jueves, 9 de febrero de 2017

La empresa más allá de la empresa

Desde hace ya unos años venimos poniendo adjetivos a la inteligencia: ya no somos sólo inteligentes, tenemos además una inteligencia emocional, interpersonal, lingüística, lógico-matemática, intrapersonal…
¡Hola! Estoy aquí y sé lo que quiero...
A partir de aquí advertimos que podemos desarrollar todo un arsenal de capacidades que van mucho más allá de un sello que nos marcó desde nuestro nacimiento y, de alguna manera, nos condenaba o nos aprobaba para alcanzar o no ciertos retos. Ya no podemos señalar con un dedo al inteligente: todos, cada cual a su manera, pueden llegar a serlo. Hemos aprendido que además de los conocimientos, también se cultivan las inteligencias, es decir, nuestras capacidades para resolver problemas.
Se nos abren posibilidades enormes para capacitarnos y que tienen como fin último y deseable procurar un tránsito por la vida lo más agradable, interesante y atractivo posible. Ahora sabemos muy bien que podemos (y debemos) aprender a ser más felices. Lo cierto es que la realidad siempre ha sido la misma; la diferencia radica en que ahora somos más conscientes de ello.

Todo ello hace necesaria una nueva configuración de nuestra existencia; nos obliga a replantearnos determinadas acciones o circunstancias que dábamos por zanjadas o sin posibilidad de cambio.

Es muy posible que nunca antes en la historia se abriesen tantos campos de investigación en materia educativa. Se podrían contar por centenares las distintas metodologías que intentan aglutinar, de la mejor manera posible, los avances al respecto iniciados en la segunda mitad del siglo pasado y motivados en su mayoría por lo señalado más arriba.

Ante esta realidad que he intentado plasmar sintéticamente, el mundo de la empresa no puede ni debe mantenerse al margen.

Para plasmar la idea que intento esbozar aquí, recrearé una situación imaginaria, irreal, pero que nos ayudará a entender mejor el planteamiento que propongo.
Supongamos una sociedad en la que el trabajador pudiese elegir la empresa a la que desea entregarle parte de su tiempo a cambio de un salario. La tasa de paro sería negativa y las empresas necesitarían personal para desarrollar sus proyectos. Dada esta situación, -que a muchos políticos de hoy, deseosos de revalidarse en el cargo, les gustaría conseguir o que muchos desempleados actuales gustarían gozar-, las empresas se verían obligadas a vender de la mejor manera posible sus vacantes.
Recordemos que nuestros ciudadanos saben, pues están capacitados para ello, que algo primordial en sus vidas es gozar de bienestar personal, pero no sólo a nivel económico, sino también y en mayor medida incluso a nivel vivencial y la mayor parte del tiempo posible, ocupando su jornada laboral una gran parte del mismo.
Ante este escenario, los empresarios articularían toda una serie de medidas que llevarían a la empresa más allá de la empresa, es decir, no sólo estaría enfocado el proyecto en la consecución de fines económicos o comerciales para satisfacer necesidades de bienes o servicios desde una perspectiva sólo mercantilista, sino que además debería contemplar de una manera muy decidida satisfacer a sus candidatos para conseguir que se decidiesen a trabajar para o con ellos.
Puede resultar un tanto estrambótica esta situación a la vista de lo que vivimos hoy día, pero no es menos cierto que hoy muchas empresas se disputan la contratación de determinados operarios muy cualificados, otorgándoles un bienestar más allá de lo estrictamente económico.
Otras muchas empresas intentan cada día más satisfacer este bienestar del que hablamos simplemente por una razón mercantil: han estudiado y comprobado que cuando sus trabajadores se sienten en el trabajo “como en casa”, sus logros y eficiencia son marcadamente más elevados.
De todas formas, hoy día mayoritariamente las empresas centran satisfacer al trabajador por medio de la recompensa monetaria: gratifican a sus empleados en función de la cuenta de resultados.
No deja de resultar curioso el caso de empresas de la década de los sesenta, como por ejemplo la Hispano Olivetti, ubicada en la ciudad de Barcelona, que alcanzó cifras record de producción (a nivel internacional) implementando medidas de aire social que buscaban satisfacer el bienestar de sus trabajadores: disponía de servicio interno de guardería en el propio recinto, piscina también en el recinto para uso y disfrute  de los familiares los fines de semana, organizaban colonias a un precio simbólico para los hijos de los trabajadores en época estival, regalaban juguetes para los Reyes Magos también para los más pequeños… En este sentido, fue una empresa adelantada a su tiempo pero que sucumbió al no saber adaptarse a los cambios con la irrupción de la informática y los ordenadores.

Sea como sea, lo que parece diáfano es que el trabajador de hoy cada día reclamará más y mejor bienestar más allá de lo estrictamente económico. Y lo que aún es más cierto, es que las empresas son ya conocedoras del valor añadido que supone para el negocio, analizado desde una óptica estrictamente mercantilista, conseguir que sus trabajadores sientan cercanía y bienestar en sus empresas. No se trata ya sólo de formar parte de una plantilla, sino de formar parte de un equipo, es decir, un grupo de personas organizadas con un fin común y destinadas a la consecución de un logro colectivo en el que se sientan identificadas. Se busca la emoción o pasión que despiertan la pertenencia grupal y la realización personal.
Son variadas y abundantes las propuestas que muchas empresas pueden y deben materializar al respecto, si no quieren desbancarse de la competencia o perder competitividad.

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