Desde hace ya unos años venimos
poniendo adjetivos a la inteligencia: ya no somos sólo inteligentes, tenemos
además una inteligencia emocional, interpersonal, lingüística,
lógico-matemática, intrapersonal…
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| ¡Hola! Estoy aquí y sé lo que quiero... |
A partir de aquí advertimos
que podemos desarrollar todo un arsenal de capacidades que van mucho más allá
de un sello que nos marcó desde nuestro nacimiento y, de alguna manera, nos
condenaba o nos aprobaba para alcanzar o no ciertos retos. Ya no podemos
señalar con un dedo al inteligente: todos, cada cual a su manera, pueden llegar
a serlo. Hemos aprendido que además de los conocimientos, también se cultivan
las inteligencias, es decir, nuestras capacidades para resolver problemas.
Se nos abren posibilidades
enormes para capacitarnos y que tienen como fin último y deseable procurar un
tránsito por la vida lo más agradable, interesante y atractivo posible. Ahora
sabemos muy bien que podemos (y debemos) aprender a ser más felices. Lo cierto
es que la realidad siempre ha sido la misma; la diferencia radica en que ahora
somos más conscientes de ello.
Todo ello hace necesaria una
nueva configuración de nuestra existencia; nos obliga a replantearnos
determinadas acciones o circunstancias que dábamos por zanjadas o sin
posibilidad de cambio.
Es muy posible que nunca
antes en la historia se abriesen tantos campos de investigación en materia
educativa. Se podrían contar por centenares las distintas metodologías que
intentan aglutinar, de la mejor manera posible, los avances al respecto
iniciados en la segunda mitad del siglo pasado y motivados en su mayoría por lo
señalado más arriba.
Ante esta realidad que he
intentado plasmar sintéticamente, el mundo de la empresa no puede ni debe
mantenerse al margen.
Para plasmar la idea que
intento esbozar aquí, recrearé una situación imaginaria, irreal, pero que nos
ayudará a entender mejor el planteamiento que propongo.
Supongamos una sociedad en la
que el trabajador pudiese elegir la empresa a la que desea entregarle parte de
su tiempo a cambio de un salario. La tasa de paro sería negativa y las empresas
necesitarían personal para desarrollar sus proyectos. Dada esta situación, -que
a muchos políticos de hoy, deseosos de revalidarse en el cargo, les gustaría
conseguir o que muchos desempleados actuales gustarían gozar-, las empresas se
verían obligadas a vender de la mejor manera posible sus vacantes.
Recordemos que nuestros
ciudadanos saben, pues están capacitados para ello, que algo primordial en sus
vidas es gozar de bienestar personal, pero no sólo a nivel económico, sino
también y en mayor medida incluso a nivel vivencial y la mayor parte del tiempo
posible, ocupando su jornada laboral una gran parte del mismo.
Ante este escenario, los
empresarios articularían toda una serie de medidas que llevarían a la empresa
más allá de la empresa, es decir, no sólo estaría enfocado el proyecto en la
consecución de fines económicos o comerciales para satisfacer necesidades de
bienes o servicios desde una perspectiva sólo mercantilista, sino que además
debería contemplar de una manera muy decidida satisfacer a sus candidatos para
conseguir que se decidiesen a trabajar para o con ellos.
Puede resultar un tanto
estrambótica esta situación a la vista de lo que vivimos hoy día, pero no es
menos cierto que hoy muchas empresas se disputan la contratación de
determinados operarios muy cualificados, otorgándoles un bienestar más allá de
lo estrictamente económico.
Otras muchas empresas
intentan cada día más satisfacer este bienestar del que hablamos simplemente
por una razón mercantil: han estudiado y comprobado que cuando sus trabajadores
se sienten en el trabajo “como en casa”, sus logros y
eficiencia son marcadamente más elevados.
De todas formas, hoy día
mayoritariamente las empresas centran satisfacer al trabajador por medio de la
recompensa monetaria: gratifican a sus empleados en función de la cuenta de
resultados.
No deja de resultar curioso
el caso de empresas de la década de los sesenta, como por ejemplo la Hispano
Olivetti, ubicada en la ciudad de Barcelona, que alcanzó cifras record de
producción (a nivel internacional) implementando medidas de aire social que
buscaban satisfacer el bienestar de sus trabajadores: disponía de servicio
interno de guardería en el propio recinto, piscina también en el recinto para
uso y disfrute de los familiares los fines de semana, organizaban
colonias a un precio simbólico para los hijos de los trabajadores en época
estival, regalaban juguetes para los Reyes Magos también para los más pequeños…
En este sentido, fue una empresa adelantada a su tiempo pero que sucumbió al no
saber adaptarse a los cambios con la irrupción de la informática y los
ordenadores.
Sea como sea, lo que parece
diáfano es que el trabajador de hoy cada día reclamará más y mejor bienestar
más allá de lo estrictamente económico. Y lo que aún es más cierto, es que las
empresas son ya conocedoras del valor añadido que supone para el negocio,
analizado desde una óptica estrictamente mercantilista, conseguir que sus
trabajadores sientan cercanía y bienestar en sus empresas. No se trata ya sólo
de formar parte de una plantilla, sino de formar parte de un equipo, es decir,
un grupo de personas organizadas con un fin común y destinadas a la consecución
de un logro colectivo en el que se sientan identificadas. Se busca la emoción o
pasión que despiertan la pertenencia grupal y la realización personal.
Son variadas y abundantes las
propuestas que muchas empresas pueden y deben materializar al respecto, si no
quieren desbancarse de la competencia o perder competitividad.
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