegar de la manera correcta a cada alumno.

Al fin y al cabo, de sus aulas saldrán desde músicos hasta abogados, desde dependientes hasta astronautas; se trata de potenciar lo mejor de cada uno sin olvidar por ello lo básico y necesario en todos. 

Y esto, desde luego, no se consigue transmitiendo conocimiento según la fórmula magistral de "profesor-alumnos". Ni aquel posee el magisterio necesario, ni a estos les importa demasiado si han de acatarlo todos por igual, como borreguitos (¿será por ello por lo que hay –o somos- tantos los borregos?). Quizás llegue a establecerse alguna sintonía casi perfecta entre algún alumno y el maestro, pero que no se engañe nadie, siempre será minoritaria y de fondo incompleta en lo que respecta al aprendizaje. Y se trata, no lo olvidemos, de llegar a todos con un sólo docente.

Todos los alumnos deben tener cabida en el aula, pero no todos tienen porque aprender de la misma manera. Sólo basta con utilizar los recursos adecuadamente, que el marco institucional lo permita y/o que los maestros se pongan por la labor.

Vamos, un cambio de mentalidad radical. Para afrontar este cambio, invito a mis lectores, sin alguno es docente, claro, a leer al señor Howard Gardner, con el que tuve la suerte de tropezar hace ya algunos años gracias al programa de televisión Redes, de Eduart Punset.




No hay comentarios:

Publicar un comentario